Diario de León
Publicado por
JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
León

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Temporada de estatuas

Juan Manuel Roca. Ed. Visor (col. Palabra de Honor), 2010. 122 pp.

La relación entre las artes ha tenido distintas manifestaciones a lo largo de los siglos. Una de las más fecundas es la que han mantenido y mantienen la poesía y la pintura o la escultura, de rica tradición teórico-crítica desde el dicho de Simónides referente a que la pintura es poesía muda y la poesía, pintura que habla. Las formas de acercamiento entre una y otra arte han sido diversas. Acaso la más frecuentada es la de origen ecfrástico, es decir, la verbalización descriptiva de una obra pictórica. Hay poetas que han creado su museo particular, como ocurre con el colombiano Ramón Cote Baraibar, cuya Colección privada se compone exclusivamente de poemas sobre cuadros. Otro colombiano, Juan Manuel Roca se acerca en su último libro, Temporada de estatuas , al mundo de la escultura, pero no a esculturas concretas, sino a sus manifestaciones generales («Museo de cera», «El arte de mutilar estatuas», etc.), y no a lo largo de todo el libro, sino en algunos de sus poemas.

En todo hay una posibilidad artística. Una piedra puede despertar la idea de una figura escultórica. Sólo hace falta el artista que sepa despertar su entraña muda. Pero al colombiano no le interesa el arte en cuanto tal, sino en relación con el hombre. De ahí que poetice la acción destructora del tiempo y de las guerras. Las estatuas mutiladas representan la historia misma del hombre, la violencia y la muerte, al igual que el ensalzamiento estatuario de los héroes resume poder y ambición. «El arte de mutilar estatuas» es la imagen de la ruina de los poderosos; refiriéndose a las estatuas ecuestres esparcidas por el mundo, el poeta propone desmotar «tantos falsos jinetes» y «cambiar la pompa de los museos / por la humildad de los establos». Si los museos de estatuaria son representación de quienes detentaron el poder y la fuerza, pero también imagen muda de la muerte, la llamada a fundir las estatuas es la apuesta por la vida frente a la parálisis y el tiempo detenido.

Como ya quedó dicho, no todos los poemas versan sobre el mundo estatuario, pero caminan en la misma dirección, porque al poeta Roca no le interesa la poesía en cuanto tal, sino su razón de vida. Porque la suya es una palabra de compromiso, con el lenguaje y con la vida, con el hombre que tira de su vida como puede. Compromiso con el hombre también en cuanto tal, en cuanto ser para la muerte, con poemas en este sentido formidables, como «Los vestidos de la muerte» o «Monumento a los desaparecidos». Compromiso también con la pluma, con la escritura, aunque se decante por la poesía que no levanta el vuelo: «Es bueno visitar en el mercado la poesía en traje de fatiga»; se inclina hacia la poesía que siente más que hacia la técnica aprendida, por «las oscuras provincias del alma» más que por la que sigue huellas envanecidas, por la poesía que permite -“como dice en un poema- contradecir la realidad, salir de lo cotidiano para poder soñar. Lo cierto es que sus poemas son siempre novedosos y sus versos brotan a golpes de sorpresa y de gracia.

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