CAPILLOS ARRIBA
Sigilosa, ya retorna al camarín

Ansiosas por el comienzo inminente de la procesión, un grupo de manolas consultan sus teléfonos. Estampa de pasado y de futuro.
Cierto es que si uno se pone escrupuloso, o como diría aquel, liturgista, la Semana Santa no comienza oficialmente hasta el Domingo de Ramos. Mas en la mente y sobre todo en el corazón de muchos leoneses, la Morenica es quien manda y le gusta, coqueta ella, abrir los actos procesionales de la capital bendiciendo a sus paisanos cada Viernes de Dolores. Y lo hace llueva o truene, porque incluso en las peores condiciones camina a hombros de los mozos del barrio al menos hasta las Carbajalas.
Son incontables los curiosos que se agolpan en la Iglesia del Mercado e inmediaciones para verla salir y entrar de sus aposentos rumbo a las calles más emblemáticas de la ciudad, pero no tantos los que conocen qué ocurre cuando los focos se apagan y la algarabía procesiona ya rumbo a su hogar.
Como Dios y Don Enrique mandan, la tercera Salve del recorrido se canta intramuros del templo, con los braceros liderando los acordes y los devotos atentos para responder. Un sonoro aplauso pone el punto y final. Braceros, manolas, miembros de las cofradías y corporación municipal desfilan por la sacristía, donde se les agradece su participación con un pequeño ramo de flores. Incluso es tradición que algunos de ellos suban al despacho parroquial para intercambiar sensaciones al ritmo de cacahuetes, galletas saladas y un buen vaso de mistela —cortesía del párroco— y servido por incondicionales amigos de esta pequeña gran familia del Mercado como Santos, José Luis, Carlos, Ladicio, Tomás, Óscar y un largo etcétera.
Son los menos, los que se despojan de la chaqueta para devolver a su Señora al camarín, un trabajo en la sombra que reconforta a quienes lo desempeñan incluso más que la propia puja. La fragilidad de la talla y el escaso espacio que regala la puerta de la sacristía dificultan el traslado, pero en apenas unos minutos la imagen de finales del siglo XV o principios del XVI luce como si nunca se hubiese movido de allí. Maxi, Alberto y su hermano el ‘Pana’, Quique García, Paquito Morán, Raúl, Emilín y otros tantos anónimos aguardan inquietos hasta que el sacristán coloca la corona en la cabeza de Virgen. La tradición se ha cumplido.
El reloj se acerca sigiloso hacia la medianoche pero nadie se marcha. Aún hay que desmontar el trono, doblar el manto —que custodian las Concepcionistas— y devolver las almohadillas y faroles a su lugar en el coro de la iglesia. Sobre las 8 u 8.30 del día siguiente algunos voluntarios trasladan el trono hasta el antiguo Mercado de Ganado y suelen tomarse después un café con churros en el Bar San Francisco.
Tampoco muchos saben que el toque de queda de titulares y suplentes —antes de la procesión— tiene lugar en la plaza del Grano a las 19.30 horas mientras la Novena da sus últimos coletazos. Al rezo de un Padre nuestro y un Avemaría se pasa lista, se cobran los recibos pendientes y se advierte que todos y cada uno de los hermanos pujarán al menos unas tiradas. Aunque lo importante no es figurar, ni participar más o menos, sólo estar y que la verdadera procesión vaya por dentro.