Camino de Santiago y tumba del Apóstol: ¿argucia histórica?
RICARDO MAGAZ
L os cepedanos siempre hemos visto la Ruta Jacobea como algo natural y verdaderamente próximo. Tan próximo que en tiempos pasó por delante de nuestra puerta, en lo que se conocía como itinerario de Cerezal de Tremor, transitado sin demasiada orografía adversa a lo largo de los siglos por miles de peregrinos a Santiago, como dejó escrito en 1495 el monje alemán Hermann Künig Von Vach.
Y quizá de ese goteo incesante de foráneos venga la propensión comarcana a emboscarse en el huerto fértil y a la sempiterna suspicacia que nos caracteriza, y que tanto ayuda cuando andas peleando la soldada por la diáspora y tantos dolores de cabeza causa al regresar de nuevo a la cuna. Y no es ironía. Luego, las modas y acaso otros intereses trazaron la senda santiagueña por el terruño de nuestros vecinos los maragatos que, dedicados a la arriería, siempre de viaje y con escaso dinamismo agrícola, sólo tenían que salvaguardar la honra familiar poniendo la esposa a salvo de los extraños que marchaban necesitados en cuerpo y alma hacia finis terrae, el confín de la tierra.
Como es público y notorio, la denominación de Año Santo Xacobeo se da cuando el 25 de julio cae en domingo. Esto sucede con una cadencia regular de 6-5-6-11 años, de modo que cada siglo se celebran exactamente catorce Años Santos Jacobeos para que los católicos practicantes y otros creyentes a media jornada pueden ganar indulgencia plenaria y borrar del disco duro sus culpas, penas y miserias con la visita a la tumba de Santiago. Si las cuentas no fallan, la próxima amnistía general de las conciencias a la deriva toca en 2021. Queda exceptuado el pecado original de la manzana, que es hereditario por vía materna como la hemofilia.
Así las cosas, y habida cuenta de que los clérigos monoteístas aseguran que los hombres vienen al mundo con esa mancha indeleble, están, en consecuencia, sujetos al trabajo, a la enfermedad y a la muerte. Pueden, no obstante, redimir pena con acciones de peregrinaje en Año Santo Jubilar y obtener indulgencia plenaria, excepto, como queda dicho, con el indisoluble pecado original. Los criminalistas, y no es una boutade impertinente, tenemos en esta materia otra teoría más empírica, más tangible y quizá menos romántica. Lo sentimos. Realmente el hombre, cualquiera que sea su raza o credo, viene al mundo a la defensiva ofensiva. Ese es el quid de la cuestión. Y, en efecto, no se trata de un juego de palabras. Es condición innata al ser humano desde la misma noche de los tiempos. Las normas, ya sean indicativas, ya sean exhortativas o directamente coercitivas, socializan luego al sujeto.
C uenta mi incombustible amigo Enrique Notario , alma mater de la taberna medieval Gaia, en pleno Foncebadón, pero avecindado en Vega de Magaz, que la Ruta se encuentra plagada de puntos energéticos ancestrales. En su local tiene señalado uno con la oca templaria. Es evidente que el Camino ya existía antes de que en 813 el monje asceta Pelayo creyera ver una estrella posada en la fronda del bosque Libredón y descubriera, en un alarde de frenesí misántropo, el cadáver de Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo, decapitado en Jerusalén ocho siglos antes, hacia el año 44, por orden de Herodes Agripa.
Quizá para entender este «prodigioso» acontecimiento convendría valorar que el hallazgo del sepulcro coincide con la llegada al reino astur de los mozárabes huidos de las franjas dominadas por los musulmanes, buscando poder practicar su fe. Ahí nació verdaderamente la necesidad de un Santiago matamoros abanderado de los ejércitos cristianos de la Reconquista, cabalgando en el corcel blanco y degollando, acero en mano, a los sarracenos infieles en la quimérica batalla de Clavijo cuyo quimérico pendón se custodia, curiosamente, en una arqueta en el ayuntamiento de Astorga, que he podido ver personalmente hace tiempo. Unos sarracenos que devuelven ahora la pelota con la yihad islámica o guerra santa.
En contra de la versión oficial sobre la legitimidad del esqueleto del Patrón «y cierra España» hay otros planteamientos algo más alejados del mito y la tradición, que barajan la posibilidad de que el panteón pueda ser realmente la tumba del herético Prisciliano, natural de Iria Flavia (340-385). El cuerpo del obispo gnóstico fue llevado a hombros a lo largo de la Galia y la Hispania, recorriendo casualmente un trayecto que con el paso de las centurias se convertiría en la Ruta Jacobea, que ya era un tránsito druida anterior, aprovechado por los romanos para trazar sus calzadas. Los templarios y otras sociedades secretas que surgieron después, fueron perseverantes seguidores de este hereje gnóstico. Ya con la aparición del Protestantismo, las dudas acerca de si Santiago era el «titular» de los huesos que yacen en la cripta, arreciaron de nuevo. Lutero disuadía con encendidas soflamas a sus adeptos para que no viajaran hasta la tumba, aseverando que nada de lo que allí reposa está relacionado con el Apóstol.
N o debemos olvidar tampoco la consistente hipótesis sobre el hecho de que el Camino es una mera cristianización de las antiguas peregrinaciones de origen prerromano al altar del sol o Ara Solis , situado en Finisterre, a la sazón el lugar más remoto del mundo conocido, donde los viejos pobladores de la península adoraban al astro rey y al milagro de su muerte y resurrección diaria.
Pero, digámoslo meridianamente claro. A estas alturas de la película, qué más da quién duerma el sueño eterno en el lecho de piedra de la catedral de Santiago de Compostela. Digo bien, qué-más-da si, en efecto, el camino energético, reflexivo, de conocimiento y encuentro, y esto admite pocas dudas, ya existía antes de nuestra era. En realidad siempre ha estado ahí. Lo estuvo en la Galicia megalítica y céltica que conducía al fin del mundo del non plus ultra . Luego renovó bríos con la necesidad del mito/marketing de Santiago matamoros que, poco a poco, sirvió a través de inmensas movilizaciones humanas para articular de alguna manera la Europa medieval. Ahora es un magnífico y multitudinario destino popular que concita lo religioso, lo cultural, lo turístico, lo deportivo o lo económico en la más concurrida calle mayor de Europa o senda atávica al confín de la tierra.
No se equivocó la Unesco al declararlo en 1993 Patrimonio de la Humanidad. Aunque ya no pase por la Cepeda.