Diario de León
Publicado por
NICOLÁS MIÑAMBRES
León

Creado:

Actualizado:

C errando por poniente una de las plazas leonesas (al tiempo que recoleta, más vivas de la ciudad) la casa del Marqués de Lorenzana aporta al recinto ecos de tiempos lejanos y hechuras de rancia nobleza. Tiempos en los que paseó por estas rúas su egregio poder el insigne prócer Francisco Antonio de Lorenzana y Butrón, eximio teólogo. Pocos edificios son símbolo tan palpable, y al mismo tiempo desolado, del paso del tiempo en este León de nuestros pecados y alegrías en los albores casi del siglo XXI. El devenir fortuito y los inveterados y habituales atropellos han ido royendo el pretérito esplendor, formando la pátina costrosa y el deterioro que, indefensa, exhibe la casona. Recia, señera y de limpia hermosura en otros tiempos, hoy es un símbolo más del sentimiento doloroso del poeta: « Estos, Fabio, ay dolor, que ves ahora -¦».

En la Plaza de Torres de Omaña (los Omaña tuvieron palacio en la plaza y tienen capilla y panteón en San Isidoro) la reciedumbre de las hechuras clásicas de la casa de los Lorenzana contrasta con la modernidad de esculturas vanguardistas, un Vítor invertido de remos potentes enraizados en el pavimento leonés. Es plaza de curiosa y abigarrada polisemia urbana. Confluencia de rúas diferentes, en ella anidan actividades de toda suerte, estilo y condición, sin que falten hermosas rejerías.

Tal vez por ello, la fachada sea el más expresivo escaparate, el desdichado expositor de manías y obsesiones atemporales y sin sentido. No es extraño que tanta burda cartelería haga más reducido el discreto escudo del linaje. Su escasa presencia, nada acorde con la categoría del edificio, refleja un único cuartel «con dos leones de gules echados sobre campo de oro». Muestra humilde entre tanta reciedumbre histórica. Pocos inmuebles, urbanos o rurales, exhiben tan rudo y variado repertorio de la huella del humano, ansioso tantas veces de miserables y tristes nombradías. Cuántos torpes iconos de oficios y aficiones, de vicios y virtudes. Todos han dejado su muestra hiriente en la piel caliza de vetas rosáceas de la fachada principal, mirando invariable hacia el viento solano y cuarteada de cierzos y soles. Menestrales al cabo de la calle e intelectuales casi al cobijo de un alero secular, marcan los hitos de la verticalidad de la casona. Son torpes anagramas de antigüedad rancia y periclitada, símbolo de viejas remembranzas. No falta como recoleta y umbría, el refugio donde modula sus piezas un menestral de bajo coturno, vigilando la entrada como cancerbero de un Hades actual. No suenan lejanos los versos: Después de aquella puerta, del estruendo / de su golpe primero, / un viento pertinaz y sucesivo / me ha sembrado de aldabas la memoria.

U n lóbrego y angosto pasillo conduce al patio interior, donde pervive, yermo y cegado, lo que en otro tiempo fuera pozo receptor de límpidos veneros, como cantara Juan Ramón Jiménez: ¡qué palabra tan honda, tan verdinegra, tan fresca, tan sonora! Parece que es la palabra la que taladra, girando, la tierra oscura, hasta llegar al agua fría. De nada sirve el pozo, cegado ya, y menos su brocal, mordido por el tiempo y el silencio: Y el silencio va siendo un ejercicio / vulgar y cotidiano, como la propia sombra / dibujada en un muro.

La fachada orientada al meridión no disfruta de la luminosidad habitual de la que dotan estos aires del sur. Lo angosto del callejón, formado por su muro, hace casi imposible una clara perspectiva. No es de lamentar: el material es más pobre, irrelevante casi después de contemplar la fachada principal, mirando hacia el solano. Sobre un zócalo de robustos y pétreos sillares, un muro de morrillón enaltece su aspecto con los esfuerzos de lo humilde: rollos, cantos rodados, robados al cauce de los ríos leoneses y depositados en sus márgenes. El fruto, a fin de cuentas, de crecidas tempestuosas y despiadadas. Un cuerpo superior de ladrillo visto completa el muro para llegar a los aleros. Todo pierde consistencia, como la fachada occidental, burdo añadido arquitectónico que, en los tiempos modernos, perseguía sólo aprovechamiento de espacios nuevos. De parecida profanación estética fue objeto el muro de septentrión: una burda amalgama de construccio-

nes fue el torpe aprovechamiento del antiguo jardín. Tal vez porque-¦ ninguna primavera / ardía en la tristeza de sus calles. Y las gentes de arcilla / ignoraban las voces del crepúsculo / hambreando con furia, su metal cotidiano.

tracking