La Puerta de la Magia de Antonio Pereira
Desde las plazas, pasillos, aceras, azoteas y esquinas
oía las susurrantes voces
que hablaban de «la puerta de la magia»...
... traspasado el dintel,
ya no había posibilidad de escapatoria alguna
hacia el mundo real ...
El trabajo unas veces, los compromisos a los que no sabía negarme otras, me habían impedido acercarme, tan siquiera de lejos, hasta «la puerta» tras el muro de la gran ciudad.
Pero aquel día, bien por el exceso de calor, bien por el agobio que me producía el ruido acondicionado del aparato electromagnético que tenia frente a la sudorosa frente, o por no tener que discutir sobre lo evidente con todos, como todos los días; lo cierto es que aflojé el nudo de la corbata, me quité la chaqueta que ese día, tantas insatisfacciones me había puesto encima y caminé, decidido a informar sobre la misteriosa puerta, pero sin tinta para mi pluma.
Pronto los comerciantes me animaron a que comprase un bolígrafo de lujo. Pero yo no quería un bolígrafo.
-”« Tintero para la estilográfica, mejor si era de azul-negra fija» .
Para la estilográfica tenía cartuchos, como si la pluma fuese una escopeta...
-”«... No, gracias, tinta para cargar la pluma como se hizo siempre, en un tin-te-ro...»
y con la satisfacción de tener ya mi tinta y papel para poder contarlo, salí de nuevo a su encuentro.
Pronto la divisé...
Entre las dunas suaves,
de aquel suave desierto con forma de mujer,
aparecía sola, indefensa e inmutable, anclada en la arena,
una puerta , «la puerta»
con pomo,
sin mirilla ni cerradura alguna.
Antes como si de una moderna instalación de arte de vanguardia en medio del desierto que rodeaba la urbe se tratase, no hubiera dudado lo más mínimo en rodearla y seguir adelante sobre la caliente arena que quemaba mis pies, pero ahora, ya sin corbata y sin volver la vista atrás, sin sal, la empujé suavemente y no sin cierto desasosiego con lo que allí me iba a encontrar, la atravesé.
Ante mis ojos surgió un inmenso espacio,
un gigantesco, luminoso y fresco decorado,
casi onírico,
lleno de todo
y con todos dentro.
Según avanzaba, descubría algo nuevo.
Voces de delirio operístico barroco
se estereoorganizaban dentro de mi mente
en palabras de fiesta para el espíritu.
Era una melodía casi mística que ahora permitía ver con singular simpleza el patetismo, casi cruel, de aquellos corredores de pasillos tras las bolsas, los índices, o los calcetines... a aquellos escalatorres pisándose unos a otros lanzándose tantas piedras entre sí, que sin darse cuenta, estaban desmoronando poco a poco el empedrado faro y su bella cúpula que pretendían escalar.
Comencé entonces a utilizar la sátira
para la poética de lo inútil y banal
con quienes no sabían escapar
a su propia humillación.
Iba encontrándome también con otras gentes cargadas de autenticidad, con arrugas y sin maquillajes, en las que como espejo, me reflejaba recuperando así, poco a poco, fragmentos de mí mismo que creía olvidados, perdidos, pulverizados por la rueda metálica.
Transité por los lugares de soledad y belleza,
por los espíritus de los espíritus libres
y reconocí a los verdaderos poetas y artistas,
a las bellas condesas, descalzas,
a las mujeres esencialmente auténticas ,
a los verdaderos hombres sin pieles ajenas,
a los hombres honestos... sin palabras trasgénicas
y a todos,
sin mayúsculas máscaras ni etiquetas,
en los muchos viajes en barcos hasta los países del frío,
en aviones, hasta los confines del mar con sus islas,
en coches, hasta las ciudades soñadas,
y en bicicleta, hasta los montes y
casas donde volvía a nacer de nuevo
entre otras gentes...
de nuevo.
Solo ese mirar adolescente
me permitía contemplar los montículos,
túmulos de arena,
que tantos mitos hacían,
al desmoronarse
para ser absorbidos por agua de mujer;
devolviendo humedad,
a mi reseca piel.
Me sentí mojado en la cercanía
de la distancia de un mundo, que ahora,
descubría íntegro en la cabeza de un alfiler
que entrelazaba, suaves sedas
hechas blusa, entre el pecho de una madura joven,
dama azul...,
mientras escuchaba la voz del estrado
sabiéndose mirada, remirada, orgullosa
en la conferencia de la vida...,
«Niet,-Niet»,
intenso concierto de violín,
donde las cuerdas acarician su brillante y suave piel blanca.
También encontré otras pieles en los árboles y las viñas,
jugosos frutos, coloristas manjares
que se hacían miel o arroz o natillas en mi paladar,
hasta entonces seco
sin peras, peritas, limoneras,
en vino de Oporto, en almíbar...peras.
Conseguí por fin
ser espejo en mí mismo,
volvía a nacer de nuevo entre otras gentes...
de nuevo, sabiendo,
que ahora la suya,
era una de aquellas susurrantes voces
que cantaban que
la vida imitaba al arte
con la tinta de un tintero,
solo detrás de...
...«La Puerta de la Magia»
de un artesano carpintero que decía llamarse
Antonio Pereira