Invitación al encuentro del lugar perdido

Esperando a Susana
Venancio Iglesias. Ed. Akrón, Astorga (León), 2010. 362 pp.
Cuando uno termina la lectura del libro de V. Iglesias, se da cuenta de la injusticia que representa la reiteración de unos mismos nombres de narradores prescindiendo de los demás. Hay en Esperando a Susana cuentos de formidable inventiva, como el primero, que da título al conjunto, sabia unión de apego y fantasía, de razón y locura (de amor), de antiguos saberes y sueños de siempre, porque Susana es el mito del amor inalcanzable, de la espera de lo que pudo ser y no fue, del ardor de la fantasía; es, por otro lado, aquello que perdimos y cuya huella permanece en el alma. De ahí que, como dice el autor, sea la intención de sus cuentos «devolvernos por un momento el brillo del hogar que perdimos en nuestra infancia, porque la nostalgia de ese hogar es quizá, la que impulsa la creación».
Siguen al primer relato otros tres «Cuénticos espirituales». En ellos hay algo que se nos escapa, algo que no controlamos, movidos por el sueño o la locura, el deseo o la fantasía. Y así, el hermano Francisco, entre obsesiones y visiones, acabará ahorcándose en la celda que iba estrechando su vida; y Marta, que recién casada prometía un amor eterno, sentirá una remoción interior ante la presencia de un rifeño, Hamid, que le hizo brotar dos gruesas lágrimas; y la pequeña Nora, la hermosa niña mora, concita los deseos libidinosos de aquellos con quienes se cruza en su camino.
Otra parte del libro de Iglesias la cubren «Tres relatos de la flor del tilo», con la flor y el aroma del árbol como presagio funéreo. Son cuentos paralelos: los personajes son de parecida edad, sus vidas se han cruzado fugazmente alguna vez...; los tres viven una vida a la que le falta algo: el ideal que han soñado; creen alcanzarlo en la figura de una mujer joven, bella y enigmática, intuida como salvación vital, que, sin embargo, los lleva delicada y amorosamente hacia la muerte. La flor del tilo y su aroma se convierte, de este modo, en señal de lo fugaz, de lo que es y se va, y, en suma, de la proximidad de la muerte.
Se suceden después «Dos romances de ciego», trágicas pesadillas de amor y desamor, y «Catorce relatos del dolor ignorado», construidos sobre diversos asuntos. Cuentos como «Moquito», en boca de un mongoloide de miembro grande y alma maligna o «La garita del Costerón», monólogo de amor maternal y de muerte, pueden figurar dignamente en cualquier antología del cuento contemporáneo.
Cierran el libro «Tres relatos de la tángana educativa», entre los que destaca el más extenso del libro, «Mi querida sombra», en el que a un profesor ya viejo, tarambana y mujeriego, se le acumulan los recuerdos, las sombras, los fantasmas, fijados a una escarpia que parece guiar su vida hasta encontrar su «querida sombra», un antiguo amor soñado y deseado finalmente venido a sus manos.
Un estudio de estos relatos debería tener en cuenta varios aspectos: la presencia del tren (evocación, deseo de otra vida y otro mundo...), el erotismo fino o bruto, los elementos intertextuales que llenan los cuentos de alusiones poéticas, fruto de las copiosas lecturas del autor, la importancia del sueño y la pesadilla, el uso del monólogo, la utilización del lenguaje popular, rural, que origina cuentos regocijantes, el cruce de distintos ejes temporales, entre el presente y el recuerdo, etc. Todo ello es suficiente para considerar a Venancio Iglesias como un narrador de alto calibre que nos mueve, invitados por él mismo, al encuentro de esos mundos perdidos.