Diario de León

Con tanta gente-¦,¿qué habrá, qué habrá?

Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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A ún un niño que a mediados cumplía siete años, el mes de mayo de 1953 fue un mes importante, por no decir decisivo, en mi vida. Por muchas razones que no vienen ahora al caso, entre las cuales la cita nupcial de finales de aquel mes florido e inolvidable. Ya se sabe, efectivamente, que desde el presente siempre hay una chispa -”en forma de foto, de conversación, de música-¦-” que te conduce hasta el camino de la memoria para recorrerlo con intensidad y descubrir al final una llama parpadeante pero viva.

Exactamente, el día 30. El día 30 de mayo de 1953 se registra en mi cuaderno de bitácora personal. Asistí a la primera boda de mi vida. Un verdadero acontecimiento, que hoy -”curiosidades del tiempo y de la vida-” se convierte en testimonio. Sobre todo de familiaridad, de cercanía, posiblemente, entre otras muchas cosas, por la vinculación de los novios, hecho frecuente, a la misma comunidad. Se casaron aquel día, ya en la lejanía de casi sesenta años, Felisa González, la de la tía María, o el tío Tino, que para los efectos viene a ser la misma cosa, con Jesús Gutiérrez, el de la Morena. La ceremonia religiosa -”oficiada por don Ramón Morán, de notable aliento en Santa Lucía de Gordón-” tuvo lugar a las 11 de la mañana, habida cuenta, respecto a la hora, de la costumbre eclesiástica de que habían de pasar doce horas sin probar bocado antes de comulgar, circunstancia de obligado cumplimiento para los contrayentes. Como curiosidad para los anales de la íntima y pequeña historia, en la misma ceremonia unieron sus destinos otros dos jóvenes de la localidad -”Engracia González y Felipe Sánchez-”, que ampliaba, por una parte, el carácter festivo, pero reducía la presencia de invitados, advertidos con tiempo, verbalmente y casa por casa, de la invitación.

El día en que las parejas salían novios , todo el pueblo estaba invitado, para celebrarlo, a tomar mistela, anís, café y pastas. Esta «ceremonia», y por la razón antes apuntada, se restringía a los invitados el día de la boda: después de la ceremonia religiosa, reponían fuerzas. La fiesta había de ser larga y movida. Tanto, que en la boda que nos ocupa pronto comenzaría el baile vermouth en «El Casino», con apenas dos años de vida por aquel entonces. Espectador de segunda, más preocupado por recoger las varillas de los cohetes, explotar alguna de aquellas bombas envueltas en papel y sujetas con una cuerda de ínfima calidad o ver los efectos de las tiras de restralletes, estoy casi seguro de que alguna pareja se asentaría entre pieza y pieza. Seguro, desde luego, de que los vasos quedan rápidamente vacíos y de que el Chester ponía humo excepcional de fiesta a la jornada.

Regreso a casa para la comida, entre algarabías, canciones y risas por las calles. De fiesta y en no pocos casos, de estreno.

Aquella boda, cuyo banquete tuvo lugar en casa de la novia, había llevado sus cálculos previos, pues era necesario acomodar para la comida -”mejor, en plural-” a 95 comensales, incluyendo a la pareja del día, que hasta ahí había subido el número de invitados. Fue necesario, como en otras muchas circunstancias parecidas, desarmar las habitaciones para montar, con algunas mesas, con tableros y caballetes sobre todo, el espacio que permitiese sentarse a todos con cierta comodidad. Sólo con cierta, dado el espacio reducido de las estancias, ocupadas, por la deducción de encontrarnos los niños reunidos, según afinidades cronológicas más que otra cosa. La juventud siempre tuvo peso específico en ocasiones como ésta, por la algarabía y por la bulla, seguro.

Y a comer se ha dicho, bajo la sabia mano de una cocinera habitual en tales ocasiones y por estos pagos. La señora Conce fue siempre buena maestra en este y otros menesteres. Vajilla prestada también, desigual por tanto, por vecinos y parientes. Para evitar confusiones y ejercer una devolución correcta, se marcan en las posaderas de fuentes y platos las iniciales correspondientes con litol, una pintura negra habitual en las madreñas que no pocos forgaban para familiares y allegados. Quede escrito el menú. Para hacer boca, los clásicos entrantes, todos como estaba escrito en los libros familiares impresos en la costumbre: ensaladilla rusa, chorizo, jamón-¦ De plato fuerte, ternera. Media se había comprado. Media. Y de postre, fruta, tartas y brazo gitano (ocho en total de cada una de las dos últimas especialidades). Todo bien regado, por supuesto, con vino y, a los postres, con café, anís, coñac (una caja entera, con el compromiso en la tienda de recoger lo que sobrara). Quede igualmente para el testimonio la broma del inicio del ágape: servido a quienes se encargaban de abrir los vuelos de la satisfacción gastronómica, su primer plato consistió en algodón rebozado en huevo y harina. Buen aspecto de la fritura. Y risas de la concurrencia tras el chasco.

Pronto los efluvios, in crescendo , se colgaban del espíritu de las risas, las anécdotas, los chistes y las cantarías. Acompañamiento de cucharas y tenedores marcando ritmos sobre el cristal de la vajilla, con sonidos dispares por heterogénea, ritmo de tambor sobre la madera de las mesas, cubiertas de manteles bordadados con el primor de la paciencia y la sabiduría heredada. Canciones bordando el sabor de lo popular, espacios en movimiento sobre la madera, cimbreándose, del piso. Tanto, que el tío Tino, acompañado por sus dos hijos varones -”Gerardo y Marcelino-”, como responsable del acontecimiento y de aquella alegre algarabía desatada, hubo de bajar a la cuadra, debajo de la vivienda, para constatar la necesidad, o no, de apuntalar las vigas. Y unos ojos atónitos, los míos, asustados casi, que, con la recomendación de no manchar la vestimenta festiva, querían introducir por ellos todo lo que allí ocurría. Sería, a la larga, una experiencia imborrable. Como imborrable fue el baile que, mediada la tarde, acrecentó alegrías, canciones y pasodobles en «El Alcázar», aquel salón que, encima del bar del mismo nombre, regentó mi familia durante tantos años. Pero esa es otra historia.

Se iban encendiendo -”las iba encendiendo, mejor, el señor Lorenzo, que era menester a su cargo-” las escasas bombillas sobre los postes de luz, con la tristeza de lo que quiere iluminar y apenas puede. En ese momento tembloroso de la entrada de la noche regresan los invitados a la casa de fiesta nupcial, inundando con la luz de la alegría las calles. Para cenar, merluza, que había traído de Gijón, donde residía, un hermano de la novia, y después pollos tomateros, venidos con vida y todas las intenciones de la celebración, de Cuadros. Postre repetido, repetidas las bebidas y más subidos, mucho más subidos el tono y la voz, que los misterios de los brindis -”¡Vivan los novios, y los padres, y los padrinos, y los hermanos, y los invitados!, y todo lo que se mueva-¦-” nunca sabe uno hasta dónde pueden llegar. Algún castizo diría hoy que lo mismo pero con más revoluciones, aceleradas por el cultivo del espacio de donde, dicen, sale la danza.

Alguien me comentó que, dada la costumbre del lugar -”y de otros muchos-”, la juventud quería dar la tabarra a la pareja de recién casados la primera noche. Y esto -”no con precisión absoluta, que la memoria también es frágil-” cantaron los compañeros de juventud de aquel marido recién estrenado, diez años antes de la boda que ahora nos ocupa: «Despierta, Tinín, / que ya es la hora». Y Tinín respondió: «No puedo ahora, / que me estoy arreglando / con mi señora». Más suerte tuvieron Felisa y Jesús, pues la incógnita del lugar donde pasaron la primera noche, salvo la excepción de cómplices y protagonistas, creo que sigue siendo incógnita. Los mozos dieron la tabarra frente a las casas de los familiares donde sospechaban que podría estar la pareja recién casada. Ante la falta de respuesta -”ellos habían convenido llegar, separados, a una fuera de cualquier sospecha-”, la juventud decidió dispersarse. El cuerpo ya no podía estirarse más. Ni siquiera estaban para contar ovejas, que el techo -”se lo oí a algunos años después-” daba demasiadas vueltas.

Llegué a casa de la mano de mi madre. Muerto de sueño y de cansancio, pero con una luz nueva en esos paraísos secretos que los niños miman. En la cama llegaba con insistencia la canción más oída -”y grabada para siempre en la memoria-”: «En casa del tío Tino / con tanta gente / ¿qué habrá, qué habrá? / Es la boda de Felisa, leré, / que con Jesús, leré, / casada está».

Cuando, pasados los años, oí esta música con otra letra, pensé que estaban confundidos. Y volví a las imágenes y las canciones del Alto de la Calle en un ya lejano mayo de 1953. No pude por menos que sonreír.

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