Diario de León

Una delicada alegoría con elementos expresionistas

Publicado por
NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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El bailarín ruso de

Montecarlo

Abilio Estévez. Tusquets Editores (col. «Andanzas») Barcelona, 2010. 196 pp.

Conociendo la calidad de la obra del cubano Abilio Estévez, a ningún lector le sorprenderá esta última entrega, llamativa tanto por su brevedad como por sus resultados estéticos. Sin olvidar la sorpresa que supone el contraste entre la condición del protagonista, el cubano Constantino Augusto de Moreas (un erudito que, hasta el momento ha dedicado su vida al estudio de la obra del poeta José Martí) y Patti-Bazán, la dueña de la pensión. Una decisión inesperada le lleva a Constantino Augusto a eludir Zaragoza, la ciudad donde se celebra el congreso sobre Martí, para dirigirse a Barcelona, donde se sentirá el ser más feliz del mundo, porque no es nadie: «En efecto, nunca fui importante (...) Aquí, en cambio, sí que ´soy Nadie´, como Ulises cuando logró escapar del gigante con un solo ojo. Nadie» (p.34).

La teórica soledad de Constantino Augusto de Moreas hallará paulatinamente su feliz complemento humano. Alojado en la pensión «Quo vadis», en el barrio del Raval, el protagonista tendrá ocasión de dejar volar su imaginación hacia tiempos y personajes del pasado, sin que su presente acuse demasiado esa nostalgia. «Miope, cojo, feo sin exageración y colosalmente escéptico», Constantino disfruta apasionado de los encantos de Barcelona, al tiempo que va creciendo una misteriosa y extraña familiaridad con Montserrat, la dueña de la pensión, Patti-Bazán para Constantino, desde el momento en que la conoce. La coincidencia explica el misterio de la armonización sentimental que surge entre ambos, para quienes el amor ha sido siempre un sentimiento externo a ellos. Constantino conoce los poemas de amor del poeta José Martí y Patti-Bazán alquila sus habitaciones para que los jóvenes disfruten de los frutos físicos ardorosos de la edad. Esa es la clave de que, desde su condición de personajes poco agraciados (más bien, buen ejemplo de un claro expresionismo de la fealdad) ambos consigan unir dos soledades personales, trascendentalizadas por el sentimiento. Constantino descubre en Barcelona «la simultaneidad del tiempo» y comprueba algo esencial e inesperado: «El olor de las flores que siento ahora, en el cuarto de un perdido hostal del barrio del Raval, Barcelona, no es un olor que viene de La Habana. Es decir, no comienza en mis recuerdos» (p. 146). Constantino, además, se convierte en personaje literario: «Gracias al frío, a los árboles, a las hojas muertas y a tantas cosas, he logrado sentirme como un personaje de novela» (p.153).

La obra de Abilio Pérez, con un jugoso «epílogo» metaliterario, es una obra de amor, pero elaborada desde la perspectiva de una laboriosa alegoría: «Éramos personajes, los figurantes -”confiesa el narrador-” que acuden a los sueños de los otros. Tal vez dejábamos de ser lo que éramos para convertirnos, más que en ningún otro momento, en alucinaciones» (p.179). Este sentido de los acontecimientos obliga al lector a adentrarse en la obra con una mirada superior a los tópicos al uso. Sucumbir a ellos, sería profanar una delicada novela de amor, dicho sea en su sentido más intenso y polisémico.

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