Todo ser se incrementa con el llanto
Llorar lo alegre
Rafael Saravia. Bartleby Editores, León, 2011. 64 pp.
En las recensiones de los libros anteriores de Rafael Saravia, Desprovisto de esencias (2008) y Pequeñas conversaciones (2007), destacaba yo su singularidad, por cuanto se apartan del decir ordinario, del decir poético esperable, creando un ámbito verbal peculiar, particular, distinto de cualquier otro. Responden a la ambición del poeta por marcar su territorio diferenciado. Los mismos títulos van por ese camino, sobre todo el que ahora reseño, Llorar lo alegre , oxímoron que responde a la ordenación del libro en tres partes, las dos primeras alusivas al llanto y la última a la alegría. «El libro lleva lágrimas que me corresponden», dirá el poeta, que atribuye lo alegre a amistades y familiares, si bien leído el libro, lo alegre pende y depende de un tú despierto al amor. La «extrañeza» que produce esta poesía reside en la expresión, en el fraseo, que tiende a la frase sustantiva, esencial. Un poema puede comenzar así: «No hubo dolor en la pobreza»: es la síntesis temática del poema, que no otra cosa es que la expansión o paráfrasis del verso inicial. No abundan los calificativos, pero cuando aparecen no son meros epítetos, sino matizadores de la idea que guía el poema: «Mi pobreza fue constante y suave», «el carbón nos hacía feligreses del calor ajeno y sudado». Cada verso exige una lectura pausada, dada la impresión de novedad que causa. Podía el poeta aludir al deseo de cariño y al frío del alma y el cuerpo en la niñez, pero el verso acumula todo tipo de sugerencias: «tan sólo el terrazo frío me aleccionaba en el hogar». Por cierto que este poema, «Alcance», resume muchas infancias pasadas en la pobreza «suave» y al amparo del esfuerzo y el sudor de los cercanos: «el lomo de mi madre resistió abundante y frondoso». Estamos en el ámbito de la «Primera lágrima» (título de la parte primera). Y dentro de ella varios poemas comienzan con un verso inicial sintético: «En la bondad de estas ruinas no hemos encontrado flores», «Tú que acumulas tanto y tan bueno, nunca tendrás suficiente», etc. Por lo demás, las renuncias a que la vida obliga, la incertidumbre, el tedio, las alegrías impedidas, etc., parecen un rasgo generacional que en algún poema resulta explícito: «Hace el tiempo olas de nuestros gestos...».
La «Segunda lágrima» es de amor. Adopta un tono personal, propio de un yo que habita en el llanto y en el recuerdo que lo provoca, porque los poemas hablan de ausencias, distancias, desencuentros, olvidos, pérdidas, tristezas, y de lo que queda tras los «Exilios» del amor, poema que prefiero: «Ya sólo quedan abrazos, / lágrimas sobre la ropa recién tendida, / tardes terribles, descalzas, / y un sencillo presagio de luz».
Un tono más luminoso y calmado adopta el poeta en la parte tercera, «Lo alegre». Encuentro del amor, renovación de sentimientos, el temblor de la piel y la alegría a que aboca: «Te asomo a mi boca, / te obligo y me obligas a reconocer lo inexacto... / Te inclinas... me inclino... / lloramos lo alegre en nuestra piel». Un libro, por lo tanto, sentido y pensado, de cuidada ordenación, retazos de biografía personal en ese camino que va de lo incierto a la certidumbre, del llanto a la alegría.