Dicen que la memoria es el olvido

La conquista del olvido
Cristina Peñalosa Giménez. Ed. El Páramo, Córdoba, 2011. 240 pp.
X Premio de Novela Diputación de Córdoba
Ocurre en los libros como en la vida: cuando te encuentras con alguien que te recuerda la infancia (la propia, si bien quizá también la suya), dudas entre cerrarlo y dar carpetazo al asunto sin pronunciar palabra o zambullirte en sus páginas como si se tratase de un río de peligrosas corrientes y remolinos asesinos.
Todo placer conlleva un riesgo y el de la memoria no es baladí; aunque en este caso no estaba prevenido. Quien lo ponía en mis manos sólo sugería aciertos en la estructura, los personajes, la trama-¦ e incidía en lo recomendable de la novela de Cristina Peñalosa; autora que yo desconocía.
Empecé a leer La conquista del olvido con la tranquilidad de quien está acostumbrado a meterse en asuntos literarios ajenos y la certeza, a medida que pasaba los capítulos -“debidamente fechados para que los saltos en el tiempo no lleven a confusión-, de que estaba ante una buena novela que reunía todos los requisitos necesarios para llamar la atención de cualquier lector.
Una trama actual y bien hilvanada. Unos personajes creíbles, definidos, cercanos a los problemas de nuestro tiempo, desde la intimidad de las parejas hasta la repercusión social de dicha intimidad. La intriga que se deriva de la amnesia de la protagonista femenina, ocupada en conquistar el olvido, pero necesitada de reconquistar la realidad a través de la nueva perspectiva que le ofrece la ficción. Las ciudades en las que discurre la acción -“Florencia, Turín, Madrid, Sevilla- descritas como postales reflejadas en el río interminable de la vida. Y, al fin, el misterio que se dibuja en la búsqueda de la presunta identidad de la Sábana Santa, un secreto a voces que, en algún momento, me hizo pensar en esas novelas que buscan la actualidad en los rescoldos del pasado y tratan de imbricar historia y mito a través de la ficción.
La paz y el remanso que me ofrecía Leteo en las palabras de Peñalosa pronto se convirtieron, sin embargo, en aguas ruidosas que golpean gotas de ácido dulce contra las rocas de la incertidumbre. Detrás de las ciudades citadas, cosmopolitas como presagios de conocimiento y aventura, encuentros apasionados y pasiones truncadas, aparecía el pueblo de Valderrueca, espacio imaginario, mítico en su misma pronunciación, trasunto de tantos pueblos en los que la infancia campa por sus respetos. La conquista del olvido que Cristina Peñalosa dejaba a la deriva de la ficción, en la búsqueda de una nueva identidad, escupía la espuma de los recuerdos que resisten a ese olvido prematuro: la infancia en un pueblo similar, la escuela, el maestro, el cura, las imágenes, el aullido de los lobos, las heladas, las huellas negras de los mineros siguiendo el sendero inefable de la nieve.
Era difícil resistirse a la tentación del abismo. A pesar del peligro. Es lo que tiene la memoria, por más larga que sea la amnesia.