Espacios para el silencio
Tres tratados de armonía
Antonio Colinas. Ed. Tusquets, Barcelona, 2010. 324 pp.
JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
En 1991 publicó Antonio Colinas su primer Tratado de armonía , sin sospechar que acabaría convirtiéndose en el volumen inicial de una trilogía que acaba de aparecer con el título Tres tratados de armonía , que completan el Nuevo tratado de armonía , de 1999 y un Tercer tratado de armonía que no se había publicado exento. El conjunto nos da la visión más próxima al Colinas que piensa y siente y que lo hace desde la contemplación como actitud vital y poética. Porque estos tratados no se pueden separar ni de la vida ni de la poesía de Colinas, plasmando en ellos esa unión tan deseada de arte y vida. Colinas mismo reflexiona en las páginas preliminares sobre este proyecto que ha ocupado (no en exclusiva) treinta años largos de su vida. Prefiere definir estas prosas como contemplaciones, por cuanto nacen «de una impresión vivida sin prisas en el medio de la naturaleza» y a la luz también de la lectura de la mística española y la mística oriental. Para quien conozca la obra de Colinas, en prosa y verso, pues son complementarias (por no decir una y la misma), intuirá que la contemplación es sólo el paso hacia la verdad profunda del ser y el vivir humanos.
El texto nuevo es Tercer tratado de armonía , al que me quiero referir en las líneas que siguen. Antonio Colinas pasó veinte años en Ibiza. En 1998 volvió a la meseta. Pero la isla fue siempre un retorno, físico y mental. Isla y paisaje natal dan contenido a las dos primeras partes del Tratado . Pero acaso no convenga separar lo que reside en unidad en el alma del poeta. Tanto la isla como el lugar familiar donde pasaba los veranos de infancia, suponen evocación de lo vivido, confrontación entre el presente -“el hombre maduro- y el pasado juvenil o infantil. Como dice Colinas, dos tierras, dos valles que confluyen armónicamente en uno solo, simbólicamente el valle de la vida. La dualidad asoma siempre en uno y otro lugar: tierra y cielo, noche y luz, lo ajeno y lo interior, la isla y el mar, lo permanente y lo temporal. Y en ambos lugares la contemplación de la naturaleza (sus ciclos, los aromas, los pájaros, el agua que corre...) fructifica en las mejores páginas del poeta, que sigue manifestando su capacidad de asombro: «El firmamento del verano descendiendo sobre el jardín. ¿No es un milagro?». En la naturaleza halla el poeta los símbolos del conocimiento y la revelación: las «resonancias de infinitud» del canto de los grillos, íntimos desgarros en los crujidos de la madera de la casa familiar, lo indescifrable en el canto de la lechuza, etc., etc. Intuición y reflexión se unen para dar a las cosas (mar, luz, astros, piedras...) un significado humano universal. Signos de salvación, símbolos de armonía. Al logro de lo armónico colabora poderosamente el arte, la música (Bach) y la poesía (Manrique, Fray Luis, Juan de la Cruz, etc.) Y, como hemos dicho, la contemplación, la lectura (los místicos sobre todo) y el silencio, «esa otra música que no sabe de arrebatos».
El Tercer tratado termina con dos partes: una «Sobre el respirar ». Respirar (posesionarse del mundo y devolvernos al mundo) es sensación de absoluto, impone un ritmo vital y es símbolo de armonía: respirar en la luz. La parte última es «Geometrías del fuego»: un conjunto espléndido de poemas en prosa (no son los únicos del libro), compuestos en una especie de éxtasis de amor, de atracción por el cuerpo amado y su geometría (y geografía) de fuego: «De ese fuego nunca sabes, pero está en ti, y te salva, y nos salva. Duermes. Todo tu cuerpo ya es el planeta».
Las ideas extraídas del Tercer tratado darían para muchas páginas: el imán del misterio, del deseo de trascender lo anecdótico hacia la plenitud, la infinitud, la totalidad, el saber que brota del interior de uno mismo más que de lo externo, etc., etc. No quisiera terminar sin afirmar que un libro como este sólo un poeta puede haberlo escrito.