Diario de León
Publicado por
JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
León

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El reino blanco

Luis Alberto de Cuenca. Visor (Colección Palabra de Honor), Madrid, 2010. 166 pp.

En la sección «Tríptico de Foxá», Luis Alberto de Cuenca rememora la lectura juvenil de un libro de aquel poeta que hoy no goza de reconocimiento, pero sí del fervor de unos pocos (Gimferrer, Trapiello, Cuenca...). El tríptico le permite ofrecer su entendimiento de la poesía como algo ajeno a «el aburrimiento lírico circundante»; frente a la poesía oscura, abstracta, abstrusa, de pretendidas esencialidades, aboga por una poesía abierta y gozosa, vital y emocionante: «Porque la poesía no ha de ser un tedioso / festín esencialista e incomprensible para / los miembros de una secta, sino una fiesta alegre / y comunicativa donde quepamos todos / los hombres y mujeres del planeta». Es la línea clara por la que optó el poeta madrileño y que le convirtió en maestro de generaciones posteriores. Y, en efecto, cada libro suyo es un festín (una fiesta) lleno de inteligencia e imaginación. El suyo es un ámbito poético singular en el que se confabulan realidad y fantasía, mundo vivido y mundo imaginario, con ingredientes del gozo de las lecturas que fueron poblando la imaginación con otros mundos posibles, un ámbito hecho de lo material y lo soñado, con la capacidad que lo segundo tiene para alterar los parámetros lógicos, como comprobará el lector de «Sueños», la primera sección de El reino blanco , en la que se mixturan tiempos y espacios de imposible convivencia en la realidad no soñada.

Este libro último de Cuenca, El reino blanco (el que le precede, La vida en llamas , es de 2006), se dispone en diez secciones, cada uno con su tono peculiar. Si los «Sueños» figuran mundos imposibles, «Hojas de otoño» propenden a la reflexión lírica sobria, porque sobrias son realidades inquietantes como la existencia y la muerte. La gracia en el decir y en el contar tiene su sitio en el canto al deseo y la atracción que ejercen las formas femeninas, con muchos otros factores acompañantes (voyeurismo, fetichismo, etc.). Y la gracia y la positiva versatilidad del poeta, capaz de manejar con soltura cualquier modalidad lírica, se muestra en la sección de haikus y seguidillas: algunos de aquellos son de los mejores que yo he leído en este tiempo que ha propiciado una moda acogida a cierto facilismo en el que cayó un poeta como Benedetti. He aquí uno de ellos: «Tú eres mi faro. / Y tú tienes la culpa / de mis naufragios». Siguen secciones como «Caprichos», con la complacencia en las formas del cuerpo de la mujer y con la admiración y el deseo a flor de piel, pero sin melancolías o añoranzas presentes en otros poetas, sino con tonalidad alegre y suelta.

Cuando acabo de leer El reino blanco tengo la impresión de haber asistido a una representación en la que un personaje en soledad creativa, entre libros, recuerdos y sueños (vida, imaginación y poesía) escribe poemas para que como se dice en «Elogio de la poesía», nos hagan «mejores, más libres y más sabios».

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