Diario de León
La Semana de Pasión ha vuelto a llenar un año más las calles de toda la ciudad, que este lunes volverá a la normalidad después de numerosas procesiones y actos religiosos.

La Semana de Pasión ha vuelto a llenar un año más las calles de toda la ciudad, que este lunes volverá a la normalidad después de numerosas procesiones y actos religiosos.

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CAPILLOS ARRIBA PABLO RIOJA BARROCAL
León

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D icen las escrituras que, en más de una ocasión, Jesucristo fue tentado por el demonio. Él nunca sucumbió a sus propuestas, incluso cuando se vio solo en la cruz. Ya le había vencido, para siempre, pero el príncipe de este mundo, soberbio él, no iba a renunciar a su ataque más mortífero. Los hombres seguiríamos siendo su presa hasta el final.

Lo cierto es que es difícil darse cuenta de su presencia, pero ahí está, agazapado, esperando su oportunidad. Él es astuto, no gana mucho con asustar, prefiere agarrarse a la tentación ordinaria como su mejor aliada. Y en una Semana no siempre tan Santa, tanto él como sus secuaces seguro que están más rabiosos que de costumbre. Al fin y al cabo, con sus pros y contras, la Pasión de Jesús revive y resuena por las calles de León con inusitada fuerza. Llámalo religiosidad natural, amor a una imagen, postureo o estatus social. Pero las imágenes, el ambiente de cada cofradía, la presencia de gente a derecha e izquierda en cada rincón esperando las procesiones, los vía crucis y actos internos de muchas parroquias, el silencio, las pequeñas mortificaciones, las bandas ensayando durante todo el año, los equipos de montaje… son ejemplo de que algo de aquel Nazareno que vino a vencer a la mismísima muerte ha calado en este bendito pueblo.

Aun así, los ‘demonios’ de la guarda siempre están alerta. No es que sean los causantes de todos nuestros males, pero ponen todo de su parte para sumarse a la causa. Con los papones y paponas la táctica es siempre parecida. Primero inyectan el veneno de la soberbia. Es entonces cuando hasta el más humilde escucha en su interior algo así como «tú lo harías mejor que ese seise, que ese bracero mayor, que ese hermano que puja como titular, que ese viejo corneta sin estudios musicales». La vanidad engulle todo tu cuerpo. La sensatez entra en combate con la razón. Luego, si le das cancha a la tentación entrará en escena la envidia. Puede que esté fundada, que tengas motivos más que evidentes para imponer tus ideas, pero no agachar la cabeza, no hacerse el último como Jesús, terminará por arruinar el buen espíritu que te invadía al enfundarte la túnica minutos antes.

Es tarde. Lo ha vuelto a hacer. Ahora comienzan las disputas hasta por ‘robarse’ una triste flor. Surge el egoísmo. Tu ‘yo’ importa más que ese hombre al que sigues, ese fracasado rey que aclamabas con palmas y ramos hace sólo siete días. Das pie a las polémicas, las discusiones estériles entre hermanos, las voces más altas que otras, la división. Todo para imponer tu ley. Has ganado la razón, pero perdido el espíritu. Y ellos, pobres diablos, ríen por su victoria. Te han sacado de la procesión. Puede tal vez que estés presente de cuerpo, pero ya no de alma.

Y cuando todo acabe, cuando te veas ‘desnudo’ en la soledad de la noche oscura, entonces vendrán a acusarte, a decirte lo miserable que eres. Ya no estarán de tu parte. Nunca lo estuvieron. Sólo él lo estuvo desde el principio, pero no lo veías. Ahí, en silencio, en todos y cada uno de los momentos representados en la Pasión. Y entonces se reencontrará contigo. Te llamará por tu nombre y te dirá que le sigas, que no tengas miedo, que él te quiere tal y como eres, que no te acusa de nada. Un sí servirá para que los ‘demonios’ de la guarda salgan huyendo como alma que lleva el diablo. El final de la historia es siempre el mismo; ha resucitado.

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