Diario de León

Entrevista | Ángel-Peres | escultor

«Prefiero no hablar de mi obra, quiero que converse con quien la contempla»

Peres, junto a una de sus obras que se exponen desde hoy en el museo de Sabero

Peres, junto a una de sus obras que se exponen desde hoy en el museo de Sabero

Publicado por
vicente pueyo | sabero
León

Creado:

Actualizado:

La nieve lo recibió en París un seis de enero de 1956 y la nieve ha recibido ahora en Sabero a Ángel-Peres. Considerado en Francia, su país de adopción, como uno de los escultores más personales y sobresalientes del siglo XX -y aún sigue muy viva su vena creativa-, el artista canario ha encontrado en el Museo Minero de Sabero el eslabón de una cadena que iba buscando, en lo más íntimo, desde hace mucho tiempo: exponer en nuestro país.

­-Estamos hablando de su primera exposición en España. ¿Cómo se explica esto?

-No lo sé. Yo tampoco lo comprendo. Quizá haya bastante de culpa por mi parte. Quizá no di los pasos adecuados en su momento. No sé.

­-Pero al final lo consiguió. ¿Qué le parece este marco del Museo Minero?

-Es un espacio magnífico, grandioso, es como una catedral que va muy bien con mi escultura. Mis obras, la escultura en general, necesitan el espacio y aquí hay mucho espacio.

Observa Angel-Peres los arcos de la antigua Ferrería y no puede disimular la satisfacción que le produce reencontrarse con su país. La voluntad de gente amiga, comenzando por François Antonovich, que impulsó y alfombró hasta León el sueño del artista, y la colaboración de la Fundación Eulen y de la Consejería de Cultura, explican el milagro de haber llenado con 83 esculturas -algunas de gran tamaño- y 29 cuadros las salas del Museo Minero.

-Ésta pregunta no tiene probablemente una respuesta fácil, pero no quiero dejar de plantearla: ¿Cómo definiría su escultura?

(...) Ángel Peres se queda mudo un buen rato. El tiempo suficiente para intentar descifrar una mirada que conserva una especie de sutil ingenuidad y, al mismo tiempo, la profundidad de estar como de vuelta de muchas cosas.

-Es que resulta muy difícil para mí... Lo mejor, lo que prefiero, no es hablar de mi obra sino invitar a contemplarla y que quienes la contemplen conversen con ella, que sea mi obra la que hable. Recuerdo una vez en un salón de París en el que me invitaron a subir al estrado para que hablase de mi obra y les dije esto mismo que le he dicho: yo no hablo, visiten, conozcan mi obra porque allí está mi conversación. Siempre están detrás de toda obra de arte las referencias del pasado pero he procurado buscar la forma de desprenderme de influencias y estilos para que mi obra responda a mi propio estilo, que sea reconocible con sólo mirarla. Hace ya mucho tiempo, a principios de los años 60, hice como un «auto de fe». Eran momentos de dudas, de experimentos, de querer ser «moderno», pero de pronto me di cuenta de que lo que yo quería y debía ser es ser yo mismo, extraer lo que saliera de mí. Y desde ese momento me fue mejor.

-Canarias, Madrid y París, parada y fonda. Ese es su itinerario vital y artístico. Es de suponer que no lo tuvo muy fácil, sobre todo al principio...

-Siempre que miro hacia atrás veo a un niño dibujando allá en Las Palmas. Muy pronto, un hermano mío, me llevó a la academia de Abraham Cárdenes, mi primer maestro, el primero que elogió mi trabajo y el primero al que le escuché la palabra mágica: «escultura». Pronto me di cuenta de que ese era mi camino. Allí hice mis primeras obras que luego se perdieron; algunas las dejé en casa de uno de mis hermanos y las gallinas se dedicaron a picotear el bronce hasta estropearlas. Cuando mi maestro las vio puso el grito en el cielo... Después vino la etapa de Madrid -año 1953, creo- donde fui solo y donde tuve que estirar al máximo el poco dinero que tenía. Cárdenes me había recomendado al Marqués de Lozoya al que enseñé fotografías de mis trabajos. Le dije: «Vengo a Madrid, a aprender». Y me dijo: «Pues a la vista de esto, poco tienes ya que aprender». Fue muy amable y gracias a él conocí a Juan de Ávalos en el taller que tenía en unas grandes salas del Teatro de la Ópera. Recuerdo que había una gran cabeza en la que trabajaba para el conjunto escultórico del Valle de los Caídos. También conocí a Juan Cristóbal, el autor de la famosa estatua ecuestre del Cid en Burgos.

-Y, por fin, París

-Sí, desde muy niño soñaba con París. Llegué allí con dos cabezas de hombre bajo el brazo y conseguí que se expusieran en el salón nacional. Y las vendí. Fue lo primero que vendí y con eso pude tirar un poco. Los comienzos fueron bastante duros pero pronto reconocieron mi obra en el Salón de Otoño de París del que, pasados los años, he sido vicepresidente. Tengo obras en museos, parques y jardines de bastantes ciudades: París, Angers, Patay, Sarrebourg, Le Maine, Le Var, Ginebra... y bastantes también en colecciones privadas.

-¿Le gustaría tener alguna en León?

-¡Hombre!

-En sus obras tienen un marcado protagonismo los desnudos femeninos. ¿Por qué la mujer tiene esa presencia constante?

-Porque la mujer es todo.

tracking