Caminando por la Sequeda

Flores de malva
Andrés Martínez Oria. Centro de Estudios Astorganos «Marcelo Macías», León, 2011. 208 pp.
Autor de una obra notable que lo califica como un excelente escritor, Martínez Oria nos entrega ahora Flores de malva , un viaje a pie, en un solo día de junio, por los pueblos de la Sequeda, que habitó y cantó Panero: «La Sequeda es una / costumbre del alma...». La Sequeda es territorio breve, humilde, pobre, con pueblos pequeños, algunos casi despoblados. Flores de malva es un libro de viajes, por lo tanto, que narra la aventura del caminante por un territorio sobrio, cercano y querido. No es un libro menor. En él se conjugan paisajes, vivencias, evocaciones, y la atención demorada a lo que ven sus ojos, y a lo que sueña el alma.
El caminante sale andando de Astorga al amanecer. La milenaria ciudad le trae ecos del pasado y el contraste con el presente, inevitable. Llegará pronto a Celada para encaminarse hacia Cuevas: «Y nava triste de Cuevas / donde cruje el centenal», cantó Panero. Sumido en el abandono, el monte va mordiendo poco a poco casas y cercados. El escritor tiene buena mano para los paisajes ásperos y ruinosos. Por el camino, le asalta la «belleza efímera y secreta» de lo leve: no hay otra. El pueblo de Matanza después. El monte, sus dones y ruidos ocultos, y sus habitantes: pegas, abubillas, jabalíes... El cementerio, la iglesia y la ermita, lugares de visita en cada pueblo. Y algún guiño al lector, al que promete no irse por las ramas y «hacer lo que esté de su mano por resultar conciso y comedido». Valderrey, sede del ayuntamiento y pueblo «de los pocos que se van manteniendo en un inestable ten con ten»; hermosa página la dedicada a un viejo que arregla su casa: «El hombre es un lamento contenido, lo mantiene ese orgullo que hace resistir cuando todo se desmorona alrededor». El caminante-escritor entra después en el encinar de Castrillo de las Piedras, en la finca familiar del Monte o Villa Odila, donde murió Panero un 27 de agosto de 1962, hoy mero claro en el bosque, todo arrasado. Resume Martínez Oria lo que fue aquella jornada trágica para trazar seguidamente la elegía de las ruinas. Bustos es el pueblo más cuidado, aunque en trance de quedar despoblado, y Tejados, uno de los más mortecinos, donde anota «la belleza de lo humilde»; Tejadinos, Penilla, Curillas, pueblo este último más arreglado, y, finalmente, Monfrontino, un barrio de Curillas.
Todo libro de viajes que se precie debe constar del relato del viaje, las descripciones de lo que se ve, los diálogos con las personas que salen al encuentro y las consideraciones sobre lo que se ve y siente. En Flores de malva cuenta el autor su camino por la Sequeda, el paisaje más humilde de la tierra, al calor de la palabra de Panero, cuyos versos lo han encaminado hacia esas tierras; de pueblo en pueblo, el caminante-escritor va anotando el paisaje austero, refiere datos históricos cuando los hay, lamenta el abandono que se cierne sobre aquellos, con sus campanarios aún firmes, pero silenciosos, habla con algunos lugareños, casi siempre parcos y desconfiados, y da su opinión cuando es preciso. Compone de este modo un libro de viajes por una comarca abarcable y, aunque pobre y callada, entrañada en el alma del escritor, que la recorre para conocerla más allá de los versos de Leopoldo y dar cuenta de su existencia precaria. Concluye el viaje y concluye esta reseña con unas palabras del escritor sobre las gentes de la Sequeda: «Son taciturnos, cabales, muy del campo, del llano interior, cereal, hondos, de esencias (...). Poco dados a efusiones con los extraños, y sin embargo auténticos. Trabajaron toda la vida y ahora apuran el tiempo instalados en el recuerdo».