Diario de León
Publicado por
MARTA PRIETO
León

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Mucho antes de que Virgilio nos describiese el Hades como una sombra, («ibant oscuri sola sub nocte per umbra /perque domos Ditis vacuas et inania regna» ), los griegos habían llegado a la misma conclusión. La sombra, en general y por sinónima de Parca («Cerrar podrá mis ojos la postrera/sombra, que me llevare el blanco día», versificaba Quevedo), tenía y tiene mala prensa. Que la sombra es, además, negra y triste, es sabido por todos. Ahí están la de Luz Casal, la de Machado («soberbios y melancólicos/ borrachos de sombra negra»), la de Miguel Hernández («alegrarás la sombra de mis cejas») o la de Panero («me invitas a la sombra que se hunde en mi pisada»). Pero, maneras de ver las cosas, acaso la sombra sea solamente el otro lado de la luz o un rincón salvador en los días de verano. Acaso, incluso, una metáfora que rezuma fragancia, sol y color. Acaso un juego de contrastes que nos haga sentir con José Luis Cano: «Y deja que mi sombra, en la avenida/acaricie tu seno soñoliento».

«Nada bajo el sol he dejado», cantaba Leónidas en el siglo III a. C. ¿Nada? Algunos dejan (sin sombra de duda) su sombra.

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