Lágrimas negras para el nazareno

RAMIRO
El cielo se había vuelto ya casi negro cuando las negras pusieron en la calle la procesión. Allí estaban, puntuales, braceros, papones, paponas y atajadores. Para sacar al Nazareno de Jesús, a la Señora de Angustias y a La Piedad de Minerva. Para sacar la Procesión de la Pasión. Las Madres, cubiertas de plástico desde el principio, el Nazareno al descubierto. Paponines por miles, pués es su procesión, la llamada p rocesión de los niños . Hermanados en su mismo color: los del Dulce, Angustias y Minerva. Se iba tiñendo la calle de negro y el cielo, contagiándose. Llovizna, lluvia, jarreo... Cuando el Nazareno estaba a la altura del Bar Begoña, abades y seises decidieron suspender la procesión, ordenaron retirarse, las bandas aceleraron el ritmo y todo acabó en ordinaria. A paso ligero, casi a la carrera, a casa, a Santa Nonia. Los dos primero pasos atajando por la Rúa, el último, en sentido inverso. Y en desbandada, padres pujando por sus hijos, los paponines, la savia nueva de un ritual centenario. Y justo entonces el cielo paró y permitió a los braceros bailar el paso antes de recogerse. Allí, frente a las cámaras de televisión. Un aplauso alivió el pesar de los braceros, pero no hubo consuelo para los niños. Y sus lágrimas se fundieron en la lluvia.