«La gente aquí habla bien,pero parece un poco parada»
MANUEL AZAÑA
2 de julio
S alimos en el tren de la mañana para León. Viaje, como siempre. Lentitud de los trenes, agravada por el retraso. Calor. Suciedad. Comer en las estaciones es una temeridad. Después de Monforte, la pereza del tren adquiere caracteres de suplicio. Nos sofocamos. Estos trenes obligan a cosas bárbaras y a actitudes de ineducación; hay que quitarse la chaqueta y el cuello; no se puede uno lavar en doce horas; ¡qué lavabos! Y el buen público se aguanta.
Qué desolación y silencio en estas montañas, desde Ponferrada a Astorga. Formas redondeadas, vegetación rala, oscura; tierra roja, a veces negra, pizarrosa. En el Bierzo hay unas planicies, con praderas, y centenos espesos, dorados. Una línea de álamos al borde de un río. Y las lomas azules de los montes cierran el horizonte. El sol de julio, poniente, dora el suelo. Hay un vientecillo fresco; sutileza del ambiente fino. Melancolía de la distancia.
Rápido cambio del terreno al salir de Galicia. Reaparecen los espacios abiertos, los altozanos y alcores de tierra desnuda, los barbechos, las alamedas lejanas.
Antes de llegar a Astorga. Las praderas bien olientes. Las alamedas en las lindes; altos árboles, sonoros, cabecean; terciopelo del suelo verde. Frescor que sube de él.
¡Por fin! León.
Estación negra, mal alumbrada, angosta. Un mozo nos saca las maletas y se le olvida venir a cobrar. Nos vamos al hotel París. Habíamos preguntado en el camino cuál es el mejor, y nos contestaron: «El Hotel de París», con un tono que decía: «¡Hombre, qué pregunta!». Es posible que sea el mejor, pero... ¿cómo son los otros? En la escalera, un linóleum agujereado. El cuarto, pintado al temple, tiene rayas y manchas en la pared, y muchas señales de haber secado cartas en ella. La funda de la almohada, manchada; la colcha, dos chafarrinones oscuros. La mando cambiar. «Le cambiaré a usted esta funda», me dice la criada. «Cámbielo todo. Y además, la colcha, que está machada, al parecer de sangre». «Si es chocolate...», replica. La mesa de noche, sobre la tabla, redondeles de copas. Extrañeza porque pedimos más toallas y más agua. Hacemos una investigación: hay un cuarto con un letrero que dice BAÑO; pero está cerrado con un gruesísimo candado; miramos por el ojo de la cerradura: ropas amontonadas, un catre, cestos, etcétera.
La comida: entre renuncias voluntarias e inmanducabilidad manifiesta, es un simulacro; como en la venta. En una mesa, un grupo numeroso, donde predominan las señoras, habla a voces.
Paseo nocturno. Damos con la catedral: dos formas pardas, borrosas, lanzadas en el cielo negro. Rodeamos por la izquierda de la fachada, a lo largo de una calle dilatadísima. Volvemos, por la plaza, y el palacio obispal, al ábside.
Olor de prados . Silencio. Rinconadas insólitas. Tinieblas; y luces rojizas, débiles. En la calle principal (F. Merino), cafés y ruido de dominós.
3 de julio
V isita a la catedral, por la mañana. La luz en la altura. La elevación frustrada por el coro. Primer atisbo de vetustez. La continuidad: unas termas, encima una i. románica; encima la catedral. El recinto militar por el ábside. Un caballero oyendo misa. Parece uno del XVII.
Visitas: En el casino; caserón viejo. En la redacción de La Democracia . A casa de Octavio. Nos lleva con Cárdenas a Mansilla de las Mulas. Los alrededores de León. Planice, prados, lindes de álamos. Vega del Esla. Ancho de cauce, delgada vena. Igual entonación de las riberas arboladas. Sol brillante. Un pueblecito de tierra roja (¿Arcahueja?). El puente torcido sobre el Esla. La carretera recta hasta Mansilla. Murallas de almenas picudas ya muy derruidas a trechos. Calles anchas, rectas en general. Parece un barrio de Alcalá. La semejanza de los pueblos de Castilla hasta el Tajo.
Nos tiene Octavio en su molino toda la tarde, haciéndonos admirar sus gallinitas. Consideraciones sobre el señorito millonario, aburrido, metido a campesino.
Al regreso, en León, Cárdenas nos guía en una excursión por la ciudad. Visitamos primero la Diputación. La fachada, del mismo autor que la Universidad de Alcalá. Espléndida; deshonrada por cables y palomillas del alumbrado. El patio: menos gracioso, más pesado que el del Archivo alcalaíno.
La casa de Gaudí me parece mal. Ya podían haberla puesto en otro sitio y dejar despejado el frente de la Diputación. Los balcones de ángulo de ésta. Las barandas de hierros y las eses .
Vamos por los barrios, a la Plaza del Mercado, cuando anochecía. Magnífico sitio. La iglesia a un lado. Casas con porches (postes de madera) a la izquierda. Un caserón de ladrillo rojo, alero saliente en el ángulo frontero. Callejón. Una casa azul. A la derecha, en alto, un convento, y la tapia blanca, desnuda, que desciende cerrando la plaza. Unos árboles, y una casa, sobre peldaños. El silencio, la luz, la soledad. No hay igual en Toledo. La Plaza Mayor, estropeada por un mercado de hierro. Es una plaza pensada ; luz de un farolillo en la fachada del Ayuntamiento. Subida por una calleja a la izquierda de éste.
Por la noche, paseamos solos, a la aventura. Seguimos la carretera al pie de San Isidoro. Filas de casas con porche (poste de madera) a un lado. La torre de San Isidoro y una calle en cuesta. Seguimos los muros. Este es el León que yo me figuraba. Rudeza, vetustez, pobreza, frialdad. Los cubos redondos y la alternativa de los lienzos planos. Fuga del muro en las tinieblas. Soledad. Misterio de los rincones.
Entramos por una puerta a la derecha. Rumores y olor a campo. Calle que nos conduce a la Plaza de San Isidro. Planta irregular. Rinconadas. Casas desiguales y grandes. Muros macizos. Árboles. Callejuelas que se alejan. Una familia de tres, se pasea delante de su casa y nos mira con curiosidad. Divagamos mucho. No falta nada, ni el novio pelando la pava. Una placita sin salida ni luz. Árboles, humedad, casas cerradas a piedra y lodo. Algunas ventanas iluminadas, de vez en cuando. ¿Será un muerto?
La Plaza de la Veterinaria.
Hemos pasado por un cuartel, esta tarde, al oscurecer. Centinelas. Una mecedora vacía, para el oficial, en la calle.
En el hotel, ningún timbre suena. Hay que llamar desde el pasillo, a voces y palmadas, y no viene nadie. Hay que bajar al escritorio a quejarse. La dueña, antipática, riñe con las criadas. ¿Qué gente se hospeda aquí? No dan ningún recado, o los dan mal. Parecen alelados.
4 de julio
V isitamos San Isidoro y San Marcos. San Isidoro es uno de los monumentos que más me han emocionado hasta ahora. Qué deplorables los altarcitos y los santitos que hay en la iglesia. El panteón. Parece demasiado, por la instalación, un museo de los sepulcros. Buscar la emoción histórica: las vidas -“lo invariable-, lo que nos identifica con ellos.
El abad, [ ilegible ]; acento, ademanes de campesino. Dos canónigos más, viejos, que nos reciben con sus bonetes puntiagudos, y sus caras chupadas, astutas en vano ; olor (en la colegiata) como en San Felipe de Alcalá. Dos curas se pasean por la muralla, tomando el sol. Nos enseñan el tesoro. La mandíbula de San Juan Bautista . Un dedo de San Isidoro . Piezas magníficas. El abad nos dice cuánto ofrecen por cada una.
San Marcos: La exaltación de la fachada. Color de oro. Riqueza. Movidísima. El coro. El patio. El museo, muy mal instalado.
En San Marcos, hay un cuartel de caballería.
Importancia del Renacimiento en León. Es una de las ciudades más destrozadas ; pero tiene unidad de carácter. No hay casas superpuestas.
¿Cómo sería una civilización española sin lo árabe?
La gente aquí habla bien, pero parece un poco parada .
*
Para no madrugar, decidimos irnos en el mixto, a las dos de la tarde. Sólo una hora de retraso. Nos instalamos en un departamento que sólo tiene dos manchas.
La subida hasta el puerto nunca la había hecho de día. La cuenca del río que sigue el tren, iguales caracteres: prados, alamedas. Penosa subida.
El terreno, cada vez más abrupto. Montañas de granito; valles verdes, solos, fríos; cimas alpestres . Brusquedad de los cortes; horadamiento que hace el río.
La entrada en Asturias es sedante. La descripción del valle, desde lo alto: Nubes, cimas, vertientes, hondura, casas, tonos de prado y bosque, color de aldeas, ganado, lejanías azules, brillantez en el ocaso entre dos montañas, chorros de sol, gasas moradas, humos; disminución de la luz; enciéndense las lámparas en los pueblecitos; humaredas de las fábricas y del ferrocarril; brumas del río. Olor del campo. Grupos de obreros en los andenes. Lentitud desesperante del tren. Paradas eternas. Farolillos que van y vienen en las estaciones. Impaciencia. Llegada a Oviedo con cuatro horas de retraso.
(De Obras Completas ,
Manuel Azaña: «León,
Asturias y Santander: 1918».
Ediciones Oasis, México)