Estambul. Mezquita de Santa Sofía, referencia deslumbrante de un mundo de sensaciones.

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ALFONSO GARCÍA
León

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Bizancio, Constantinopla, Estambul-¦, que el nombre histórico no resta belleza a la realidad. Definitivamente, Estambul es una de las ciudades más hermosas, mágicas y sorprendentes que uno jamás haya visto. O soñado. Y no sólo por las referencias que testifican realidades de los libros, que también, sino por la sutileza de sensaciones, por el colorido del aire que se respira anunciando que aquí todo puede ser posible. Que todo es posible.

Hablar de Estambul es, en alguna medida, poner en la picota el mundo de los sentimientos, los contrastes y las sensaciones. Definitivamente, por ejemplo, me subyugan las mezquitas y cuanto en ellas hay de belleza arquitectónica, de interioridad, de gestos y de símbolos. Un mundo lleno de sorpresas gratificantes. La Gran Mezquita, Santa Sofía, Santa Irene -“sobre todo ésta, que aún trepa hasta mí el recogimiento de la luz y la solemnidad de la música exultante-, y los cientos de convocatorias que diluyen su voz desde los minaretes llamando al encuentro.

Hay colas -”las colas son otra fórmula del sistema de vida-” para entrar a Santa Sofía. Rezo o curiosidad, posiblemente adivinados uno u otra en el rostro. Fieles y no tanto se descalzan en la entrada. ¿Será un signo de purificación desprenderse del calzado para entrar limpio, sin apego a la tierra y sus vanidades, en el recinto sagrado? Lo pienso mientras guardo los zapatos en una bolsa de plástico que me ofrecen. Nada es nuevo. Inevitablemente, el recuerdo es capaz de burlar el tiempo. Y el tiempo me lleva a aquella niñez en que, para entrar a la iglesia, dejábamos las madreñas en el atrio. El pálpito de la vida quizá haya enseñado siempre que el contacto con la calle, con el barro, tiene algo de pecaminoso. Lo pienso ahora, al contemplar, desde lejos, la cúpula incomparablemente hermosa de Santa Sofía. ¿Será verdad?

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