Diario de León
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MARTÍN MARTÍNEZ
León

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QUERIDO hermano: Se acabó el alboroto. Comienza el tiroteo; si no pregúntale a Roberto García Calvo a quien su paisana, la Casas, puso mirando al Teleno. Entramos, pues, en un impase de Semana Santa que para unos será de pasión y para otros de gloria. En la última tuya no te he notado eufórico en absoluto; y debieras, debiéramos estar así los del pueblín, pues por primera vez entra en la historia política, aunque sea tangencialmente. Se llama Diego Moreno Castrillo; no llega a la treintena y se ha encaramado a un escaño de la Carrera de San Jerónimo; espero y deseo que no se escoñe; que trabaje como ha prometido por la provincia y que se acuerde del pueblo de sus ancestros, que allí reposan sus abuelos maternos, cuenta con abundantes familiares y supongo visitará de cuando en vez. En sus presentaciones exponía un empeño: que los jóvenes leoneses no tuvieran que salir a buscar trabajo a otros lugares como les ocurrió a sus tíos Quico y Nicolás, como le ocurrió a su propia madre. Cuando éramos críos, recuerda, rapacines de mocos y escuela, faenaba de albanil y carpintero Pepe Moreno, maestro en el tapial, buen manejador de azuela y hacha para desbastar vigas que marcaba con almagre de la torca de Rozas; así lo recuerdo. Años pasaron hasta que me enteré que Moreno era apodo y no apellido; por la tolondréz de los años, claro, porque Quico era de la quinta. Y ahora, mira por donde, su nieto Diego, el hijo de Pepa Castrillo, por vía paterna adquiere como apellido aquel remotie del abuelo del que nunca renegó. Felicitemos a Diego y felicitémonos; y si se tercia, recordarle que ahí está su pueblo, el de los suyos; nunca decirle «qué hay de los mío» y que nunca diga aquello de «donde dije digo...» El que anda remontado es Nolete. Después del varapalo que llevó la UPL se le han cortado las ganas. Del color del tinto -negro- lo vi anteayer. Andaba tan entusiasmado, aunque solamente fuera en las partidas del tute cabrón con el estatuto maragato que se le cayó el sombrajo. Menos mal que todavía andaban por el artículo preliminar y no muy avanzado, que prisa no tenían mucha. Se enredaban si meter en el saco, o no, a los pueblos de Brazuelo, con excepción de El Ganso, claro. La discusión se acaloraba cuando se hablaba de Tabuyo o Priaranza, nada que ver con Maragatería; qué hacer con Boisán o con Oteruelo de la Valduerna. Por mayoría decidían incluir la Sequeda por aquello de ampliar un poco el campo de acción, la similitud de paisaje y tener salida a la A-6 por el sur. Pero ahí se oponía rotundamente Fidelio, punto clave en el tute, sequedano trasterrado quien, con orgullo, defiende la identidad particularizada -dice él- de su tierra y recuerda aquel alboroto medieval que organizaron los de Matanza dando matarile al sayón del obispo astorgano por un quítame allá unas contribuciones. Buenos son los de la Sequeda; y si dudas lee la novela de Oria, que ahí queda memoria; y remata Fidelio con el himno de su comarca ese pequeño canto a la Sequeda de Panero; con eso desbarataba las ansias anexionistas de Nolete y compañía. Ahora, hermano, aunque haga frío, llueva o nieve como ha ocurrido en más de una ocasión, disfruta de la Semana Santa, no te pases con la limonada y por eso de la ciudadanía deja a los judíos en paz, que buenas viñas hay en Toro. Y si tienes tiempo, que me da es de lo único que tienes superavit, ven por aquí. Verás la bella escultura de Castorina dedicada al cofrade, que andamos de centenario; verás después de años la Carrera de San Juanín, te pasmará el Desenclavo y te acercaré al Val, que en La Comunal están las acuarelas de Benito, dedicadas a esa tierra que por el descalabro de los nacionalistas el día 9 se ha quedado sin estatuto.

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