Mis lecturas
Antonio Machado, Francisco de Quevedo, Ernesto Sábato, Miguel Torga son autores de algunos de los li
Obligatoriamente he de comenzar con las primeras letras que llegaron a mis ojos y de algún modo provocaron el gusto por la lectura.
En el período infantil, como la mayor parte de mi generación, fui presa de los «tebeos» o «cómics». Devorábamos e intercambiábamos aquellos cuadernillos ilustrados con las historias fabulosas de El cachorro, Roberto Alcázar y Pedrín, FBI, Hazañas bélicas-¦ ; pero sobre todos El guerrero del antifaz . Recuerdo que por acompañarla al mercado, mi madre me compraba un tebeo del héroe cristiano que no se hartaba de matar moros o de ponerlos en vergonzosa huida. Lo cual me causaba una cierta confusión, pues aquella maldad de la morisma ficcional no cuadraba con la bondad de otros moros verdaderos elegantemente ataviados a la grupa de caballos que escoltaban a Su Excelencia en sus salidas de El Pardo.
A los tebeos sucedió una literatura similar cuyas imágenes había que fabricar en la mente. Se trataba de novelas del oeste de M. L. Estefanía. Con un leguaje menos estereotipado proliferaba la serie de El Coyote , de Mallorquí, que también consumí abundantemente. Pero el libro que entonces me produjo gran placer fue el Robinsón Crusoe , de Defoe, en gran formato y espléndidas ilustraciones.
En el período juvenil, cuatro lecturas se impusieron muy por encima de las otras. Con catorce años tuve que ponerme a trabajar. Al regreso del trabajo consumía lo que había en casa, pues mi padre era también hombre de letras. Hasta que un día llegaron a casa las obras completas de Pío Baroja. Ansiaba las siete de la tarde para salir zumbando hasta la mesa camilla y entusiasmarme con las historias del conspirador Aviraneta, el aventurero Zalacaín o los sórdidos personajes de los suburbios madrileños de La busca, Mala hierba o Aurora roja . Otra lectura tuvo como marco Salamanca. Mi padre había heredado del suyo una monumental historia de España, editada en tiempos de Amadeo de Saboya. Eran tomazos cuyo peso exigía mucho músculo y entusiasmo para portearlos hasta el otro extremo de la ciudad donde vivía mi abuela materna. De uno en uno los fui trasportando y leyendo. Mi pobre abuela no paraba de advertirme: «Hijo mío, se te van a hacer los sesos agua». Por aquel tiempo, recuerdo haber comprado en incómodos plazos las obras completas de Giovanni Papini, que creo influyeron en mi ánimo, especialmente el Juicio universal . Por último caí preso de la literatura revolucionaria de corte marxista, por entonces prohibida. Ya tenía digeridos el Manifiesto comunista de Marx y el Anti-Düring de Engels, cuando caí preso de verdad, con la frialdad y rotundidad de los barrotes, por mis actividades clandestinas contra el régimen franquista. En los varios meses de pérdida de libertad dispuse de todo el tiempo del mundo para leer lo que la estricta censura carcelaria permitía. En especial me aficioné a la filosofía y a la poesía de Antonio Machado, aunque el poema que por entonces más me conmovió fue la Elegía a Ramón Sijé , de Miguel Hernández .
De Quevedo a la literatura portuguesa
Liberado de la prisión y de vendedor de electrodomésticos, me matriculé en letras en la Universidad de Salamanca. En una primera etapa, me empapé de los clásicos: Cervantes, Lope, Tirso-¦ pero, sobre todos, Quevedo, responsable máximo de mi vena satírica. No obstante, la lectura que me atrajo especialmente por entonces fue la literatura picaresca. Además de los títulos más representativos, leí bastantes estudios sobre este género y comencé a hacer sobre ellos mis primeros trabajos de ensayo. Por aquella época, no puedo eludir haberme envuelto en una actividad delictiva. Agotada la edición de Juan de Mena, poeta del prerrenacimiento español , de Mª Rosa Lida, resolví hacer, con la colaboración de una imprenta de Salamanca, una edición pirata sin ánimo de lucro de 250 ejemplares. Además de lecturas de las que por aquellas fechas guardo grato recuerdo, como La regenta , Tiempo de silencio , La colmena o los cuentos y novelas de Ignacio Aldecoa, una novela que me marcó poderosamente y suscitó el interés por lo escrito sobre la Guerra Civil, fue La forja de un rebelde, de Arturo Barea. Obligado, por otra parte, a leer literatura francesa, la obra que me causó mayor conmoción fue La peste , de Albert Camus. Pero, dentro del capítulo de obras de obligada lectura, de gran impacto me fueron las obras de Rulfo, Sábato, Vargas Llosa, Carpentier, Borges, Miguel Ángel Asturias y García Márquez, muy especialmente en el estilo novedoso de contar.
En los dos cursos finales de especialización en Filología Románica, teniendo que elegir entre portugués o italiano, me pudo más la orientación lusa. Mi primera gran sorpresa fue la lectura de Os Lusíadas , de Luís de Camµes. Quería saber cómo texto tan sublime había sido trasladado al idioma castellano. Me enteré de una traducción en la entonces socorrida Colección Austral. A la respuesta ignorante del dueño de una pequeña librería de León, advertí que en uno de los anaqueles estaba a la vista con su lomo gris la obra pretendida, ¿Quién es «éste»?, preguntó el librero despectivamente. Es un sobrino del guardagujas de la estación de Astorga, respondí. ¡Ah, ya, por eso no me sonaba! Otras muchas obras de autores portugueses, como el extraordinario cronista medieval Fern£o Lopes, Gil Vicente, Eça de Queiroz, Fernando Pessoa...; y, muy especialmente, Miguel Torga -”cuyos Contos da Montanha y Bichos me parecen de lo mejor que se ha escrito en la península ibérica sobre este género-”, han ocupado gran parte de mi tiempo.
Pero el escritor, tanto en la forma como en el fondo, que no sólo me ha dejado una profunda huella, sino que fue decisivo en el rumbo de mi vida profesional, ha sido Vergílio Ferreira. Debería hacer yo un trabajo en la asignatura de Literatura Portuguesa, cuando de visita a una librería de lance en Salamanca topé por casualidad con Alegría breve , sin duda allí a mi espera. Fue una revelación. A partir de ahí, conocí personalmente al escritor, con el que he tenido una numerosa comunicación epistolar hasta su muerte. Me doctoré precisamente con una tesis sobre gran parte de su obra bajo el título El espacio simbólico y metafísico en la obra de Vergílio Ferreira . Lo que más me impresionó de este extraordinario autor es que todo lo que yo había leído hasta entonces hablaba de los «otros». En Virgilio Ferreira, en cambio, con un estilo extraordinariamente sugerente, es uno mismo como persona el problema, esto es, tomar conciencia clara de la propia existencia, adecuar la vida a su absoluta negación que es la muerte.
He tenido otras muchas lecturas cuya influencia ha sido nula o menor de las que he resaltado. Se observará que la elección ha sido un tanto dispar, producto de los avatares de mi vida. No sé si esto ha sido mejor o peor que una selección dirigida. Miro a veces con angustia en mi propia biblioteca el lomo de muchos libros aún no leídos y que seguramente no me alcanzará el tiempo para deshojarlos. Confirmo desde mi humildad aquello que dijo el casi centenario Ramón Menéndez Pidal: «¡Que uno se tenga que morir habiendo tantos libros por leer!».