Una historia disparatada y hermosa
Tino Calabacín
José A. Ramírez Lozano. Ilustraciones: Montse Ginesta. Ed. Anaya (col. El Duende Verde), Madrid, 2010. 60 pp. A partir de 8 años. Premio de Narrativa Infantil «Villa d-™Ibi» 2009
Dice Ramírez Lozano, al dirigirse al «Querido lector», que « Tino Calabacín os va a parecer un relato muy imaginativo, tal vez demasiado imaginativo. Pero contaros la realidad tal como es, a mí, al menos, me resulta una cosa aburrida y pobre-¦ Así que no os importe contar cosas absurdas. Es el terreno de la libertad el que pisáis cuando leéis o escribís historias tan disparatadas».
Y la verdad es que la historia que cuenta este libro es una historia disparatada pero hermosa. Con todo el poder de la imaginación pero con ternura. Y además está escrita con agilidad, con la frescura de la frase breve y los diálogos permanentes. Frase breve, capítulos breves, ilustraciones magníficas, igualmente fantásticas e ingenuas.
Tan disparatadamente fantástica es la historia, que a su protagonista «porque nació de una calabaza, por eso le pusieron Tino Calabacín», lo que, con el correr del tiempo supuso que su pueblo, Merla, esencialmente agrícola, asistiese, incrédulo, a la siembra de las cosas más extrañas, con las respectivas e insólitas consecuencias: escaleras, pinzas, botones, lápices-¦
«A los trece años, Calabacín sintió curiosidad por el mundo». Y quería ver el mar, que no entendía por qué estaba tan lejos. «Pensaba que un bien como el mar, que todos los hombres podían disfrutar, debería estar en todos los sitios, como el cielo». Y claro que el mar estaba en el pozo de la noria. Y claro que, además, él era capaz de atrapar la luna. Y la atrapó, lo que llegó a asustar al pueblo, que hacía ya días que no la veían. Y claro que se produjeron destrozos misteriosos a causa de la higuera-¦
Ante tantas cosas y tan extrañas, la madre decidió ir con Tino Calabacín a Cádiz, a casa del tío Ramón, porque siempre que pasaba algo malo en Merla, le echaban a él la culpa. «Y cuando por fin vio el mar, sus ojos se le volvieron azules por un momento, hasta que se rehízo de aquella visión tan inmensa». Pero tenía nostalgia de Merla y su huerto. Y volvieron. Y con su vuelta «el campo no sólo recobró su verdor, sino que se volvió más fértil que nunca. A Calabacín todos lo admiraban y lo querían».
El final es curioso y sorprendente, siguiendo el tono de la obra. Merece la pena leerla, entre otras cosas por saber cómo acaba. En esta ocasión guardo el secreto.