Diario de León
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León

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Entré en el baño y cerré de golpe. Respiré profundamente. Me dejé resbalar por la puerta y me senté en el suelo frío con la carpeta entre los brazos. Sin poderlo evitar me llevé las manos a la cara y empecé a llorar. Pero era un llanto seco, sin lágrimas. Me froté los brazos pues el frío del suelo se estaba transmitiendo a todo mi cuerpo y miré el techo del baño sin poner mucha atención en él. Una araña colgaba de una de las esquinas. Se movía de forma ligera, con movimientos ágiles, creando entre sus patas una fina tela. Parecía algo tan sencillo pero a la vez tan complicado...

Suspiré.

Desvié la mirada de la araña y cogí la carpeta. La abrí despacio, sin ganas, sin fuerzas. Dentro, varios apuntes de dibujo técnico, dos o tres láminas... y, debajo de ellas, fotos. Fotos sacadas de Internet de mis amigas, amigas que había conocido en la red, no las podía conocer de otra forma, amigas que... ¿me entendían? Guardé los apuntes y las fotos, al principio triste, luego con rabia y con fuerza La poca fuerza que tenía De nuevo al borde del llanto, tiré la carpeta contra la pared de enfrente. Ésta se abrió, pues no la había cerrado bien, y las fotos se esparcieron, al igual que los apuntes y las láminas, mojándose con el agua que había en el suelo. No me preocupé de recogerlo y permanecí con la mirada perdida por la pared. No sabía cuánto tiempo llevaba en el baño. Tampoco me importaba Era mejor que estar fuera y aguantar a la gente del exterior, sus miradas de pena, de asco. Me levanté despacio. Pero no avancé. No me atreví a dar un paso. Eso significaba enfrentarme al espejo. Me quedé parada unos segundos. Entonces cogí aire, cerré los ojos, di dos pasos y entré en uno de los compartimentos del baño, dejando el espejo detrás de mí. Cerré la puerta. Bajé la tapa y me senté encima de ella frotándome la cara. No sabía por qué había entrado, ya lo había echado todo esta mañana. No merecía la pena volver a hacerlo. ¿O si?

Me fijé en las pintadas del compartimento. Pintadas de otras personas en las que descargaban su rabia contra algún amorío doloroso, otras escritas con palabras vulgares contra sus profesores o contra algún amigo que les hubiera fallado. Alguna que otra con los nombres de alguna parejita... Pintadas anónimas, o simplemente firmas de adolescentes que llenaban la puerta y las paredes hasta los topes. Quise escribir yo también algo, quise poner que odiaba a mis padres, que no me entendían, que me odiaba a mí misma, que estaba muy sola... pero no encontré un trozo donde escribirlo. Era como si todas esas pintadas solo hablasen y no quisieran escucharme a mí. Era un lugar donde no había sitio para mis miedos, mis inseguridades, mis frustraciones. Y eso me agobiaba. Entonces resumí en una frase todo lo que quería plasmar y lo dije en alto: «Solo quiero ser feliz».

No sé por qué lo hice, quizá pensé que mis palabras se quedarían escritas en las paredes si las decía en voz alta. O quizá solo intentaba convencerme a mí misma que eso era lo que verdaderamente quería.

Abrí de golpe la puerta queriendo escapar de ese lugar y me encontré de frente con el espejo. Estaba un poco roto, pero dejaba ver perfectamente mi reflejo. Lo miré largo rato. Enfrente de mí, en el espejo, había una cara y un cuerpo machacado y castigado por los vómitos de día tras día. Pero yo solo veía un cuerpo donde sobraba carne por todos los lados. Llevé la mano a mi cara lentamente y se dejó ver una muñeca frágil, sólo piel y hueso, que se alargaba y acababa en finos dedos. El índice y el anular estaban destrozados, con heridas, con costras, encorvados, sin uñas, como marca de lo que me hacía. Antes de que mi mano llegase a mi cara, pegué un chillido de rabia y golpeé con la palma de la mano abierta el espejo con toda la fuerza con la que me dejó mi débil cuerpo. Pero aparté con rapidez la mano, pues un trozo de cristal que estaba medio suelto cayó y me hizo un corte. Empezó a sangrarme y no sabía qué hacer. Cogí un trozo de papel e intenté taparme la herida, pero el corte era profundo y estaba perdiendo mucha sangre. Me mareaba, todo daba vueltas...

*

Me despierto sudando y llorando, con grandes lágrimas en los ojos. Recuerdo perfectamente cómo había acabado ese día hacía ya dos años. Me desmayé y aparecí en una cama de hospital con un montón de tubos enganchados en mi brazo y mi madre llorando a mi lado.

Intento que ese pensamiento no llene mi cabeza, pero ya es demasiado tarde.

Me levanto y no me molesto en mirarme al espejo. Sé que lo que habría y lo que vería sería lo mismo. Pero esta vez, un cuerpo menos machacado por los vómitos y por mi mente enfermiza. Me dirijo a la cocina, cojo un vaso de agua y unas galletas y regreso a mi habitación comiéndome una. Pero, por el camino, veo, por la puerta entreabierta del baño, el retrete y mi reflejo en el espejo. Me recorre un escalofrío por todo el cuerpo y por un momento siento miedo. Miedo de recaer. Pero recuerdo esa pintada que no pude escribir en los baños y acabo mordiendo con fuerza la galleta, ahí, en el pasillo, frente a la puerta abierta del baño, como riéndome del retrete y del espejo. Riéndome del retrete y del espejo.

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