Diario de León
Varias personas ven pasar una de las muchas procesiones que transcurren por el casco viejo de la ciudad desde las ventanas de sus casas.

Varias personas ven pasar una de las muchas procesiones que transcurren por el casco viejo de la ciudad desde las ventanas de sus casas.

Publicado por
PABLO RIOJA BARROCAL
León

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Hay procesiones que van por fuera y otras, las más, que transcurren en el interior de cada uno, sin una semana concreta en la que lucir, ni túnica alguna que tape las vergüenzas. No hacen faltan capillos, allí se está solo a sola bajo la cruz que cada cual ha de llevar. Siempre por nuestro bien. Acostumbrado a transitar de calle en calle en busca del toque de tambor, como si cada compás anunciase tiempos de guerra, hoy miro al cielo sí, pero no para contemplar la majestuosidad de este o aquel Paso, hoy me fijo en las ventanas discretas que sin pestañear echan raíces por las calles donde transcurre la Pasión leonesa. Son, sin duda, testigos de lujo de cuanto acontece estos días.

Por ellas, mientras dura el cortejo, se dejan ver numerosas historias anónimas, así que, con los permisos indebidos, aprovecho estas líneas para asomarme dentro. Y la primera que me llama la atención es la de Don Enrique, situada justo frente a la iglesia del Mercado. Desde ella se ve agacharse a la Morenica cada Viernes de Dolores antes de comenzar su paseo anual, se entiende la tensión de los mozos por no volcarla en el estrecho espacio que deja el portón, se atisba a quienes hacen sonar las campanas o cómo las velas comienzan a alumbrar el camino. Casi, si me apuras, te deja frente a frente con la Virgen, que sin hablar lo dice todo. Saludo mentalmente desde abajo a Corrín, a mis padres, a mi padrino... ellos por suerte ya lo han visto casi todo.

Sigue esta particular procesión y ahora enfilo Escurial rumbo al Húmedo. Allí, en plena plaza del Grano —justo en la esquina donde las Carbajalas se convierten en cuesta— se asoman Inés y Paco, que madrugan para ver en palco de primera a la Oración en el Huerto y no pestañean más hasta que la última campanilla de la Dolorosa se pierde en el ambiente. Esta Semana Santa, cuando gire la cabeza hacia su ventana sólo veré una silueta, la otra sacó pase VIP unos pisos más arriba. Se fue de cuerpo, que no de alma.

Ya en la Plaza Mayor converso con Araceli y Jesús, un matrimonio de Cáceres que pernocta en una de las pensiones desde cuyas ventanas se refleja el antiguo consistorio. Hicieron su reserva hace meses —por si las moscas— para vivir sobre todo el Encuentro, aunque hasta que llegue ya han «gozado» con otras tantas imágenes. «Qué impresionante es vuestra Semana Santa», me suelta él antes de abrir su portátil para descargar unas cuantas fotos del Lunes. Araceli tiene parientes lejanos en Valdeón y con la excusa de visitarles convenció a su marido para hacer escala en la ciudad. El año que viene prometen volver, pero con más amigos. «Esto hay que vivirlo», dicen.

En la esquina de Cardenal Landázuri con la calle Convento esperan a que pasen hijos y sobrinos José Luis y Mariví. Su balcón no está nada mal, cerca de la acción, pero en la retaguardia. Desde él han visto pasar de todo, incluso alguna vez se les coló en el patio un cofrade de los de genarín. Mientras los 13 se toman un respiro en Santo Martino, por su cocina procesionan familiares y amigos para desayunar.

Juan Carlos me hace señas desde el cuarto piso del Alfonso V. Subo a pie hasta su habitación. Es informático, aunque trabaja como periodista en un conocido portal de información madrileño. Ha venido hasta el antiguo Reino en busca de Valporquero, a ver si le chiva una buena historia que contar. Sin saberlo, se ha encontrado con un escaño donde sentarse a ver multitud de procesiones. «¿Lleváis los tronos al hombro?», me pregunta sorprendido...

Antes de entrar en la plaza de las palomas me paro a tomar un café templado —como los que sólo Javier sabe poner— detrás de San Marcelo. Sus ventanales se han convertido en escaparate de cristos y vírgenes. De fondo suena una balada de Elvis al tiempo que cruza el Nazareno. Rey con rey. Todo acaba en San Francisco, en casa de Luis y Mariluz. Mientras preparan el tradicional ágape, salgo a su terraza para ver recogerse a los negros. Los ojos de las fachadas hablan en silencio.

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