Castorina
ANA CRISTINA PASTRANA
T ú te fuiste con la luz y yo quedé contra la puerta abierta de la vida» (Castorina).
Sólo cuando se ha visto la muerte de cerca, se valora y comprende la vida. Castorina, a raíz de esta experiencia, asumió la vida como un espacio de lucha y disfrute intenso, donde la experimentación le ha llevado a extraer la esencia de todo aquello que le acontece como algo extraordinario y maravilloso, que contribuye a su crecimiento personal y al desarrollo de su actividad artística que constituye una prolongación de su persona, porque lo que cada hombre piensa de sí mismo, como diría Thoreau, es lo que determina su destino. Esa gran sensibilidad para inspeccionar en nuestro interior y su capacidad de plasmar, con sencillez, concreción y naturalidad, lo más íntimo de la pasión humana, es lo que nos conmueve. Es el mundo del sentimiento el que nos congratula y nos identifica con la geografía de rostros y cuerpos, porque las emociones constituyen nuestra esencia. La libertad de expresión es un derecho y también constituye un deber en cuanto implica la responsabilidad de escuchar y sentir el canto ajeno, por esta razón muchos hombres le tienen tanto miedo.
Los ríos hondos corren en silencio, los arroyos son ruidosos, reza el proverbio hindú. Y en silencio, sin la necesidad del reconocimiento y del aplauso ajeno, Castorina ha desarrollado una obra de valor extraordinario, que discurre por los días como una catarata de ternura arropando la cruda realidad. La necesidad de transmitirnos su energía vital, el afecto que derrama su alma en el continente de su cuerpo, la sabiduría tatuada en el lenguaje universal de los gestos es lo que caracteriza a esta artista como una mujer enamorada de la vida.
«Pide que nos echemos tú y yo sobre la manta, tú y yo sobre la luna, tú y yo sobre la vida, pide que tú y yo ardamos fundiendo en la garganta, con todo el firmamento, la tierra estremecida. El hijo está en la sombra que acumula luceros, amor, tuétano, luna, claras oscuridades, brota de sus perezas y sus agujeros y de sus solitarias y apagadas ciudades.»
Puente entre lo visible
y lo invisible
El carácter reivindicativo de la libertad y los derechos del hombre, el sufrimiento de la mujer, consecuencia de las guerras o el maltrato, el sentimiento religioso, así como la exteriorización de sus afectos particulares, evidencian la terapia del amor como puente entre lo visible y lo invisible en la obra de esta artista maragata, asumiendo que la afectividad, representada en los abrazos, es lo que nos hace sentirnos verdaderamente humanos, muy lejos de la inteligencia a la que siempre se magnifica como elemento esencial de nuestra condición y que en la mayoría de los casos está al servicio del enriquecimiento personal o de la manipulación y en pocas ocasiones constituye un apoyo para los más desfavorecidos. «No basta con alcanzar la sabiduría, se necesita saber utilizarla» (Cicerón).
El arte, decía Ortega y Gasset, es el reflejo de la vida, es la naturaleza vista a través de un temperamento, es la representación de lo humano. La pintura de Castorina, donde el color y la línea son los protagonistas, goza de una gran fuerza en sus primeros planos, donde el estudiado equilibrio en la composición y la perfección en el acabado ponen de manifiesto un profundo conocimiento de la técnica y de las diferentes texturas. Plasticidad y expresividad se alían con una carga poética donde el calor humano aflora en esa necesidad de vivir en comunión con el otro. La ternura, el duelo, la reflexión y el análisis dan paso a una escultura espontánea, donde discurren los abrazos como bálsamo que cauteriza los mordiscos del tiempo, las pérdidas y los fracasos, abrazos que nacen de la necesidad de ser más para aprender a morir viviendo, porque desde que nacemos, comenzamos a morir. La vida nos enseña que toda ganancia va acompañada de una pérdida y que pasamos de la felicidad al sufrimiento en cuestión de segundos.
En sus trabajos pictóricos, tanto en tinta, pastel, óleo, ceras, grafito y otros, observamos una gran influencia de Picasso, en su etapa azul, en sus maternidades; en la composición nos recuerda a Gustav Klimt; en la representación del amor en pareja como una experiencia mágica que se escapa de la realidad al sueño, reconocemos a Oskar Koskoska y en cuanto a su sentido pictórico y dislocación de la realidad, una gran influencia de Chagall. Así mismo, hallamos rasgos de Matisse y en sus últimas obras de Theodore Géricault y Delacroix.
«Perdoné errores casi imperdonables, intenté sustituir a personas insustituibles y olvidar a personas inolvidables», decía Chaplin y es que la soledad a veces nos convierte en jueces del mundo, en particular cuando creemos que éste ha perdido su dignidad. Pero el mundo no es más que nuestro reflejo. Juzgarse superior constituye un acto de soberbia, pero juzgarse peor que los otros no es un acto de humildad, sino un acto de orgullo en cuanto evidencia una manera destructiva de ser diferente. Sólo aceptando nuestros deseos conseguiremos descubrir quiénes somos, porque la sabiduría, según Cohelo, consiste en conocer y transformar. Y Castorina ha sabido transformar el dolor en creatividad, la represión en búsqueda, el silencio en música, las contrariedades en retos, las dudas en misterios, el amor en lenguaje y el arte en vida.
Ya abracé para proteger, ya sonreí cuando no podía hacerlo.
Escultura rotunda
La escultura de la maragata es de bulto redondo, rotunda. Caracterizada por el esquematismo y la síntesis figurativa, constituye una vía de comunicación y expresividad, una radiografía de sus vivencias, de sus sentimientos y pasiones.
Dentro de su trabajo, señalamos el sistema aditivo, propio de los trabajos en bronce, pero la mayor parte de su obra se caracteriza por el sistema sustractivo, tanto en la madera como en la piedra. La escultora establece un diálogo con la materia antes de la creación y poco a poco, con el mínimo tratamiento, va desnudando las piedras hasta extraer su esencia. La gravina, el cincel, el puntero y las limas y los ácidos para los acabados, son instrumentos con los que consigue desvelar la belleza interna que esconde el mineral, al igual que Miguel Ángel. Pero es quizás su amor la herramienta más sutil con la que sus manos hilvanan ese deseo de vivir, de dar para crecer, la añoranza por retener en ese abrazo todas las emociones que jamás consiguieron ser palabras, porque los sentimientos forman parte de un mundo donde no existe el tiempo, el espacio ni las fronteras
En sus trabajos se observa una gran vinculación con la escultura primitiva azteca y olmeca, en cuanto a la simplificación y al esquematismo en la configuración. Se advierte, igualmente, la escuela mediterránea; entre otros, la influencia de Maillol en lo relativo a los desnudos femeninos, robustos, caracterizados por el equilibrio y la sencillez, en el gesto y el movimiento de los cuerpos y en los suaves contornos, también nos recuerda a Baltasar Lobo en el homenaje que hace a la mujer, en su sentimiento de amor universal, en la mirada introspectiva hacia el ser primario que todos hemos vivido y su actividad vital, en el silencio que deriva en un grito escultórico en el que ensalza la alegría de vivir. A Manolo Hugué en el dinamismo interno, en su trabajo de contemplación y observación, anteponiendo una producción limitada, estudiada y sentida a otra de carácter comercial. Nos recuerda a Josep Llimona en la combinación de la ternura y la fuerza, en la melancolía que destilan sus figuras; la melancolía, según María Zambrano, es una manera, por tanto, de tener; es la manera de tener no teniendo, de poseer las cosas por el palpitar del tiempo, por su envoltura temporal. Algo así como una posesión de su esencia, puesto que tenemos de ellas lo que nos falta, o sea lo que ellas son estrictamente. Pero es quizás Miguel Ángel el que está presente en el alma de sus trabajos, no sólo en los temas a tratar, sino también en el estudio de la anatomía humana y en la fuerza contenida de sus figuras. También hay que reseñar un enfoque expresionista de ciertas obras, tanto en la pintura como en la escultura, caracterizadas por la definición de línea y la ordenación compositiva, lo cual nos recuerda a los murales de Rivera.
Vive como si fueras a morir mañana y aprende como si fueras a vivir siempre, decía Gandi y Castorina es una mujer que ha encarnado este mensaje. Cuando soñamos solos, la vida no se queda más que en su sueño, pero cuando lo hacemos juntos, ese sueño puede convertirse en realidad y nadie mejor que Chopin, Haendel o Chaikovski, presentes en el alma y en la obra de la escultora para despertar nuestra sensibilidad, porque la música es la taquigrafía de la emoción y las emociones constituyen la sal de nuestra efímera existencia.