Estratos literarios de la amistad
Con amigos como tú
Javier Menéndez Llamazares. Ilustraciones: Marce Rodríguez Yebra, Antonio Odón Alonso, Dante Bertini, Alejandro López, Antonio Toribios, Álvaro Valderas, Carlos Díaz, Iván Menéndez Iglesias, Tino R. Melcón, Juan José Cacho y Ángel Córdoba. Ed. Los libros de Camparredonda, León, 2010. 184 pp.
Con la habitual pulcritud que caracteriza a las ediciones de Gregorio Fernández Castañón, se presenta esta serie de relatos de Javier Menéndez Llamazares, complementados con muestras gráficas de ilustradores leoneses. La obra se abre con un «Prólogo», en el que el editor rinde el merecido y justo homenaje a la vieja Librería Padre Isla, donde Jaime Torcida ejerció de sumo sacerdote y, sobre todo, de eximio y generoso benefactor de la cultura leonesa. Javier Menéndez Llamazares fue asiduo de aquel recinto y quién sabe si El estrangulador beodo no bebió del bendito espíritu de aquel espacio. Sea como fuere, Javier Menéndez Llamazares iniciaba así una carrera literaria variada y fructífera. Después de su ambiciosa novela El método Coué , publica ahora esta serie de relatos sobre la amistad, agavillados con un curioso título.
Este humano sentimiento es el sustrato sobre el que se articulan los diez relatos que integran la obra. En el fondo, se trata de una diacronía de los afectos, que arranca de la infancia situada en el barrio de La Palomera y llega hasta los tiempos en que el autor trabajaba en la Biblioteca Pública de La Bañeza. «Pasaporte a La Palomera», el primero de los relatos es el recuerdo de la pasión infantil por el exotismo, a cuya búsqueda se entregan aquellos niños de 1984, para quienes «la escuela (-¦) era un lugar propicio para las ensoñaciones». En un contexto humano semejante se localiza «Amigos a la fuerza», canto apasionado a los sentimientos cuya expresión en la infancia resulta a veces dramática. Aparte de tres o cuatro narraciones alusivas a experiencias personales (alguna de ellas con Antonio Gamoneda de protagonista) la literatura aflora en la mayoría de los relatos. La amistad puede ser la clave para que alguien pase de ser un oscuro y acomplejado escritor de provincias a convertirse en un renombrado teórico de la Literatura, como le ocurre a Francisco Llanillo, en «Transferencia». No falta el milagro de la espontaneidad creadora, (y, en consecuencia, la ironía crítica de la ortografía y gramática correctas) transformada en el goce de pingües beneficios. Es lo que le ocurre al gitano José Alfonso Jiménez, el «Alfonso Reyes», protagonista de «Nombre de emperador». Aunque «mantenía una guerra a muerte con la ortografía y la gramática», es «el único escritor leonés que conozco de su [mi] generación que realmente le saca pasta a esto de la literatura». Muy curioso y extremadamente divertido resulta la fuente de la inspiración, que tiene su clave en la condición canina en «Comino», una excelente muestra de gradación narrativa. No falta la caricatura del crítico, ese espécimen a quien el autor vapulea de forma inmisericorde en el relato del mismo título.
La obra se cierra con un apasionado final «Con cara de pocos amigos (epílogo con una fotografía de Juan José Cacho)». En él Javier Menéndez Llamazares exalta el sentimiento que impregna el libro, esa amistad que comparte incluso con el último lector y, quién sabe, tal vez, hasta con quien esto escribe. El epílogo acaba transformado en un simbólico vademecum onomástico, que se cierra con el nombre de Justo Lombraña, su amigo y maestro, además de corrector de las galeradas. Sin olvidar al lector, destinatario final: «porque este libro es para ti». Una bella forma de humanizar y estructurar armónicamente esta serie de espléndidos relatos.