INVENCIÓN LITERARIA DEL PAISAJE LEONÉS (112)

«Yo soy de Fabero, ¿sabes?»

«Pero ¿será a otra fábrica como ésta, o a una cantera? Igual es una mina, que he oído que tamb

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ALMUDENA GRANDES
León

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Los vichystas estaban charlando en la cabeza de la fila, a la distancia de una docena de hombres. Cuando uno de ellos se inclinó para encender un cigarrillo con el mechero de otro, giré por fin la cabeza para distinguir, a la luz de los focos que iluminaban la fábrica como si fuera una cárcel, a un muchacho con la cara estampada con tantas pecas como granos.

-”Menos mal, ya creía que te habías dormido -“tenía un pelo extraño, a medio camino entre el naranja amarronado y el marrón anaranjado, y por el acento, al principio creí que era asturiano-. ¿Sabes dónde nos llevan?

-”No -“le contesté, y volví a mirar al frente, sin sospechar el monstruoso mecanismo que un solo monosílabo acababa de poner en marcha.

-”Pero ¿será a otra fábrica como esta, o a una cantera? Igual es una mina, que he oído que también puede ser, y a mí no me importaría, porque estoy acostumbrado, yo soy de Fabero, ¿sabes?, un pueblecito de León, cerca de la raya de Asturias, en el país del Bierzo-¦ -el guardián que estaba fumando empezó a andar en nuestra dirección con la metralleta entre las manos, pero el silencio no duró más del tiempo que necesitó para alejarse tres pasos-. Toda esa región es minera, bueno, ya te lo imaginarás, porque la empresa que explota las minas de mi pueblo es muy famosa, Antracitas de Fabero, se llama, en Madrid, en la Gran Vía, hay un cartel muy grande con su nombre, porque las oficinas están allí, claro, aunque-¦ -el guardián volvió a pasar a nuestro lado para regalar a mis oídos un descanso igual de breve-. Los que trabajan en esos despachos no han pisado mi pueblo en la vida, en Fabero ni los conocemos, pero muy bien que vivirán gracias al carbón, porque ya se han ocupado ellos de que allí no haya trabajo fuera de la mina, ni agricultura, ni ganadería, nada-¦ -el hombre de la metralleta dio por terminado su paseo y volví a girar la cabeza para mirar al charlatán-. Mis abuelos, y mi padre, y-¦

-”¿Te quieres callar de una vez, hostia? -“creí que mi voz, incluso en el volumen de un susurro, traduciría perfectamente hasta qué punto me estaba cabreando, pero él iba tan embalado que ni siquiera se dio cuenta.

-”Ya, si sólo quería decir que a mí no me importaría ir a trabajar a una mina, porque soy de una familia de mineros, mis abuelos, mi padre, mi hermano mayor, todos son mineros, ¿sabes?, y yo bajé muchas veces, cuando era niño, porque aunque estaba prohibido por el reglamento, pues-¦

-”¡Cállate ya! -“esta vez fue Comprendes quien se volvió, y hasta me apartó de un manotazo para verle bien-. A este paso, ni mina ni pollas, ¿comprendes? Antes de que lleguemos a donde sea, ya nos habrán matado a todos por tu culpa.

-”Bueno, tampoco es para ponerse así, yo sólo quería contar que-¦ -pero, afortunadamente, el motor de la camioneta que venía a recogernos le dejó con la palabra en la boca.

No era un vehículo militar, sino una camioneta corriente con la trasera vacía, descubierta, y sobre los laterales, unos carteles con el dibujo de un aserradero. Los guardianes nos hicieron subir por orden y después, cuando ya estábamos todos sentados en el suelo, cerraron la puerta y se limitaron a dar un golpe en la cabina para que el conductor se pusiera en marcha. En los tres años que llevaba viviendo en Francia, aquella era la primera vez que no estaba a tiro de ningún fusil, pero mi compañero no me dio siquiera opción a meditar a qué se debía esa sorprendente falta de vigilancia.

-”Aunque sabían que era un delito -“porque continuó su perorata en el mismo punto donde lo había dejado, con una facilidad asombrosa-, a los niños nos usaban para explorar las galerías recién abiertas, para que dijéramos si-¦

(De Inés y la alegría ,

Almudena Grandes.

Tusquets Editores,

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Barcelona, 2010)