Una novela felizmente desconcertante
Una revolución pequeña
Juan Aparicio-”Belmonte. Ed. Lengua de Trapo ("Serie Business Class"), Madrid, 2009. 268 pp.
Felizmente desconcertante resulta en efecto esta novela de Juan Aparicio-”Belmonte, uno de los novelistas jóvenes de mayor proyección en la actualidad. Lo es porque su carrera literaria, cuatro novelas aparecidas hasta el momento, conjuga con llamativa armonía las formas tradicionales y las técnicas y perspectivas más modernas. Una revolución pequeña es buena muestra de ello. Los cuarenta capítulos que la integran son para el lector toda una caja de sorpresas estilísticas y argumentales. El primer aspecto, el formal, se nutre de variadas aportaciones relacionadas con el absurdo, o con la visión kafkiana. Ambas miradas son fruto de una particular interpretación del esperpento, deudora a su vez de una visión expresionista. En lo argumental se observa igualmente una curiosa distorsión temática, con cierto riesgo en la «felicidad» que anuncia el desenlace, momento en el que el lector será desconocedor del significado del título de la obra. La presencia obsesiva de Perversa (una corpulenta mujer, perseguidora implacable del abogado Esteban Gómez Rescello, a quien ha seducido de forma artera) sirve de grotesco pero plástico motor literario. Tanto ella, como sus padres (de actitudes y comportamiento esperpénticos y aficionados a la tarea descrita en el eufemismo «finiquitar») son el negativo de una profesión digna y seria como la abogacía, sometiendo de forma gratuita a Esteban Gómez Rescello a un intenso tormento. La irracional situación que tiene que soportar se agudiza por la reacción de su mujer, Sarita Lagos, otro fantoche femenino, en estado de buena esperanza, curiosamente, gracias a delicadas técnicas ginecológicas. La relación de tan curiosa fauna humana, se completa con don Fernando el psicólogo, inepto consejero y terapeuta de Esteban Gómez Rescello. Se trata por tanto de un juego humorístico donde los fantoches han sustituidos a los humanos, pasando a ser intérpretes de jocosas visiones profesionales.
Este desaforado juego de espejos deformantes, casi valleinclanescos, responde sin embargo a un minucioso mecanismo, cuyas piezas literarias encajan, de forma muy original y precisa, en el desenlace de la obra. Con todo, tal vez en este final se diluye un poco la originalidad en el aprovechamiento de lo grotesco. La seriedad humana que recupera Perversa y el feliz acontecimiento de «una revolución pequeña» dulcifican demasiado el ritmo y, sobre todo, la visión que al lector ha ido recibiendo. De todas formas, lo dicho no ensombrece en absoluto la calidad que Juan Aparicio Belmonte muestra en estas páginas.