Diario de León
La lluvia impidió el pasado año que la procesión de María al pie de la cruz camino de la esperanza saliese a la calle. En su lugar hicieron un acto especial en el patio de los capuchinos.

La lluvia impidió el pasado año que la procesión de María al pie de la cruz camino de la esperanza saliese a la calle. En su lugar hicieron un acto especial en el patio de los capuchinos.

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León

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Pocas cosas me conmueven más en esta semana no siempre tan santa que la visita mañanera del Jueves de Pasión al patio trasero de los capuchinos. Allí ‘Las Marías’ ultiman los detalles finales antes de partir camino de la esperanza. Un patio que se abarrota por momentos pero en el que nunca oirás una voz más alta que la otra. Espero que el hecho de estar intervenidas no estropeé una de las postales menos retratadas y más bellas de ese otro León. El trabajo de montaje arrancó ya hace días, pero es hoy —hacia las 11.30 horas— cuando braceras titulares y suplentes acuden fieles a la llamada prestas a pasar lista e igualar los cuatro pasos. El ambiente rezuma calma, sosiego, como solo puede hacerlo su Virgen del Camino del Desenclavo. Una madre desconsolada que se huele lo peor y aún así mantiene la entereza. Confieso que mi primera estación de este jueves —la segunda aguarda en Santa Nonia— calma todos mis miedos, mis prisas inútiles, las neuras del que siempre anda buscando el tesoro escondido y resulta que lo tenía frente a sus mismas narices. Para mí ellas son un ejemplo que escasea. No digo que todo sea perfecto ni idílico. A estas alturas de la película no se me permite creer en casualidades. Pero la paz con la que salgo tras verlas dejar sus egos a las puertas de San Francisco no abunda ya. Solo he experimentado algo así en aquel pueblo bosnio perdido entre montañas; Medjugorje. Allí dicen que el Cielo ha hecho escala en la Tierra y que la Virgen está creando un ejército de soldados. Pero no para empezar ninguna guerra, sino convencidos de que la batalla al maligno se ganará con la oración.

El problema de toparse de bruces con la madre de Cristo viene cuando no queda otra que regresar a la triste realidad. Yo he estado ya tres veces allí y nunca la he visto. Sí puedo dar fe de que algo sobrenatural hay. No sabría explicarlo. Solo Dios sabe qué planes tiene para el mundo. Pero Medjugorje va a marcar la hoja de ruta. Y si por sus frutos los conoceréis, allí son incontables e inconfundibles. Basta con ver las riadas de personas confensándose las 24 horas con los incansables sacerdotes que viajan de todos los países del mundo para dar su vida por los demás.

Sé, porque lo pude ver desde las alturas que regala la terraza de mi casa, que el año pasado las hermanas de María del Dulce Nombre lloraron hasta vaciarse porque su esperada procesión solo transcurrió por dentro. La lluvia, siempre dispuesta a estropear la ocasión si hay papones de por medio, se empeñó en que no saliesen y este —no seré yo quien mente a la bicha— parece que no pinta bien. Veremos. Ninguna lágrima cae en saco roto. Y menos si Ella está de por medio.

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