Diario de León
Publicado por
JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
León

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Memoria de la sombra

Francisco Álvarez Velasco. Instituto Cultural «El Brocense» (col. AbeZetario), Cáceres, 2010. 132 pp.

En estas páginas de Filandón hemos dado cuenta de libros como Noche (2005) y Las aguas silenciosas (2007) de Francisco Álvarez Velasco, leonés que ha desarrollado en Gijón, donde vive, importantes labores literarias ligadas a la poesía. Memoria de la sombra es su último libro, y en él hay un tema lírico que lo preña en su totalidad: el tiempo. Muchos de los poemas se organizan contrastando el ayer y el hoy: un ayer que se remonta a la infancia rural del poeta en Cimanes del Tejar y un presente de recuerdos y sombras. Para darles el sabor lírico correspondiente, el poeta acude a una serie de símbolos que caracterizan uno y otro momento: la luz, el alba, el fuego son el ayer; la sombra, el silencio y la ceniza caracterizan el presente. El modo literario es la insinuación. El poeta no trata de decir, sino de sugerir. De ahí la impresión de levedad, de alas, de vuelo que nos da esta poesía que se expresa en formas breves y conmovidas: «Tú has movido las brasas y ahora pones / alguna astilla y soplas. / Mira ya cómo el vaho / sube triste / de su chaqueta». La tonalidad, dado el tema del tiempo y la edad, no puede ser sino sombría, pero de forma delicada: de nuevo ha de indicarse que el poeta no necesita decirlo: le basta con apuntarlo.

Dividido en varias partes, en una de ellas la sombra es la presencia relevante. La luz crece hacia la sombra; hacia la sombra se encaminan todas las señales que capta el poeta: «Junto los fuegos, / pero la sombra crece y la humareda / oculta la mirada». En la memoria incide otra de las partes del poemario, con los ojos como signo de esa memoria. No es una memoria complaciente porque constata el cambio, las arrugas, la soledad: «Ahora sólo un espejo. / Pasas la mano tibia / para limpiar el vaho, / y en él tus ojos, solos, / a los ojos te miran»; se trata de una soledad apenas menguada por las manos amadas, «ardientes alas» que acarician. Una parte muy atractiva es la titulada «Regresos». Regreso a un tiempo y un lugar: el pueblo de la niñez, con sus rebaños, las lavanderas, las presencias familiares, el pozo, la escuela... Todo, a medida que se recorre, suscita recuerdos de una infancia que ha acompañado al poeta a lo largo de la vida, como sutilmente sugiere un poema que evoca a «aquel niño lejano» con el que se va de la mano «a recorrer el mundo». Los regresos comienzan con un manriqueño ubi sunt? , motivado de nuevo por el contraste del ayer con el presente: «¿Y la mano del niño qué se hizo?». Un fondo de tristeza que no se dice brota de los poemas. El poema que comienza: «Llegaba de los lobos y la noche / con el haz de carrascos en el hombro» es para mí el mejor del libro por su poder evocador y el cruce de perspectivas temporales. Los regresos prosiguen en las partes siguientes: «Escucha cómo afila tu padre / la cuchilla de la garlopa»; «Oler la mano de tu madre / saliendo de la artesa». Hay que anotar el sesgo de canción de muchos poemas de estas partes últimas sobre todo: «Pastorcilla que alientas, / siento frío en las manos. / El viento de la tarde / aúlla en la majada». No es extraño, porque el poeta está impregnado de tradición, de lecturas que a veces se transparentan voluntariamente en su poesía.

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