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León

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La propia habitación

Ana Rodríguez de la Robla. Ed. Valnera, Santander, 2010. 152 pp.

J.e. MARTÍNEZ

Conozco en parte la poesía de Ana Rodríguez de la Robla, con títulos como Acción de gracias (2006) o La última palabra (2009). La propia habitación , el libro que ahora reseño, se compone de textos en prosa en los que se mixturan ensayo y poesía, reflexión e insinuación, intuición y pensamiento. Entre las cuatro paredes de la habitación de cada uno brotan ideas, sueños, instantáneas, recuerdos o fragmentos de vida, vertido todo ello en prosas que tienen forma de apuntes o, como la autora dice, de «emotivas píldoras de creatividad».

Recuerdo unas palabras de Rilke sobre una pequeña brecha por la que el artista sale del tiempo, un instante eterno que no es otro que el de la poesía. En los textos iniciales encuentra Ana Rodríguez de la Robla esas fisuras o grietas a través de las cuales se puede ver e interpretar el mundo, esos instantes esenciales en los que la imaginación configura un mundo aún no dicho. De la hendidura en la roca que muestra una espléndida fotografía «mana también la poesía, la llama que titila en la caverna». El texto ilustrado por dicha foto se titula «El origen del mundo», como el famoso cuadro de Courbet, que ilustra otro texto de la escritora. Hendidura perturbadora, por otra parte, custodiada por «el monte bruno» en los lienzos de Modigliani, donde «se aloja el resplandor de la caverna, el mito insatisfecho de la tierra». No hace falta ser muy imaginativo para sorprender la semejanza entre la hendidura pétrea y la carnal, la de la madre tierra y la de la madre del hombre, origen primordial en el que habita también la poesía, como la sorprendemos en ese instante o «espacio muerto» que hay entre el momento en que Judith entra en la tienda de Holofernes y el momento en el que sale con la cabeza del caudillo asirio entre las manos: es la grieta silenciada por la que la poeta intuye «una historia encubierta» que lleva a la conclusión de que «no hay victoria sin tormenta». Hermoso texto, por otra parte. No es extraño que en otras prosas se metaforice la poesía como «una mujer que aguarda a oscuras, entre sábanas, bajo un dosel, tras los opacos velos de la lengua», o como un «atisbar entre rendijas con los dientes apretados».

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No se debe inferir de lo expuesto que La propia habitación sea un libro de pensamientos poéticos. Es algo más. En una prosa de gran plasticidad, escribe también sobre ciudades (Venecia), escritores (Celan, Michaux, Lem), lecturas, cine y pintura... Una película, un espectáculo, un libro, una anécdota, un lienzo pictórico, etc. pueden ser el punto de partida para el «relato» entreverado de reflexiones, imbuido de sensibilidad o de intuiciones, a veces resumidas en frases raudas y precisas como balas; he aquí, como muestra y como cierre, un par de píldoras: «Amar es entregar una lápida sin nombre a la maleza»; «La cama inmaculada es una llave cuya cerradura se ha perdido».