Diario de León
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León

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MIGUEL BARRERO

L os amaneceres de Astorga son limpios como la mirada de un niño, intensos como sólo deben de serlo los minutos inmediatamente anteriores al último suspiro. Nada parece real aquí. Nada resulta creíble ni probable en este laberinto de calles angostas y glorias extintas, en este caserío arrojado en medio de una llanura sin dueño, dejado de Dios y los hombres. Los amaneceres de Astorga son, sobre todo, tranquilos. Reconforta observarlos detenidamente con un cigarrillo entre los labios y un café caliente a mano, descorrer las cortinas, permanecer quieto tras el cristal, dar un pequeño sorbo, echar una profunda calada y contemplar cómo el sol ilumina despacio (nadie parece tener prisa aquí, de qué serviría, qué podría reportarnos) las chimeneas y los tejados de la plaza. Vislumbrar cómo a lo lejos una cigüeña levanta el cuello para comprobar, con gestos dotados de una inquietante humanidad, que todo sigue igual que ayer, que todo permanecerá igual que mañana, que no hay nada capaz de trastocar este idílico romance entre la ciudad y su sopor milenario. Escuchar las primeras voces que suben de la calle, las palabras de cortesía que se dirigen los tenderos mientras levantan las persianas de sus negocios, el tañido solemne e incesante de las campanas de las iglesias. Asistir al regreso a una rutina convencional y despiadada, a la gozosa resignación ante el indolente paso de los días, ante la segura llegada del ocaso.

L os amaneceres de Astorga son impolutos, blancos, resplandecientes. Extrañas manifestaciones de la Belleza en el epicentro del campo de batalla. Jubilosas demostraciones de que no es preciso emprender un largo camino para encontrar un claro entre los escombros. Quizá aquellos insomnios de los primeros días no persiguiesen otro propósito que el de facilitarme su descubrimiento; quizás aquellas horas oscuras, acompañado tan sólo por el irritante y tranquilizador sonido del viejo reloj que la casera me ha prohibido descolgar de la pared del salón, no constituían sino una serie de peajes impuestos por quién sabe qué recóndita deidad con el único fin de poner a prueba mi paciencia antes de mostrarme la recompensa definitiva; quizás aquellas descuidadas relecturas acometidas en medio de las tinieblas domésticas -“sólo una pequeña lámpara a mi izquierda y la escasa luz que se colaba por entre las rendijas de la persiana- no habían cumplido el propósito que yo les había otorgado y tan sólo habían supuesto un simple método para entretener la espera, igual que hubiese podido jugar al ajedrez contra mí mismo, recordar uno por uno los títulos de mis libros (no muy eficaz éste, habría terminado pronto) o encender ese viejo televisor en blanco y negro que suele observarme apagado desde el otro extremo de la sala de estar. Los amaneceres de Astorga fueron el primer descubrimiento, el primer peldaño hacia mi último objetivo, la certeza, ya adivinada en otras ocasiones, de que ni la soledad está siempre maldita ni el frío es la antesala de la muerte.

L os atardeceres son lo contrario. Lánguidos. Adormecidos. Desganados. Obtusos. Cuando el sol inicia su caída hacia el oeste, las calles se desmayan lentamente (no hay prisa, para qué), la silueta del Teleno se maquilla de violeta y la carretera de Las Médulas queda huérfana de motores y de luces. La catedral cierra sus puertas y el palacio resopla la polvareda de los caminos que lo atrapan. Apenas se escucha entonces algún ruido aislado, el eco de unos pasos que se apresuran, otra vez las campanas -“pero ahora desfallecidas, cantando en un susurro-, el grito de alguna madre que reclama la presencia de su hijo en la mesa familiar. En Astorga, al atardecer, no queda nadie. Sólo yo, cuando los relojes ponen la definitiva rúbrica al certificado de defunción del bullicio, me asomo a la ventana, fumo en silencio y observo la ciudad dormida, la belleza entonces intacta de sus arquitecturas irregulares e improvisadas, la amenazadora efigie del león que me vigila desde su fuente de mil chorros. Apago la luz. Preparo la cama.

(De Los últimos días de Michi Panero,

Miguel Barrero.

DVD Ediciones, Barcelona, 2008. 206 pp.)

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