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León

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ALFONSO GARCÍA

La corrupción y el sentirse dueños de instituciones y destinos clientelistas está poniendo en grave peligro la democracia. Buena parte de la clase política -“no todos, claro, ni mucho menos- no sabe cuánto costó conquistarla, porque quienes tienen esta actitud antes que demócratas son referentes soberbios del poder y de «hacer caja» como consecuencia insólita. Es muy duro decirlo, pero ahí está la realidad, fresca y dolorosa.

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Los intereses políticos y los del pueblo de a pie no sólo no coinciden, sino que están separados por una brecha incalculable. Y ahora, insalvable. Los políticos están siempre detrás de una pandereta imaginaria. El pueblo, luchando por ajustar la realidad que ellos desajustan y alejan.

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Informar arrastrados por la pasión, no por la verdad, conduce a informaciones falsas e informadores de nula credibilidad, por mucho que pongan la luz de los focos sobre ellos.

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Quien usa con mayor propiedad la metáfora es el pueblo, la calle. Belleza y realismo. ¡Cuándo escucharán!

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España sigue siendo finca de unos pocos. Se nos permite cruzar la alambrada alguna vez para, doblada la espalda bajo el sol inclemente, seguir trabajando los surcos que les den muchos y buenos frutos.

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La Utopía permite caminar. ¡Cuántos se han instalado en el camino y lo han ocupado!

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¿No será cierto que en una sociedad capitalista también la verdad ha de ser considerada como cualquier otro producto?

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Nuestra cultura pública -“entiéndase casi como posicionamiento en el mundo- está dominada por una vulgaridad de hondo calado y empobrecedora.

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¿Será cierto que la libertad de expresión, mirada desde todos los ángulos y amenazas, empieza a ser invadida por una especie de niebla que la difumina?