Literatura y Mujer en el Camino de Santiago
El viaje es uno de los aspectos que siempre han caracterizado la vida del ser humano. En distintas facetas y por diversos motivos, pero, en el fondo, ya el propio hecho de vivir supone un viaje en sí mismo, un trayecto que hay que recorrer entre un punto de salida que es el propio nacimiento y un punto de llegada, que será la muerte.

En el Camino, «hoy en día, las mujeres adquiren un elevado grado de importancia»
Entre tanto, y para recorrer la senda de nuestro destino, la vida nos va poniendo delante multitud de caminos que podremos elegir, o no, que podremos disfrutar, o no, pero que recorremos como una parte importante del aprendizaje que nos llevará, por fin, a nuestra meta. El equipaje con que decidamos recorrerlos y la compañía de la que nos rodeemos serán una elección personal en muchos casos, aunque en otras ocasiones nos vendrán dispuestos por el destino. Y, entonces, habremos de aprender a caminar con ello para no convertir ese viaje en una tortura.
Pero, aunque pueda parecerlo, hoy no voy a hablar de viajes. O al menos de ese tipo de viajes que se le vienen a la mente a la mayoría cuando hablamos de ello. Voy a hablar de los recorridos que se inician en determinados momentos de la vida como una perentoria necesidad que nos lleva más allá de la cotidianeidad. En un caso, son recorridos que están al alcance de cualquiera, porque no requieren de medios económicos, ni de un tiempo específico para dedicarles, ni siquiera de unas condiciones físicas precisas. Son los viajes que la literatura nos proporciona, viajes por otras vidas, por otras tierras imaginadas, otras culturas soñadas, otras épocas evocadas… Viajes que nos permiten abrir nuestro pensamiento a otras ideas, a otro sentir, y que -en no pocas ocasiones– nos permitirán, incluso, darle un nuevo giro a nuestra existencia o, al menos, albergar la profunda esperanza de que –llegado el caso– podríamos hacerlo.
Los otros recorridos son aquellos que un día decidimos emprender, ligeros de equipaje, casi como viajes iniciáticos, donde lo fundamental no es solo llegar a la meta, sino vivir tramo a tramo, sin buscar nada más que lo que el propio camino quiere proporcionarnos. Viajes como los que –cada día más– emprenden las gentes, por ejemplo, a lo largo del Camino de Santiago, el Camino, más allá de cualquier motivación religiosa, cultural, iniciática…, porque de todo hay a la hora de emprender este tipo de caminos, que sin duda dejan una profunda huella en la mayoría de quienes los transitan.
Desde niña dos cosas me gustaron apasionadamente. En primer lugar la lectura, a la que me aficioné desde bien temprano, transportándome con ella a otros lugares, a vidas que yo presentía más emocionantes que la mía, a pensamientos que no descubría en quienes me rodeaban. Aún guardo en mi memoria el recuerdo de unos deliciosos libros de viajes, de aquellos que parecían estar escritos a mano –como si de auténticos diarios se tratase–, que descubrí entre el desván de mi abuelo y la biblioteca del colegio. Luego vendrían las biografías de personajes que se me antojaban del todo interesantes; y la poesía, y los libros de Julio Verne (guardo especial recuerdo de aquel Miguel Strogoff, correo del zar, que fue una de mis primeras lecturas), de Emilio Salgari y tantos otros tan llenos todos de intrépidos personajes en continuo viaje… Y las largas horas de lectura me llevaban luego a seguir viajando por los infinitos caminos de mi imaginación, a lomos de las nubes que veía pasar sobre mí en las tardes estivales, o enredándose en la espuma de las olas o en la clara transparencia de los ríos de mi tierra. La otra cosa que me gustaba era ver pasar a los peregrinos que iban a Santiago. Al principio no eran tantos, pero poco a poco su número comenzó a incrementarse. Los veía pasar llenos de cansancio, con un peso a las espaldas que siempre parecía demasiado, los pies a veces cubiertos de heridas, pero la mirada profundamente soñadora y el espíritu férreo para llegar a la meta. Ellos me hablaron de otra forma de viajar que siempre ha estado muy presente en mi concepto de viaje.
Relación entre el Camino y la Literatura
Estos dos aspectos hicieron que, con el tiempo, parte de mis intereses transcurriesen hacia la búsqueda de la relación entre el Camino y la literatura. Y después me fijase aún más en otro aspecto más concreto, el referido a la presencia de la mujer en dicho Camino. Transitando en los últimos años casi a diario por diversos tramos de esta ruta, he ido observando como la práctica total ausencia femenina en quienes viajaban a Santiago que se percibía en mi niñez, se trueca ahora en una presencia mayoritaria de mujeres que varían su perfil de edad según la época del año. Y así, ahora que ya están lejanos los ecos del que fue el último Año Santo Jacobeo, porque ha pasado casi un año entero desde que este finalizó (a casi once años vista de un nuevo fenómeno de estas características, precisamente cuando el 25 de julio –día de Santiago– vuelva a caer en domingo) el Camino Francés que atraviesa nuestra provincia, de Burgos a Galicia, ha estado lleno de nuevo por quienes peregrinan hacia tierras gallegas (aún lo está, porque el tránsito de gente que camina hacia Santiago no ha parado, aunque se haya vuelto más escaso con el invierno). Muchas de esas personas son mujeres (las estadística hablan de una proporción que casi dobla el número de hombres). Caminan con la mochila a la espalda y la mirada atenta a cada etapa del Camino. Algunas lo hacen en compañía, algunas otras, bastantes de ellas, solas, independientemente de que durante tramos del mismo acompasen sus pasos a los de otros peregrinos que buscan el mismo destino. No hay límite de edad. Desde jóvenes de apenas 15 ó 16 años a mujeres bien entradas en años y con una madurez bien asentada, recorren a diario los kilómetros que separan sus hogares de la tumba de Santiago. También son muchos los motivos por los que hacen discurrir sus pasos por esta ruta, la mayoría espirituales, aunque no siempre esa espiritualidad coincide con lo estrictamente religioso. Es tan habitual ver su estampa a lo largo del Camino que podría parecernos algo eternamente ligado al propio hecho de este peregrinaje compostelano. Sin embargo, y aunque hoy ya no nos extrañen, durante años las figuras femeninas estuvieron ausentes de estas rutas, o al menos así nos lo hicieron creer. Desde los últimos días del invierno y durante toda la primavera, también cuando los colores del otoño comienzan a cubrir los campos, mayoritariamente surcan los caminos mujeres de cierta edad. Será en los claros y alegres días del verano cuando la juventud llegue a los rostros de quienes peregrinan en esos días, normalmente también con mucha más prisa que quienes lo hacen en estas otras épocas.
Todos estos devenires, que forman parte de la realidad del tercio norte español, se han visto abundantemente recogidos en la literatura del Camino, que prolifera desde la Edad Media. Pero el objeto de mi interés ha sido la percepción de esa creciente presencia femenina en el mismo, que me ha llevado a tratar de comprobar, a través de la historia y la literatura, si esta afluencia –tan mayoritaria hoy- coincidía con la de tiempos pasados. Y aunque me he encontrado con numerosas referencias femeninas (no tanto como las masculinas, por supuesto, y nunca con el mismo grado de protagonismo) son muchas menos las que lo hacen desde su aspecto más viajero, precisamente el que más me ha interesado a la hora de escribir estas líneas. Dejando al margen las circunstancias tan diferentes para enfrentar cualquier tipo de viaje de las mujeres de aquellas épocas frente a las mujeres de hoy, tanto la historia como la literatura están llenas de referencias que las señalan como protagonistas de muchos de ellos. Algunas, las menos, viajando solas; otras, en comitiva; y, en muchos casos imbuyendo esos viajes de magia, de literatura… En cualquier caso, una realidad que nos demuestra su habitual presencia en estas rutas.
Desde el aspecto más histórico, documentación de los archivos tanto municipales como eclesiásticos, los libros de hospitales y las memorias de viajes, así como crónicas y otros documentos históricos, tales como testamentos, nos hablan de los viajes peregrinos de multitud de figuras históricas que recorrieron estos caminos desde el mismo momento de su creación como ruta de peregrinaje. Damas, princesas, reinas, algunas de las cuales llegaron en su momento a ser santas, anduvieron por esos caminos dejando su personal impronta, al mismo tiempo que recogían de ella aspectos que transformarían su vida y la de quienes vivieron a su alrededor, como le ocurrió a la reina Isabel de Portugal (posteriormente Santa Isabel de Portugal), Santa Brígida de Suecia, Santa Bona de Pisa (hoy patrona de las azafatas italianas) o la princesa Ingrid de Suecia, entre otras muchas. La presencia femenina aparece ya en el Codex Calixtinus , al que se puede considerar como la primera guía jacobea, aunque solo hay una mujer nombrada en el mismo como peregrina, Gildeberta de Flandes (cuyo posible itinerario se ha seguido en el documental ficcionado La sinapsis del Códice , del director Pablo Iglesias, estrenado en Galicia en el 2010). Otras obras que en este sentido pueden ofrecernos numerosos ejemplos son los libros Las mujeres de la Edad Media y el Camino de Santiago (Santiago, Xunta de Galicia, 2000), de Araceli González Vázquez; o el que recoge las actas del congreso realizado en Galicia en el 2009 con el título Mujeres y la peregrinación en la Galicia medieva l, coordinado por Carlos Andrés González Paz (Consejo Superior de Ediciones Científicas, 2010)
Mujer y peregrina
A otros niveles, esta presencia viajera y las consecuencias que el viaje ejerce sobre sus protagonistas, quedan recogidos en números ejemplos literarios, hablándonos de algunas de estas mujeres. Tal vez esta presencia más específica como peregrinas sea la que nos llega a través de la literatura oral, más concretamente a través de los romances y de ciertas leyendas. Precisamente en algunos de ellos se nos describirán modo y obras de éstas, así como de los peligros que las acechan. En algunas ocasiones tales viajeras serán identificadas con la misma Virgen María, hacedora de milagros, como ocurre ya en Las Cántigas de Santa María , del rey Alfonso X, de algunos de cuyos pasajes se dice que podrían haber servido como antecedente de la descripción de la Virgen con traje de peregrina que luego se repetirá en numerosos romances populares y que pasará también a la iconografía artística de la pintura y la escultura. Pero se me ocurren también otros tres ejemplos en los que se da esta confluencia de personajes entre la mujer peregrina y la propia figura de la virgen. Todos ellos han llegado vivos hasta nuestros días y se siguen cantando, además de encontrarse recogidos en cancioneros y libros de carácter etnográfico. Uno de ellos es «El romance de la Virgen peregrina», del folklore aún vivo de la localidad de Leiva (en La Rioja). Los otros dos están ligados al folklore maragato. Por un lado el romance prácticamente desconocido de «La peregrina romera», recogido por José Manuel Sutil en la localidad de Val de San Lorenzo. El otro, el romance de «La Divina peregrina», más conocido simplemente como «La Peregrina», pieza clave de este mismo folklore, muy versionado y cuya texto escrito más antiguo encontrado es custodiado en el Museo de los Caminos de Astorga. Pero además son numerosos los ejemplos que podemos hallar, algunos de los cuales aparecen recogidos en el libro Las peregrinaciones a Santiago de Compostela , de Luis Vázquez de Parga y otros. También aparecerán referencias dentro del Romancero , o en relación con determinadas leyendas catalanas. E incluso dentro de nuestro teatro clásico podemos encontrar menciones a las mujeres peregrinas, como ocurre con la pieza de Tirso de Molina La romera de Santiago .
Volviendo a la literatura actual, uno de los referentes más cercanos en el tiempo de la literatura del Camino con referente femenino, es sin duda el libro Peregrinas por el Camino de Santiago , editado por la Editorial Casiopea bajo la coordinación de Teresa Morales. Se trata de una recopilación de relatos de varias autoras en el que se recogen tres narraciones premiadas por las Asociaciones de Peregrinos, respaldadas por la Sociedad Geográfica Española: «Corriendo el Camino», de Alexandra Panayotu (en el que esta atleta griega, afincada en Barcelona, refleja la experiencia de correr el Camino durante 21 días en solitario, a 60 km. por día, para ayudar a un grupo de discapacitados físicos que preparaban un viaje al Polo Sur); «Mi propio Camino», de Montserrat Medalla Cufí; y «El vestido amarillo de Fisterra», de Sofía Peña; además de otros once relatos finalistas y una especie de siete mini diarios en «Caminos de libertad», de reclusas de la cárcel de mujeres de Briera. Sin duda un nuevo concepto de «libro de viajes», una selección de testimonios de mujeres que lo han recorrido y en quienes ha dejado huella, con su personal visión, un libro que nos habla de «un viaje interior a lugares comunes como la sensación de soledad, el dolor físico, el milagro de la maternidad, el miedo a perder a un ser querido o la convivencia con lo desconocido»; un viaje que, como dice una de tantas peregrinas que lo ha convertido en itinerario recurrente en su vida, lo torna en «el Camino de los tres encuentros: contigo mismo, con los demás y con la espiritualidad…», precisamente los mismos tres encuentros que muchos de los viajes iniciados por y con los buenos libros nos dejan como legado de su paso por ellos.
Y ya para terminar comentar la gran influencia que los libros de viajes de importantes personajes del momento han tenido sobre las gentes de estos tiempos, para que los caminos de Compostela se llenen de peregrinos y peregrinas que llegan desde lejanas tierras. Paulo Cohello ha ejercido su influencia en lugares tan lejanos entre sí como Brasil y Japón. Pero en los últimos años también varias mujeres han contribuido a este boom peregrinante. Así en el 2000 Shirley Maclaine contó su experiencia en el libro El Camino: un viaje espiritual (traducido al español en 2011), que tuvo una cierta trascendencia entre el público norteamericano y canadiense. Y otra mujer ha sido la responsable del incremento de personas coreanas recorriendo los caminos jacobeos (que se han convertido en miles desde la publicación de sus obras), la surcoreana Kim Hyo Sun, con tres libros en su haber sobre el Camino de Santiago (de los que se han vendido más de 100.000 ejemplares en su país, aunque no están traducidos a nuestro idioma)
A nivel de curiosidad recoger que, recientemente, la Universidad de Santiago de Compostela (USC) ha publicado, de la mano de Patricia Fra y bajo el título Edith Wharton: Back to Compostela , el facsímil transcrito en inglés y traducido en gallego y castellano del diario de la escritora Edith Wharton, autora de La edad de la inocencia , dos fragmentos que relatan sus peregrinajes por el Camino de Santiago en la década de 1920.
Seguramente, muchas referencias me han quedado inevitablemente en el tintero, pero con este recorrido queda claro que el Camino no está solo ligado a la vida, sino también a la literatura en sus más diversos modos. Y en ambos aspectos, hoy en día, la mujer adquiere un elevado grado de importancia.