Diario de León

«Piensa que nacen entre las espinas flores»

Afirmar a estas alturas que La Habana es, entre otras cosas, una maravillosa referencia literaria es rozar los límites de la obviedad. Sería larga la nómina de presencias registradas que dimensionan, por otra parte, la íntima vocación creadora que aparece en su entera geografía y que añade, por tanto, un atractivo y un interés especiales al ambiente de esta ciudad que, frente al Caribe, «navega suavemente hacia ninguna parte», como escribió Juan José Armas Marcelo en Así en La Habana como en el cielo.

Vista desde el Malecón, «espacio cuyo protagonista es el mar. El Caribe». Hay muchas otras razones por descubrir.

Vista desde el Malecón, «espacio cuyo protagonista es el mar. El Caribe». Hay muchas otras razones por descubrir.

Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

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El visitante o viajero encuentra permanentemente en todos los espacios, y de múltiples formas y maneras, una referencia especial, inevitable, la de José Martí. Y es que el pueblo, siempre generoso y dotado de un profundo sentido común, tiene una respuesta clara: además de ser hoy José Martí un símbolo universal de lucha por la libertad de su pueblo, una gran mayoría lo considera la figura más importante de Cuba por ser un hombre decisivo en la formación de la conciencia nacional. «No se miente cuando se lleva a la patria en el corazón», escribió. Su obra literaria, además, permite valorarlo sincera y profundamente como excelente escritor y poeta, pues estamos hablando de una obra significativa en el contexto de la lengua que nos hermana.

Esta percepción, y la propia realidad de la capital cubana, nos permitiría realizar diversas rutas con José Martí como protagonista, rutas que el interesado verá señalizadas en múltiples puntos. Pero elegimos una, en pleno corazón de La Habana, que ayuda, en alguna medida, a conocer y entender la ciudad y un cierto espíritu de su cubanía. Otra fórmula interesante para la visita. Otra alternativa, al menos.

Estamos a la entrada del Paseo del Prado, a escasos metros de la fortaleza de San Salvador de la Punta –junto con El Morro y la Fuerza constituyeron el llamado «Escudo de La Habana»- y del canal de entrada en la bahía, de ingrato recuerdo para la historia española. Precisamente desde la Embajada de España, en el corazón de este paisaje generoso, se puede contemplar la belleza de este espacio cuyo protagonista indudable es el mar. El Caribe.

En un pequeño parque se alzan los restos de la antigua cárcel, una parte del gran edificio construido en 1834 con destino a los presos. Se puede ver lo que en su tiempo fuera capilla y, en la parte posterior, algunas celdas, estrechas. Aquí fue internado el 4 de abril de 1870 el recluso José Julián Martí Pérez, con el número 113, un número histórico, condenado a seis años de prisión por el delito de infidencia. Al día siguiente comenzó un duro trabajo en las canteras de San Lázaro. «De su vida en presidio –leemos en una edición de La Edad de Oro -, de los horrores que allí vio y de los malos tratos, sufrimientos y martirios que padeció y enfermedades que contrajo, nos ha dejado diversos relatos, artículos y versos, y principalmente en El presidio político en Cuba ».

«Esclavo de mi edad y mis doctrinas»

Cortado el pelo y fijado un grillete en el tobillo izquierdo apenas ingresado en prisión, con diecisiete años recién cumplidos, cada día había de recorrer en estas condiciones el trayecto que unía, más bien separaba, la cárcel y las canteras.

Ese es el trayecto que proponemos. Como se trata, esencialmente, de dos puntos –cárcel y canteras-, y atendiendo a otras razones, no haremos el itinerario que hacía el joven Martí por la calle San Lázaro, donde entonces estaba el Leprosorio y la Escuela de Medicina, el convento de la Inmaculada Concepción desde 1874. En ella están marcados los puntos principales del recorrido. Pero iremos por la paralela próxima, el Malecón. «Quien ha estado en La Habana y no ha visto el Malecón, no ha visto La Habana» suele decirse. Es más verdad, si cabe, al atardecer. Razones obvias de cercanía y contemplación aconsejan este itinerario cuyo punto final es el mismo: la Fragua Martiana, donde estuvieron las canteras de San Lázaro, motivo con el que acompañó una fotografía a su madre, fechada el 28 de agosto de 1870, con esta dedicatoria: «Mírame, madre, y por tu amor no llores. / Si esclavo de mi edad y mis doctrinas / tu mártir corazón llené de espinas, / piensa que nacen entre espinas flores».

Apenas iniciado el recorrido por el Malecón, con el consejo de pasearlo junto al mar para abrir la mirada, el Palacio de las Cariátides, que fue Centro Cultural de España. Siguen palacetes, soportales, muestras de arquitectura diversa en constante renovación por las embestidas del mar y el salitre. En una de las columnas, si el viajero se fija podrá leer esta «Acuarela al Malecón de La Habana», que firma Ángel Gaztelu Gorriti, sacerdote y poeta hispanocubano –nació en 1914 en Puente de la Reina-, miembro del importante Grupo Orígenes :

Incandescente el crepúsculo

sobre el Malecón remonta

la luna –bruñida de oro-

como fúlgida toronja.

A su hechizo la marina

vislumbra, como una joya,

rielando de iris los labios

de las tremulantes ondas.

En el recodo del muro

-propicio el ambiente y hora-

apasionadas parejas

funden suspiros y bocas.

Quiébrase en rizos la espuma

en los filos de la costa

desbordándose en cestillos

de cristalinas corolas.

Y apagados los colores

de la tarde, limpia y sola,

la luna –bruñida en plata-

tiembla, como una magnolia.

Esté atento quien acepte esta invitación porque solo la mirada de la curiosidad conduce al detalle inesperado, a la admiración imprevista, al descubrimiento personal, el más importante sin duda. No tendrá duda, eso sí, al contemplar el magnífico monumento al General Antonio Maceo, construido en 1916 como homenaje a uno de los más importantes generales cubanos de las guerras de independencia, tan cercano al pensamiento y las ilusiones de José Martí, y el Torreón de San Lázaro, del siglo XVI, restaurado con gusto o claves discutibles.

«Una escuela es una fragua de espíritus»

Poco después del último monumento referido, y antes de llegar al Hotel Nacional, como referencia, en la calle Príncipe, esquina Hospital, la Fragua Martiana, punto final de nuestro trayecto, pero razón primordial del mismo.

La Fragua Martiana hace referencia a unas palabras pronunciadas por Martí: «Una escuela es una fragua de espíritus: ¡ay de los pueblos sin escuelas!, ¡ay de los espíritus sin temple!». Y es que fue precisamente aquí donde se moldearon, donde se templaron los sentimientos, la manera de ser y el patriotismo de Martí.

En este espacio estuvieron las canteras de San Lázaro –él trabajó en la parte identificada como La Criolla -, a donde fue enviado para cumplir presidio y trabajos forzados durante seis años. Sin embargo, la intervención de sus padres y algunos amigos consigue un indulto parcial de la pena. Fue deportado entonces a la isla de Pinos, en la que permaneció poco tiempo. En los primeros días de 1871 fue deportado a España. Vivió en Madrid y Zaragoza (Ver Filandón , número 1.224: 27 de febrero de 2011).

En la actualidad en este espacio martiano funciona un museo de extraordinario valor histórico, además de haberse convertido en sede de la Cátedra Martiana de la Universidad. Pero en las entonces canteras, cuyo arrendatario era el español José María Sardá, hubo mucho sufrimiento para tantos compañeros cuyos nombres se recuerdan en placas en el área, muy cuidada, al aire libre. Al propio Martí, por ejemplo, las cadenas le produjeron una úlcera en una pierna, que nunca llegó a curar totalmente.

Al lado de las placas referidas, el relieve con la efigie de sus padres, una estatua en bronce de nuestro personaje —«Yo quisiera merecer… la bandera de mi estrella solitaria; y rotas al pie del asta enhiesta las cadenas coloniales»—, pensamientos suyos que explican sus inquietudes y anhelos, bustos y un rincón especial que, en conjunto, concita el interés del descubrimiento y la reflexión personal, que serán, sin duda, los que perduren.

Ya me contará. No estaría de más acercarse a alguno de los títulos de creación literaria firmados por este «hombre sincero de donde crece la palma». Es hasta posible que acabe cantándolo. Y que busque otros lugares que recuerdan su presencia. Algunos, emblemáticos.

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