Semblanza de Helios Estévez
Como fruto del azar puede considerarse nuestro encuentro con Helios Estévez, un leonés que, como tantos otros, sufrió, aunque no de forma tan dramática, las secuelas vividas por los Españoles del éxodo y el llanto. Es más bien un fruto indirec
Natural de Valtuille de Abajo, la guerra civil le obliga a Antonio Estévez a un doloroso camino que tiene como primera etapa las tierras asturianas para, desde Barcelona después, dirigirse a Francia y, finalmente, recalar en Méjico. Autor de tres novelas, El triunfo de la vida, Alicia y La admirable vida (con unos espacios bercianos idealizados como escenario), Antonio Estévez publicó también docenas de artículos cuyo rescate sería conveniente para completar su semblanza de escritor. Quien esto escribe debe reconocer su agradecimiento sincero para con el historiador berciano Vicente Fernández, cuya generosidad le hizo posible el milagro de ese descubrimiento.
Bendito fútbol
¡Cómo pensar (cuando uno redactaba la introducción a la obra de Antonio Estévez, Novelas cortas, publicada por este periódico en 2007) que podríamos encontrarnos casi de manera fortuita con Helios Estévez, su hijo. Pero, en efecto, los caminos del Señor son inescrutables. Desgraciadamente, de nada sirvieron los esfuerzos de su gran amigo el abogado leonés Horacio Potes, cuando el pasado año me escribió una amable carta poniéndome al día de la concesión a Helios Estévez en 2009 de la Encomienda de Isabel la Católica. De nuestra entrevista salió el compromiso de conocer a Helios Estévez en el pasado verano de 2010. La muerte de Horacio Potes truncó aquellos proyectos.
Pero el fútbol jugó a nuestro favor. Es sabido que el deporte del pelotón cuenta entre intelectuales y escritores con mayor número de aficionados de los que se suele pensar. Y esa circunstancia obró el milagro. Presentes en la Feria del Libro de Guadalajara, Juan Pedro Aparicio y Ernesto Escapa (amigos personales, pero enemigos irreconciliables en simpatías de equipos) buscaron lugar idóneo para asistir al enfrentamiento de los eternos rivales, Barça y Real Madrid, y lo hallaron en el Restaurante Riscal , propiedad del berciano Helios Estévez. Dicho establecimiento exige observaciones especiales. El Riscal (López Cotilla, 1751, Guadalajara) es mucho más que un restaurante de postín, como se decía en otro tiempo. Es una Casa de España, donde recalan multitud de compatriotas para aliviar (¿o alimentar, acaso?) su nostalgia, que Helios Estévez vive desde 1956, año en que llegó a Méjico, donde su padre moriría en 1960. Grandes personalidades de la economía, la política, la cultura española y mejicana disfrutan de aquel ambiente, de cuyos muros cuelgan diversos retratos de escritores españoles. Según la narración de Ernesto Escapa y Juan Pedro Aparicio, surgieron nombres de leoneses asistentes a la Feria, entre los que aparecieron los de Alfonso García, José Enrique Martínez y Nicolás Miñambres. Y, por supuesto se habló de la obra de Antonio Estévez, editada en la colección «Biblioteca leonesa de escritores».
Lo demás todo fue un camino de rosas. Helios Estévez y su esposa, la cacabelense Fernanda Mauriz llegaron presurosos al día siguiente a los recintos de la Feria del Libro para saludarnos cordialmente y ofrecernos su amistad y su casa. Alfonso García y quien esto escribe recibimos el cariño del matrimonio en una espléndida comida en el Riscal sin que, a los postres, faltara la presencia afable de los hijos. Ni que decir tiene que León y el espíritu del Bierzo flotaron sobre nuestras palabras y dentro de nuestro corazón. La experiencia se completaría al día siguiente con la incorporación de José Enrique Martínez y su esposa, Isabel Cantón.
Poeta de afectos y nostalgias
Brillante empresario, personaje relevante en la sociedad mejicana y hombre de honda preocupación por valores humanos, Helios Estévez ha heredado las aficiones literarias de su padre. Preocupado por los acontecimientos sociales y económicos, no olvida la creación literaria y, de forma especial, el cultivo de la poesía. Buena prueba de ello es la aparición de su Cantos a mi Madre y otros poemas (Editorial Conexión Gráfica, México, 2009. 96 pp.). De ella conviene advertir que se trata de una edición felizmente pirata : con motivo de una efeméride familiar, sus hijos se encargaron de espigar unas docenas de poemas y editar con ellos un espléndido tomo de poesía. Fue feliz la idea; a buen seguro, la discreción y la humildad de Helios Estévez hubieran sido un obstáculo insalvable para que sus poemas aparecieran en letra impresa. El prólogo de la obra anticipa con precisión el sustrato temático de los versos: «Los olores del campo, las canciones en la era, el calor de las vendimias, las estrellas iluminando el regreso de clase, la celosa luna, las luciérnagas bailando en las noches de verano, el miedo al amor, la esperanza rota. Todo está dentro de ti y todo tú estás en tus poesías».
Es evidente que estamos ante una poesía de los recuerdos, de la vida, del tiempo que se fue y que pervive en la memoria. En ella la infancia se convierte en el tamiz que idealiza todo lo vivido y el Bierzo en el paraíso que nunca volverá. Pero la infancia es también motivo de dolor: Cada día que pasa / qué lejos veo aquel niño / que un día salió de España. De este sustrato de nostalgia surge la necesidad de compartir el dolor: Arrímate a llorar conmigo, / compañero, / que vengo herido / cuarenta años en el destierro. / Qué será de mis amigos.
De entre las referencias del pasado, surge el deseo de volver (aunque sea sólo con el corazón o con los versos) a aquel pueblo, como se observa en el poema «Déjenme»: Déjenme volver a mi pueblo / donde se quedó la rosa / de aquel amor primero, / que fue quedando sin hojas / camino del destierro. La creación tiene tanta intensidad que parece recuperar la realidad: Que ya he llegado a mi casa, / que el olor del campo siento, / que ya veo el pelo blanco / de mi madre allá en el huerto. Junto a esta nostalgia de la infancia y sus paisajes está presente el amor: el amor dolorido, el temor a la pérdida, sobre todo en el cuerpo literario IV. No falta el sueño de la infancia eterna, presente en el poema «Niña».
La condición del poeta, de Helios Estévez a fin de cuentas, es la de «Hombre libre», aspiración que le lleva a manifestarse con valentía: «pero tú corre, vuela / que de acero es tu alma / y de paciencia serena». Los padres ocupan un lugar especial. El del padre (presente en VII, «A mi padre») es un afecto lejano en el tiempo, de afecto heroico : Yo sé que me diste un beso / antes de partir, / por los montes del hambre / entre fusil y fusil. Lo imponía la guerra, de ahí el sueño imposible: ¡Quién pudiera detener el tiempo / como si nada pasara! / Y sembrar juntos el huerto / sin las espinas del alma.
El cuerpo VIII del libro, Cantos a mi Madre , indica ya en sus versales del título, la importancia de lo versos. Es la madre que ha quedado sola en España, simbolizando de forma dramática lo más hondo del dolor, sentido por ambos, el poeta y la madre, en la lejanía. Es imposible recordar todo; de ahí esos versos mostrando la impotencia: S e quedaron tantas cosas / en el alma sin decirnos, / había tantas rosas / en el huerto junto a los lirios. Por ello también abundan los poemas alusivos a aquellos momentos: «Recuerdos», «Te imagino», «Se quedaron tantas cosas en el alma»...
Como epílogo lírico llega el paso del tiempo, en «Imágenes», y el sentimiento religioso como consuelo («Dónde está, Dios, la verdad»). Sólo queda una esperanza en el poema «La vida se me escapa, Dios» que es una bella plegaria, casi con ecos de Jorge Manrique: La vida se me escapa, Dios / y no me quiero ir, / déjame beber el agua / mañana del río Sil.
Antonio Estévez: una novela breve desconocida
Enriqueciendo las ediciones de Antonio Estévez, se ha recatado una obrita, aparecida en la colección «La Novela Ideal», serie perteneciente a las «Publicaciones de la Revista Blanca ». La generosidad de Helios Estévez nos ha permitido la lectura de la obra de su padre. Acorde con las ideas anarquistas y filantrópicas de «La novela ideal», Aurora nueva es una bella parábola del anarquismo, con la particularidad que su desarrollo tiene como escenario el ámbito rural, el berciano en este caso.
Con sustrato temático que don Miguel de Unamuno plantea en San Manuel, bueno, mártir (el retorno del personaje, emigrante en América que vuelve con ideas progresistas, desconocidas en su pueblo) Antonio Estévez presenta a Juan Antonio («el hijo del tío Raúl y de la tía Antonia») recién llegado de América, camino de Valtuille de Abajo. El encuentro con Aurora, una joven de belleza agreste y espontánea, marcará su destino. Tanto la familia de Juan Antonio, como los vecinos y las fuerzas vivas del pueblo, adoptarán una clara hostilidad contra el recién llegado. Lo hacen sobre todo cuando comprueban la peligrosa modernidad de su ideas.
Sólo Aurora entiende la forma de ver la vida y el mundo de Juan Antonio, aun cuando el padre de Aurora presume de ideas republicanas. Felizmente, amor omnia vincit y Aurora se entregará a la causa anarquista, adoptando ambos una decisión arriesgada: vivir lejos de la civilización de Valtuille de Abajo. Las palabras de Juan Antonio resultan estremecedoras:
«- Aurora, vámonos de aquí -le decía Juan-; huyamos de las garras de este pueblo bestializado, emponzoñado por los intereses mezquinos...».
La naturaleza será su refugio: «Alejémonos de este antro para hacer la vida libre, para reintegrarnos al seno de la Naturaleza, hundiendo nuestras frentes en el regazo vital de nuestra Madre Tierra...».
En el nuevo medio, su felicidad se verá colmada con el nacimiento de su hija, Fraternidad. Todo se ha cumplido. Hasta el pueblo tomará ejemplo de esta forma de vivir de Juan, convencido de que la verdadera aurora ha sido conocer a su esposa:
«-”¡Tú eres la Aurora Nueva, madre de la Fraternidad Humana!».
No hay duda de que la forma literaria puede resultar distante para nuestro gustos actuales, pero no hay duda tampoco de que la novela anticipa planteamientos humanos y estéticos de indiscutible modernidad.