Diario de León

Publicado por
JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
León

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Un girasol flotante

Antonio Carvajal. Introducción de J.M. Ruiz Martínez. Ed. KRK, Oviedo, 2011. 110 pp.

Pocos meses después de la publicación de Pequeña patria huida , aparece otro poemario de Antonio Carvajal, Un girasol flotante . Si del conjunto de su obra puede decirse que un fuego interior arde en su exquisita técnica, más aún cabe proclamarlo del presente libro, en el que fluye el gozo de la amistosa presencia de los otros en convivencia y connivencia. El título, como el de sus otros poemarios, es un heptasílabo, así como el de cada una de sus partes: «Cartas a los amigos», «Gavilla de postales», más breves conforme al título, y «Sonidos y colores».

La celebración poética de la amistad tiene larga tradición; en nuestras letras fue Garcilaso quien dio forma a la carta a los amigos en su «Epístola a Boscán», cuyos tres versos primeros inician la «Respuesta de Antonio Carvajal» a la carta en verso del filósofo Emilio Lledó al poeta: «Señor Lledó, quien tanto gusto tiene / en darle cuenta de sus pensamientos...». No es el único eco del poeta renacentista. Ecos de otros poetas hay en el poemario (Dante, Eliot, etc.): tradición y modernidad se aúnan en el poeta, que sabe como nadie reavivar el fuego antiguo con nuevo aliento. Carvajal sabe que a la epístola le conviene, según la vieja retórica, el estilo humilde; de ahí el descenso hacia lo conversacional: «Cuando solicitó Antonio Chicharro / selección comentada de mis libros / anteriores...». No puedo menos que evocar, al leer estos poemas, la convocatoria que en su momento hacía fray Luis a los «amigos a quien amo / sobre todo tesoro». Convocatoria en la amistad es esta poesía de Carvajal, en la que todo lector puede sentirse llamado.

Una carta, aunque sea poética, suele expresar algunas intimidades y emociones en lenguaje familiar lleno de guiños y complicidades con el amigo. La carta, si por poética canta, cuenta también confidencias y asuntos personales: «Nunca la aventura / me tentó, sino el goce delicado / de las conversaciones en la mesa, / del agua fresca compartida...». La carta amistosa suele implicar reciprocidad; no deja de ser respuesta a otra anterior, y a su vez pide contestación. De ahí el diálogo diferido que en algún caso es patente: «Y me hablas de la muerte que no llega...». Personalmente quisiera destacar, en el conjunto del libro, tres de las epístolas: «Desde Rouen, para Antonio Ramos»: el horroroso once de marzo de 2004 lo sorprendió al poeta en la ciudad francesa; desde la soledad, buscando consuelo en el amigo, se conduele con los muertos de Madrid y en una especie de plegaria pide «que a nosotros / y a tus hijos futuros / pronto llegue / el reino de la paz, digo la limpia / libertad en el respeto / del otro porque es otro...». Otra carta va dirigida «A Carmelo Trenado», écfrasis e interpretación, también dolida, de un cuadro de Andrea del Sarto, un lienzo del dolor sin remedio y sin esperanza. El tercer poema preferido se dirige a Guillermo González, y es un férvido canto a la música y a la pasión del gran músico por su arte, como celebración de la música del citado es el poema «Albayzín», si bien como fondo sobre el que el poeta confidencia con una amiga sobre el deseo, la memoria y los sueños.

Muchas más apreciaciones pudiéramos añadir si espacio hubiera: el entendimiento de la amistad como gozo del dar más que del recibir; el placer de la naturaleza, aromas, colores, sonidos, frutos...; ideas sobre su arte, el de «una poesía donde se oyen tantos /trinos», y que, como la pintura, «es fruto del trabajo, pero es un don gracioso»; el poema «A Eduardo Salas» es una celebración del ritmo, del paladeo gozoso de los sonidos que, como en Garcilaso, «hinchen el aire de dulce armonía», pero que, a la vez, resuenan humanamente, pues «tras cada signo desviado / se oye el latido de la sangre hermana». En fin, un nuevo libro de Carvajal, una culminación, un nuevo gozo.

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