Diario de León

Enigmas y misterios durante la caída del Imperio Romano

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La profecía de Jerusalén

Margarita Torres. Ed. Edhasa, Barcelona, 2010. 448 pp.

NICOLÁS MIÑAMBRES

No es la primera obra que Margarita Torres dedica, desde la perspectiva de la creación literaria, al pasado histórico. Lo hizo con brillantez evocando la vida de Enrique IV y lo hace ahora en un proyecto literario ambicioso, tanto por la trama de la obra como por los personajes que la protagonizan y los escenarios en los que la acción se desarrolla: desde Partia hasta Iria Flavia, uniendo así mitos y sucesos históricos relevantes. No falta la referencia al misterioso mundo de los Evangelios, a través de José de Arimatea y de Tamar, personaje este último esencial en el

desenlace de la obra. Las turbulencias históricas del declive del Imperio Romano y la fuerza de un cristianismo emergente (que esconde enigmas sin desvelar y que convive con los seguidores de Mitra) sirven de referencia espacial a personajes de variada condición humana. Desde ilustres políticos romanos como el emperador Valentiniano o su gran amigo Flavio Teodosio, «Conde de las Hispanias», hasta criaturas humildes, cuya vida y sentimientos son tratados con delicada sutileza.

A ningún lector de novela histórica le pasa desapercibida la relación entre la obra de Margarita Torres y Juliano El Apóstata , de Gore Vidal, cuyo

desenlace es, cronológicamente, el punto de partida de La profecía de Jerusalén. Desde el Extremo Oriente hasta el «Finis Terrae» (bella síntesis de los Caminos de las Estrellas, el cristiano y el pagano) el espacio se convierte en marco, psicológico muchas veces, de todo tipo de actitudes humanas. Desde las ambiciones imperiales hasta el ambiente familiar de Flavio Teodosio en su finca de La Olmeda. Él es uno de los adalides testimoniales del pueblo romano. Uno de los más comprometidos con los objetivos del imperio, pero sobre todo con los avatares surgidos en el plano esotérico de la novela. Estamos ante las implicaciones sociales, políticas y religiosas que comporta la «profecía de Jerusalén». Sus claves plantean una misteriosa relación con José de Arimatea y, especialmente, con el personaje de «Tamar la Sara, la princesa más ilustre de la estirpe de David».

Flavio Teodosio, Máximo, Dídimo y Prisciliano acabarán subordinando sus actividades militares y religiosas a la búsqueda de las claves de ese tesoro procedente del templo de Salomón. Es innecesario advertir que se trata de un objetivo que hallará preciso cumplimiento en el desenlace, pero el lector debe recorrer con atención y sosiego estas páginas para disfrutar de su atractivo. En ellas alcanzan una excelsa condición determinados paisajes leoneses (como Legione, Asturica o el Teleno) y galaicos, como Iria Flavia, fuente de una reinterpretación novedosa y muy atractiva del Camino Jacobeo.

Cumplidos los objetivos míticos, a Flavio Teodosio sólo le queda testimoniar su egregia condición a través de las palabras con las que entrega el relevo militar, y sobre todo humano, a «Teodosio el joven», su hijo: «Aprende a perdonarte siempre y ocurra lo que ocurra en el futuro, no tengas miedo». Culmina así una obra densa, ambiciosa, estructurada en múltiples estratos y parcelas humanos. Es en ello donde el lector descubrirá la paradoja de un mundo social decrépito e inane, vivificado por un ambiente religioso que renace con fuerza espiritual inesperada.

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