El hombre del saco cruzaba el Bernesga
Las avenidas y calles principales de cualquier ciudad lucen y presumen de las mejores galas urbanas, como las damas egregias, sobremanera si el entorno es histórico y artístico. Por el contrario, callejas y travesías permanecen vírgenes, al igual que las doncellas y las mujeres poco agraciadas. En compensación, mantienen su sempiterno aspecto a salvo del martillo pilón y del transcurso del tiempo. En uno de estos sitios que trato de describir me encuentro yo ahora.
Nubarrones otoñales cubren un cielo que recurre al viento para de ellos desembarazarse.
Si nos fijáramos más con la mente que con los ojos, descubriríamos que muchas cosas se conservan intactas; acaso porque siguen siendo lo inmutable que la luz de los rayos solares, el azul del cielo despejado o la plenitud que aporta un circunstancial abandono del diario quehacer.
Apenas llevaba andando medio kilómetro cuando le reconocí. Fijé en él la atención y comprobé que cavilaba. A su derecha, casi pegada a la cadera, se veía una gran bolsa.
Era el hombre del saco , aquel al que conocí incontables años atrás.
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La posguerra que nos trajo el hambre, vino acompañada de ropa raída, alpargatas de cáñamo, pulientas y mendrugos para sopas. Las precarias circunstancias de la época ahogaban al pueblo llano.
Recuerdo, tal que fuese hoy mismo, aquellas frías Navidades, apuntando ya la noche. Previo permiso paterno y desafiando a la inclemencia del tiempo, solía salir a la puerta trasera de nuestra casa . Allí, en cómoda postura, disfrutaba del ir y venir de la gente, camino del trabajo o del hogar.
De repente, perdiéndose el sol en su ocaso, a lo lejos aparecía el hombre del saco . Por el Puente de los Leones, cruzaba el Bernesga El río, aunque domesticado, no presumía todavía de zonas verdes y paseos en sus orillas. Tampoco había otros puentes o pasarelas.
Quizá regresaba de los aledaños del antiguo convento de San Marcos, entonces hospital de peregrinos, en dirección al barrio de Pinilla; o buscaba cobijo nocturno, a lo mejor, en las proximidades de la estación del ferrocarril.
Previniendo a hijos e hijas de los peligros que en la calle podían encontrarse, casi todas las madres han mencionado a este singular personaje. La mía recurría a otro protagonista, incorpóreo y menos tétrico: el coco , al cual se invocaba en las canciones de cuna.
Nada extrañaba que la práctica de tan popular y efectivo medio consiguiera que los niños cumpliesen rutinas de aseo, comida y sueño.
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La primera vez que ante mí cruzó el hombre del saco , bajé instintivamente la mirada, entre temeroso y avergonzado; pero mantuve la posición, como los buenos soldados de vanguardia. Cuando me rebasó, levanté la vista; distinguí su cansino andar y, sobre todo, la bolsa que soportaba en la derrengada espalda.
Hasta el tercer o cuarto día no decidí encararle. Haciendo de tripas corazón y conteniendo el aliento, me planté delante y le corté el paso. Sin que mediasen palabras, mantuve alta la cabeza, alargué el brazo y le ofrecí el envoltorio que en la mano sostenía. El hombre dudó, pero al final terminó cogiéndolo. Era la merienda que mi madre me preparaba con esmero.
Incapaz sería de contar, después de tanto tiempo transcurrido, las veces que le reservé el queso o la mortadela. Todo parecía estar mecanizado: el individuo llegaba adonde yo estaba. Sin pausas, me ponía de pie y le entregaba el bocadillo; él lo aceptaba, y seguía su largo y lento caminar. Así, uno y otro día,
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La última tarde que vi al hombre del saco llovía ligeramente, pero no parecía importarle la mojadura. Yo le esperaba al resguardo del alero.
Antes de que alargara su arrugada mano y cogiese la tortilla rellena de atún blanco del Norte, tuve la premonición de que sería nuestro postrer encuentro.
El hombre posó la bolsa que portaba. Pensé que, intentando saciar curiosidades, iba a mostrarme el contenido; peor aún, temí que tramase introducirme en el interior. Ninguna de las dos cosas hizo; se limitó a sacar del profundo fondo un paquete. Plano y rectangular, el objeto venía envuelto en hojas de periódico atrasado.
Me lo entregó sin pronunciar palabra. Nunca llegué a oírle hablar; ni él a mí, pero sentí gran e incomparable emoción. Mantuve entre mis manos el paquete durante buen rato, pensando en el contenido. En realidad, agradecía el detalle más que el regalo en sí mismo.
Deshice el envoltorio y descubrí la pequeña Biblia; era una edicción de Nácar Colunga, encuadernada en piel. Por raída, los versículos fueron bien aprovechados.
La conservo, como reliquia, medio siglo después. Suelo leer algunas de sus páginas. Y recuerdo, acercándose, al hombre del saco.