Los recuerdos y el olvido de una semana de pasos

La Semana Santa, como todo lo grande en esta vida, se nutre de recuerdos, de la memoria del pueblo que consigue trasladar sus emociones a su hijos, de corazón. Ya se han recogido los tronos, las imágenes ya han vuelto a sus camarines (en el mejor de los casos) o a naves que albergaban no hace mucho tiempo ganados o vaya usted a saber qué otras zarandajas alejadas, por supuesto, de todo lo que rodea la Semana Santa. Las túnicas quedarán colgadas en el rincón más oscuro del armario, los cíngulos, bocamangas y guantes en la caja del olvido. Algunos pasarán aun muchos días recortando y ordenando papeles, leyendo o releyendo revistas de Semana Santa, organizando fotos en una fría memoria de ordenador quizás para no volverlas a ver jamás. Y la mayoría no sabrán ni querrán saber que la Semana Santa se ha esfumado por una esquina, cual humareda de incienso que antes de llegar al cielo, se desvanece sin remedio. Sin embargo los otros, estarán aun muchos días -tantos como los que faltan para que sea tres de abril de 2009- dándole vueltas y más vueltas a lo vivido, a lo soñado, quizás no sabiendo muy bien separar lo real de lo imaginario y seguirán, día a día, recordando aquel solo de corneta, la primera lágrima que se escapó en la salida de su Cristo, aquella mujeruca que, vela en mano, se echo a llorar sin saber por qué, las marchas con las que le gusta rasear, el abrazo vivido con quien solo comparte, una vez al año, una puja, una emoción, un desayuno; y así seguirá reviviendo todos los momentos anhelados y que, sin casi darse cuenta, pasaron por su mirada sin detenerse, perdiéndose en las horas y los días. En nuestra memoria permanecerán, grabados a fuego, los recuerdos de un Viernes de Dolores -de otro viernes de Dolores- en el que la Morenica recibió el canto de los leoneses mientras alumbraban su caminar con cera. Y querremos seguir escuchando eternamente las campanas del Mercado y de las Carbajalas en una Plaza del Grano en la que no cabe un alma. Tendremos muy viva la memoria cuando volvamos a un sábado de pasión en el que El Sacramentado llenó las calles de un lento caminar aromado de incienso andaluz, envuelto en música celestial mientras en las Carbajalas el Cristo de la Redención esperaba un beso en sus pies o en San Claudio un Cristo moreno era recibido con violines que elevaban una «madrugá» a los cielos. Seguiremos sintiendo las ilusiones de una mañana de Ramos en la que León se cimbreaba al viento entre laureles, lleno de estrenos, de sonrisas abiertas y de paseos sin prisas por un León que parecía y era ciudad de Semana Santa; y de su tarde, cuando el Poder nos mostró a Cristo entrando triunfal en las murallas para después -muy pronto- los mudos hermanos del Silencio y de la Redención nos llevaran al pasado sin ni siquiera enterarnos. Y por supuesto del Lunes en el que las centurias negras nos asomaron al Señor de León y a sus dos madres más preciadas, entre largas filas de hermanos y hermanas que parecían no tener fin, en el mismo momento en que el Mercado tocaba a muerto por que la Redención, negro y sangre, oraba en silencio. Y porque vimos unas imágenes del ayer envueltas en túnicas blancas y capillos rojos bisbiseando rosarios en pasado. Y porque, cómo no, la adoración de las llagas hizo que León fuera una ciudad silente, enlutada, cercana y alucinante. Y seguiremos recordando el martes, cuando a las nueve de la noche, las almas heladas por el clima, una leonesa vio cumplido el sueño del perdón vestida de túnica marrón, queriendo alumbrar el resto de su vida con un farol ferroviario, mientras cerca del Jardín del poeta la cofradía más franciscana y silenciosa cantaba un Vía Crucis; y querremos soñar otra vez con una noche en la que tres Madres tristes paseaban su Angustia por la Rúa envueltas en incienso, en llamaradas de cera y en voces dulces que las querían despertar de su dolor. Soñaremos recordando el miércoles cuando el silencio se adueñó de la ciudad, por la tarde -de morado y blanco- y por la noche -de rojo, blanco y negro-, cuando unas túnicas moradas y capirotes amarillos nos acercaron a un Jesús del Vía Crucis que, de inmediato, nos fue anunciando el paso de una Paloma enlutada y llorosa. Y querremos recordar una ronda de historia y poesía y desearemos volver a empezar a transitar por el barrio más romano de la Legio. Y miraremos atrás y veremos un jueves reluciente en el que los caballos anunciaban con sus cascos por el barrio antiguo, pregones de quimeras y de sueños. Y nos llegará a la memoria esa estampa que nos regalaron en la saca para después, deprisa y corriendo, acercarnos a ver la salida de las Marías que rompieron el luto con el verde esperanza de los ojos de su Madre, queriendo llevar el barro leonés a Samaría; y a la Cena quien como nadie nos acercó el misterio de la eucaristía, dándonos un trozo de pan que llevaremos escondido en nuestros recuerdos, para que nadie pueda quitárnoslo. Y volveremos a sentir una despedida de negro y plata, reflejándose en las vidrieras de Regla. Y, sin querer, atisbaremos una túnica púrpura entre capelinas que cantaron un miserere para rasgar el templo, siguiendo de inmediato la promesa de entregar esas treinta monedas que bastaron para traicionar a Jesús o recordaremos una voz que nos despertó de nuestro sueño para levantarnos a la hora precisa y poder acudir a la cita con la historia. Y nos llegará de los más hondo de nuestras mientes, una mañana de primavera, en la que el luto severo de los hermanos no pudo con nuestras emociones, con nuestros anhelos, con nuestros recuerdos y rememoraremos, una y mil veces, lo sentido en unos segundos en la plaza del pueblo. Y disfrutaremos pensando en aquel desayuno de papones en el que nada ni nadie pudo ensombrecer nuestras alegrías, nuestras emociones, nuestros pasados y nuestra procesión. Y miraremos, a hurtadillas, esa flor que llevamos orgullosos y que mañana ya estará marchita salvo en el jardín de nuestra memoria. Nos acordaremos de un sermón y cortejo con Siete Palabras -aunque solo existan seis- y seguiremos escuchando a unos jinetes que anunciaron y anuncian que Cristo ha expirado sin remedio. Y nos asombrará el recordar la solemnidad con que Angustias enterró al Cordero sobre los hombros de sus hermanos, de sus hermanas, sobre las espaldas de la emoción, de la vida, de los siglos que esa tarde estaban orlados con laurel dorado. Volveremos a recordar cómo -con el frío metido en los huesos y escapándose la nieve que vaya usted a saber por qué extrañas circunstancias no quiso visitarnos en invierno- una cofradía muy leonesa desenclavó al Maestro frente a la Puerta del Perdón isidoriana mientras, no demasiado lejos de allí, otros leoneses, en blanco y negro, acercaron la luz a la ciudad, cobijándose más tarde en la Concepciones pues la nieve no quiso despertar al Señor del sueño de ese sábado. Y sonreiremos al saber que la Soledad nunca estuvo abandonada -a pesar de su nombre- porque unos hombros blancos y morados la velaron toda la noche, después de las carreras para volver a casa sin mojarse y no conseguirlo, pues en León los meteoros, como el carácter de su pueblo, no saben de diplomacias. Y se nos escapará una media sonrisa al recordar las palomas que volaron hacia el azul leonés, en el mismo momento en que la plaza de Regla se hizo, como cada domingo de Resurrección, de Víctor de los Ríos con dos grados, helando las almas y abrasando el corazón. Y así, sin quererlo y sin habernos dado cuenta, tendremos las doscientas cuarenta horas de nuestra ya pasada Semana Santa escondida y bien guardada en los entresijos de nuestros recuerdos. Y gracias a ellos podremos día a día soñar, sentir, vivir y llorar a ritmo de unos pies descalzos, de un tambor destemplado, de un raseo por la ciudad, de una mano en el hombro. A partir de hoy, el resto -incluidos muchos papones que lucen sus emblemas diez días, solo esos diez días- olvidarán la Semana. No querrán oír hablar de ella, no podrán arrimar el hombro como si la procesión fuera el único momento en que se necesitan braceros dispuestos a darlo todo por su ciudad, por sus gentes, por su historia, por su memoria, por su identidad. Y así volveremos a ver lo que para unos pocos se convierte en el pan nuestro de cada día una vez se encierra -como si fuera para siempre- el último cortejo que se alberga bajo el mural que hace ya unos cuantos años pintara Vela Zanetti. Se repetirá, como el machacón ritmo de tambor, lo que observamos algunos sin que casi nadie ponga el grito en el cielo. Las instituciones seguirán prometiendo un museo -como hace ya sesenta años- echando balones fuera y dejando en manos de no se sabe quién su génesis, sabedores quizás, que en esas manos nadie corre el riesgo de que, de verdad, el museo salga adelante. Dirán que promocionan la Semana Santa pero no lo harán demasiado bien (siempre con prisas, siempre sin corazón, nunca con pasión y casi siempre tarde). La administración autonómica seguirá silenciando o intentando esconder, la celebración leonesa (¿Sirve de algo que lo digamos mil veces?). Las páginas webs oficiales nos asombrarán con su falta de rigor a la hora de manejar y difundir los datos de nuestra Semana Santa; en ellas se confunden pasos, cofradías, fechas, procesiones, actos y ritos. La Junta Mayor seguirá queriendo hacer pero no podrá o no le dejarán hacerlo o lo hará, con poco cariño, sin casi memoria, sin mimo; hará publicaciones ramplonas, con ideas repetidas hasta la saciedad; pregones en ocasiones con buenos pregoneros pero con puestas en escena deplorables y desde luego no dignas de una Semana Santa declarada de interés turístico internacional; presentará carteles en los que el nombre de León no existe porque alguien se olvidó de decirlo en la imprenta; seguirá ocultando en sus programas e impidiendo que magníficas bandas toquen en nuestra ciudad y en fin, se dejará llevar por la desidia. Las empresas de todo tipo (¿acaso solo la hostelería multiplica sus ingresos en estas fechas?) que tanto bien reciben de la Semana Santa se pertrecharán en sus balances, sabedoras de que el año que viene -da igual lo que hagan- volverán a recibir de un nutrido grupo de leoneses a los que el olvido no maneja, lo que ni siquiera esperaban. Y, al fin y al cabo, esa fiesta no va con ellos. Si acaso, buscarán en la Semana una nueva fuente de ingresos a través de la publicidad pero no se implicarán -de verdad- en saber, en conocer, en apoyar, en ayudar a conseguir que León, sin complejos, sea una ciudad papona, al menos esos diez días y quienes nos visitan, no piensen -en algunas ocasiones- si lo de los títulos turísticos no será más que un camelo -marchamo lo llaman algunos-. Y así, unos seguirán soñando en silencio. Los otros, siempre tendrán por bandera el olvido. Quizás, los equivocados seamos los primeros, quienes pensamos en papón trescientos cincuenta y cinco días y estamos los otros diez simplemente dejándonos llevar por la emoción ya que en esas doscientas cuarenta horas ni tenemos tiempo para pensar ni tampoco queremos hacerlo¿ Puede que la Semana sea solo eso: siete o diez días. ¿Para qué pensar en otra cosa? Quizás el consuelo que nos queda es pertrecharnos en esos otros recuerdos. Soñar cada día con lo que creemos que debe ser y no es e intentar hacer, desde sitios que muchas veces se tornan territorios hostiles o colinas imposibles, lo que deseamos que sea. Y así, puede ser, se vaya cambiando poco a poco la forma de vernos y dejen de llamarnos locos aunque, seguro, esa otra cordura no queremos que llegue. ¡Paz y Bien! Una nueva Semana Santa nos espera muy pronto.