papona de acera
Que el cielo esté de Dios
La familia Fonseca Arias preparada para salir con la Bienaventuranza: Nuria, Rosa, el patriarca José Eloy, Marta, Guillermo y los paponines Paula, Víctor, Jorge y Lucía de foto. SECUNDINO PÉREZ
No miréis al cielo. Si está de Dios, está de Dios. Si está de hombre, está de hombre.
JULIO SAURINA
Será lo que el cielo quiera. Debería de querer sol, pues la tarde de hoy en León es de Sevilla. Aires del sur para esta tierra de viento del Norte.
De azul y no de negro, de capirote y no de capillo salen de San Isidoro, de Sevilla y de León, los hermanos y hermanas del Sacramentado, que bien podrían ser cofrades en vez de papones —y paponas— pero no, porque procesionan en León.
Salen del lugar donde vivió un santo de estas dos tierras, tan venerado aquí como allá. Salen del único lugar donde se escuchó el lamento de una saeta y la ciudad entera calló. Voces estremecidas entre rejas llorando por el Nazareno de estas tierras. Tan lejos de la suya aquellos presos del sur que penaron en la vieja cárcel, la de Puerta Castillo, azotados por el viento del Norte.
Sale de San Isidoro la Sacramental y Penitencial Cofradía de Nuestro Padre Jesús Sacramentado y María Santísima de la Piedad Amparo de los Leoneses. Largo nombre para una ciudad parca. Costumbres nuevas para un rito cinco veces centenario.
Si el cielo quiere y la calle calla, se podrá escuchar la emocionada llamada a la procesión y, quizá, el juramento íntimo de los braceros y braceras del Jesús de la Esperanza, que pujan a dos hombros en esta ciudad de arrimar uno solo.
Debería querer el cielo, pues todavía no es luto. Es tiempo de túnicas blancas y terciopelos morados. Es tiempo de hermandad. Y Hermandad es la procesión que hermana en este León antiguo a la Real de Jesús Divino Obrero, de aquí, y la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de allá, de La Bañeza. Asómbrese la ciudad ante la belleza de la Piedad que imaginó el gran imaginero Gregorio Fernández y que copió con maestría el maestro Mariano Nieto. Dos mil seiscientos reales costó. La original, claro. Los avalaron con el convento los bañezanos frailes carmelitas descalzos. Apostaron bienes por arte. Y lo quiso el cielo, pues el artista tenía por aquel entonces 56 años y esta fue su última Piedad, aunque en la firma ante el escribano público de la ciudad ni él ni fray Francisco lo supiesen.
Después, no importa que no quiera, pues la noche se teñirá del color del cielo, azul en cada capillo de la Bienaventuranza. Pero si el cielo no quisiera y a la penumbra se sumara la lluvia, se cobijarán bien las lágrimas del barrio de San Claudio, estremecido ante su Cristo.
Es de madrugada ya cuando suenan las notas de La Madrugá y el cielo y la tierra se funden sólo en agua. Y entonces sí, Julio, entonces todo está de Dios. Y de hombre.