Por la Vía de la Plata
PÍO MOA
Y a está el andariego en Madrid, a media tarde, esperando en el andén del metro, la mochila entre los pies, con la sensación de pringue de la atmósfera urbana. A unos pasos se han instalado en los asientos una mujer apenas madura con un chico de unos diez años y una niña de ocho o nueve. Los críos discuten, y la niña levanta y baja la falda enseñando intencionadamente las bragas. Una joven sonríe forzadamente al lado, como pretendiendo expresar; «¡La picarona!». El crío se ha puesto enfrente para ver mejor; luce una coletita y ríe con expresión bobalicona. La madre riñe a la chiquilla: «¡Que no hay quien pueda con esta niña, vamos!». Cerca, unos chavales con el corte de pelo de la mili, pero vestidos en plan rockero, ensayan entre ellos canciones soeces, a media voz. Un gran anuncio sobre el andén de enfrente muestra a una guapa muchacha con cara de éxtasis ante las «¡Rebajas!» de unos grandes almacenes.
Llega el tren. Dentro dos ancianas, de pie, se lamentan: «Ya no hay hombres, ni cultura ni nada. Te ven encorvada y cansada, y les da igual. No se levantan». «A veces te ceden el asiento las chicas jóvenes, pero los chicos es que casi nunca».
El viajero hace un esfuerzo por abstraerse del entorno y recordar la última etapa de su viaje, realizada esa misma mañana. Pocas horas antes caminaba a varios cientos de kilómetros de distancia, por un paisaje floreciente, sonriente de árboles y canalillos en la vega del Órbigo. Desde La Bañeza había hecho su oficio volviendo a San Martín de Torres, probable asentamiento de Bedunia, última mansio romana antes de Astorga. De ella no queda nada a la vista. En la taberna le habían informado de un castro prerromano por las cercanías.
E l pueblo tiene una calle. De lo viejo , nombre ejemplar y logrado. Por lo raro, había traído a la mente del viajero otro nombre curioso, El culo del mundo , allá por la provincia de Zamora. No «el ombligo», nótese.
La iglesia de San Martín tiene esas espadañas tan frecuentes en la región, simples, esbeltas, de mampuestos, y cuya repetición no cansa. Forma artística lograda y adaptada a su fin. El templo es sencillo, de noble rusticidad, con un atrio asentado sobre columnas de madera y restos de otra piedra. Al igual que la aldea, parece haberse extraviado en el tiempo, anclado en épocas remotas. Al lado de las columnas, sobre piedra blanda, algún cretino ha grabado: I love , más un corazón.
Los pueblos siguientes yacen en plena llanada, pero poseen ruinas de castillos. La torre de Villanueva de Jamuz conserva unos frescos en el techo, le contaron al visitante, que no había llegado a mirarlos, acosado por la prisa. Quintana del Marco, fuera de la calzada -“el viajero no pretendía seguirla entonces-” indica que la comarca hubo de estar, bajo Roma, cultivada y regada como en la actualidad. Cerca han desenterrado restos de una villa , con un mosaico de los más completos de España, hoy en el Museo Arqueológico de Madrid. Un pueblo de formas simples y armoniosas, antiguas y bien conservadas. En una tasca, solitaria a esta mitad de la mañana, servía una chica.
-” No tenéis muchos clientes.
-” Como es sábado, muchos se han ido a La Bañeza, al mercado. Y otros a trabajar al campo.
-” ¿No hay restos romanos en el pueblo?
-” Uy, sí. Hay en la iglesia una estatua que dice que es de Quintus Marcius, que de ahí viene el nombre del pueblo, dicen. Si le pides la llave al cura, te la enseñará. El pueblo era muy importante en aquellos tiempos -“aclara con seguridad.
¿Seguiría un busto de Adriano empotrado entre las pizarras de la espadaña del templo? El viajero no se animó a comprobarlo.
-” No tengo tiempo de ver al cura. Voy como a uña de caballo, al puente de La Vizana.
-” Eso son aún diez kilómetros, yo creo.
-” ¿No han venido a excavar por aquí últimamente?
-” No-¦ Ha estado gente con un detector de metales, pero sólo encontraron unas cuantas monedas. Donde dicen que hay algo enterrado es en la calle del Castillo. Ahí sí.
-” ¿Y has oído hablar de la Vía de la Plata?
-” Me suena algo.
-” También pasaba cerca de la cañada del ganado trashumante.
-” Eso habrá sido hace muchos años. No sé.
-” El puente de La Vizana era por donde iban la vía y la cañada. Tenía que ser un punto importante, porque desde ahí al sur la cañada coge ese nombre. Cañada de La Vizana.
-” Pues le queda aún un buen rato hasta allí.
P ara llegar al puente hay que pasar por Genestacio, La Nora y Alija del Infantado. Llegado al último, el viajero se había metido por una senda que rodea el pueblo por la izquierda, encharcándose progresivamente hasta convertirse en canalillo. La comarca, muy feraz, es de minifundio, con métodos de cultivo anticuados. Están haciendo la concentración parcelaria.
Pegado a Alija del Infantado está Alija de los Melones. Al lado de éste, en un campo sembrado de casetas para guardar maquinaria, un par de mulas arrastra en círculo un trillo, con un labriego sentado encima, dirigiendo la faena.
-” Un trillo de caballería., sí señor. El grano va para abajo, luego lo metemos todo en la máquina que está ahí, en la caseta -“explica el campesino con su acento muy afín al gallego.
Al poco, el puente de La Vizana, grande, majestuosamente curvado sobre la corriente. Cuatro arcos entre macizos pilares de pizarra y cuarcitas. De origen medieval, que hubo de sustituir a otro latino. Hoy lo utilizan personas y tráfico rodado.
Y ahí había concluido el viaje, harto cansado en sus últimas jornadas. Un auto con tres lugareños había conducido al viajero a la carretera general, a cuatro kilómetros.
-” Sabemos que fue cañada, pero no pasa ganado desde hace-¦ muchísimo. El camino antiguo ya no queda, usted no habrá podido seguirlo. Antes había, junto al puente, una ermita. Un edificio grande, que se llamaba de San Tirso. En ella se encontraron muchos huesos, y se decía que eran de gente a la que habían emparedado-¦ Que la había emparedado la Inquisición-¦
El viajero se había reído: la Inquisición lo traga todo.
-” Bueno, yo le cuento lo que se dice, si es verdad o no-¦
(De Viaje por la Vía de la Plata,
Pío Moa.
Ed. LibrosLibres,
Madrid, 2008. 316 pp.)