Diario de León

PARA PERPETUAR LA MEMORIA

Los nogales y los conjos

Publicado por
ÁNGEL DE PAZ FERNÁNDEZ
León

Creado:

Actualizado:

En:

Cuando, en mi niñez, iba a la escuela en Noceda, vi muchas veces parejas de bueyes arrastrando enormes troncos de nogal desde Rozas y el Plantío. Eran años de escasez y, por un buen nogal, pagaban más de lo que se podía ganar a jornal durante mucho tiempo. Como consecuencia de aquellas talas, desaparecieron los hermosos árboles que, en su día, dieron origen al nombre del pueblo.

Tengo en mi memoria y en alguna vieja fotografía el inmenso nogal de José Álvarez, el Jorge, que, con la fronda, cubría su casa y la de su vecino Mariano. Cuando lo vendió, le pregunté los motivos. Me dijo que, para obtener el dinero que le habían dado por él, habría tenido que vender las nueces, por lo menos, treinta años. Además, tenía miedo de que alguno de sus cañones cayera sobre los tejados y los hundiera. Con él desapareció el último gran ejemplar que podía haber sido el emblema de Noceda. Además de tener buena madera, producía unas nueces excelentes, alargadas, de sabor dulce y cáscara blanda que, a menudo, se partían al caer.

C uando llegaba octubre, todos los niños, poco o mucho, íbamos a conjos . Así lo decíamos siempre. Las manos ennegrecidas por el tanino nos delataban; pero, en cuanto veíamos que las nueces regañaban (abrían la cáscara verde), no resistíamos la tentación. Unos conjos tiernos, con unos trocitos del pan casero que comíamos por entonces, eran un manjar exquisito que sólo se presentaba unos días al año, y no siempre. Había que aprovecharlo. En seguida venían las castañas y, con los magostos, ya nos saciábamos; pero lo de los conjos tenía el encanto de lo furtivo. No todos teníamos nogales y había que arriesgarse a que llegara el amo y nos corriera.

Los años en que venían heladas tardías, la mayor parte de los nogales quedaban chamuscados y encontrar nueces era una tarea de detectives. Si alguno las descubría lo guardaba como un secreto que sólo revelaba a los más amigos. Por cierto, en el habla de Noceda, utilizábamos el femenino para designar los árboles y decíamos la nogal del Jorge , la nogal de Cusitas , la cerezal de los campos, la castañal-¦

C omo éramos niños, no teníamos corpulencia ni fuerza para hacer lo mismo que los mayores: Abullicar los árboles. «Abullica, abullica , que ya caerán las nueces» era un dicho muy repetido. Así que acudíamos al método más antiguo y que mejor conocíamos: a pedrada limpia. La batalla era breve. Cuando caían unas cuantas nueces, suficientes para llenar el bolsillo, dejábamos el nogal tranquilo y nos marchábamos silenciosos.

Aquellos deseos de nueces me han acompañado de por vida hasta que, ya en mi madurez, a casi mil kilómetros de Noceda, decidí satisfacer aquella especie de antojo plantando nogales en un pueblo de Tarragona.

Ahora, cuando llega octubre, sigo ritualmente tiñéndome de negro las manos; y, cuando sacudo los árboles y recogemos los montoncitos de nueces, algo se remueve en mi interior que me hace recordar las travesuras, las personas y hasta los sabores de mi infancia en Noceda.

tracking