Diario de León

Reivindicación de Cayo Jesús Fernández Espino

Francisco García Chaparro es un vitralista andaluz cuya Biblia del Oficio, según confesión propia, es un libro de vidrieras de la catedral de León, de Cayo Jesús Fernández Espino. «Es –afirma— un tesoro documental. Temía que destruyeran la catedral en la guerra, tomó imágenes de todas las vidrieras con un anteojos y las copió a la acuarela».

Cayo Jesús Fernández Espino mostrando una de las reproducciones de las vidrieras.

Cayo Jesús Fernández Espino mostrando una de las reproducciones de las vidrieras.

Publicado por
ALFONSO GARCÍA
León

Creado:

Actualizado:

En esencia queda dicho lo más importante. Pero añadiremos datos y obras,

inéditas, para ir conformando la personalidad de este artista singular para fortalecer la presencia de su memoria. En 1982 —ahora hace treinta años— apareció un libro, monumental y sentimental, Las vidrieras de la catedral de León , su anclaje esencial a la historia de esta tierra. Tomamos estas palabras de Antonio Gamoneda en la reseña bibliográfica que hizo ese mismo año en la revista Tierras de León : «Era el año 1936 y algún avión «rojo» dejó caer una bomba (Cayo Jesús, con encantadora exageración, habla de un «bombardeo»; el recensor que firma estaba allí: no hubo sino una bomba en los extrarradios), y es el caso que Cayo Jesús dio en temer la destrucción de las vidrieras, y, así, llevado del temor, comenzó una tarea de años. El asunto es cuasi novelesco: con unos prismáticos, y la bondadosa complicidad del campanero [su gran amigo Federico, Ico ] acometió la quijotesca aventura de reproducir («para que pudieran reconstruirse») las vidrieras de la catedral de León. Así, como suena. Y al cabo de empresa tan deliciosamente desaforada, cuando la técnica ha vestido de candor el proyecto manual, lo que sí es verdad es que Cayo Jesús ha logrado un documento conmovedor: ¿De las vidrieras? Más bien, de sí mismo; de su terror estético y milenarista, de las secretas horas de emboscamiento en los altos triforios catedralicios».

Ahora, con motivo de los treinta años de la aparición de ese libro especial vinculado a su nombre —la parte historiográfica corrió a cargo de José Fernández Arenas—, no estaría de más una exposición que recuperara igualmente su memoria, presente, eso sí, en la calle que la capital le dedicó relativamente cerca del templo gótico.

Una vocación temprana

Muerto a finales del año 2000, Cayo Jesús Fernández Espino había nacido el 22 de abril de 1906 en el caserío de Bracas, hoy despoblado, cerca de Valencia de Don Juan. Pronto, sin embargo, se trasladaría a Gordoncillo, localidad de la que eran naturales sus padres.

Cuando empezó a ir a la escuela , la emoción que ya sentía dibujando comenzó a convertirse en verdadera pasión, consentida por el maestro y con natural inclinación hacia el paisaje. Cuentan los más cercanos al artista —me lo confirma su nieto Jesús— que por aquellas fechas había llegado a vivir a la casa que los tíos tenían en la localidad un muchacho que influyó de forma determinante en el asentamiento de esa vocación: la amistad entre Tabuyo —así lo conocían todos— y Cayo Jesús se hizo especialmente intensa, sustentada en la afición que compartían, el dibujo y la pintura. Mayor que nuestro protagonista, tenía más conciencia del hecho y mayor información. Él le acercó a los grandes nombres de nuestra pintura (Goya, Velázquez, Zurbarán…), le mostraba revistas y, sobre todo, le animaba a continuar por ese camino, haciéndole observaciones sobre la luz, el color, el trazo, la dedicación y el detalle.

Pero como, según suele decirse, primero son las obligaciones y después las devociones. Y con doce años, nuestro pequeño artista empezó a cumplir con la obligación de ayudar a sus padres en las faenas del campo. A pesar de la dureza del trabajo, la mayor era no poder dedicar el tiempo que deseaba a la pintura. Sólo podía hacerlo los domingos.

La suerte, sin embargo, se alía con nosotros cuando menos se espera. Poco tiempo después de abandonar la escuela, llegó a Gordoncillo Timoteo Martínez, un pintor de casas que venía a trabajar en ese cometido. Había estudiado Timoteo dibujo y pintura en la Escuela de Artes y Oficios de Bilbao, y rápidamente advirtió las cualidades del muchacho. Así se lo hizo saber a sus padres, y les recomendó llevarlo a una ciudad en la que siempre tendría más oportunidades. Durante su estancia, además, se convirtió en su maestro, Incluso cuando terminó su trabajo en Gordoncillo, lo llevó a su casa de Valderas, y después a Villaseca de Laciana, circunstancia que siempre agradeció por la variedad que el paisaje le iba ofreciendo. En el verano de 1922 llegó de Bilbao una muchacha, cuyo nombre desconozco, a pasar unos días en casa de los padres de Cayo Jesús, que, siguiendo los consejos de Timoteo Martínez, pidieron a la joven que llevase a la capital vasca a su hijo. El camino seguía así su trazado.

De Bilbao a León

Ya en Bilbao, Fernández Espino trabaja, con desigual fortuna, en varios talleres. El regentado por el escenógrafo Eloy Garay, además de mejor salario y aprender escenografía, le permite asistir como alumno a la Escuela de Artes y Oficios, donde se matricula el mismo año de su llegada y durante cinco cursos. Dibujo geométrico, de figura, retratos, al natural… fueron modelando la técnica y la personalidad artística. Durante ese tiempo obtuvo diversos premios. Siguió con Eloy Garay, y conoció al pintor vasco José Arrúe, que le ofreció trabajar con él como ayudante y del que aprendió nuevas técnicas, especialmente la que consistía en pintar sobre cristal.

Conocida esta trayectoria por el entonces Presidente de la Diputación vizcaína, Esteban Bilbao, le dio una carta de recomendación para el de la leonesa, a fin de que pudiese gozar de una beca para ampliar estudios en Madrid o en el extranjero. Buenas palabras, ningún hecho. Cayo Jesús comenzó entonces a trabajar en un taller de vidrieras artísticas de la capital leonesa, ubicado en el número 15 de la calle Hospicio, dirigido por David López Merille, un leonés de pro y talento al que han llamado «el domador de la luz»: trabajó en la restauración de las vidrieras catedralicias, proyecto que dirigía Juan Bautista Lázaro, y algunas originales pueden aún hoy admirarse en el Palacio de los Guzmanes o en la Casa de Botines. Curiosa y desgraciadamente, López Merille falleció, junto a la esposa y una de sus hijas, cuando a los 73 años, en julio de 1961, tuvo lugar la explosión de la «Tintorería Habanera», situada justo debajo de su casa, acontecimiento que conmocionó a la ciudad.

Sea como fuere, lo cierto es que los tres años que Cayo Jesús pasó en el taller de López Merille fueron especialmente fructíferos. Por el perfeccionamiento del dibujo y el color y por el profundo interés suscitado por el mundo de las vidrieras.

En 1931 contrajo matrimonio con Carmen Antúnez, de cuya unión nacieron cinco hijos.

Ese mismo año obtuvo una de las plazas convocadas para la policía local y pasó a formar parte de la plantilla municipal de la capital leonesa.

Un pintor realista

Durante los tres años de la Guerra Civil se ocupó, desde las 4 a las 6 de la tarde, de la tarea que centra el núcleo de estas notas. Escondido en el coro, y con las únicas herramientas de papel usado, una caja de acuarelas hecha por él mismo y unos prismáticos, dibujó las vidrieras de la catedral con la finalidad al inicio apuntada.

Fueron años de notable intensidad estos y los siguientes. Colaboró con el arquitecto Isidoro Sáez Esquerra en el proyecto del Corazón de Jesús, y con el delineante del Ayuntamiento en el trazado del Paseo de Papalaguinda, dibujó sin cesar diversos motivos leoneses, tanto de la capital como de la provincia (obtuvo la Medalla de Plata, en 1966, con ocasión del «Día de las Comarcas Leonesas», gracias a un cuadro de la iglesia de San Lorenzo de Sahagún) y de diversos provincias y regiones españolas (Salamanca, Baleares, Canarias, Asturias, Cuenca, Palencia…). Sus dibujos acompañaron, entre otros, a dos textos ya clásicos de la bibliografía leonesa: Guía del Caminante , de Mariano Domínguez Berrueta, y Rincones leoneses , de Miguel Bravo Guarida.

Jubilado en 1971, el artista siguió viviendo todas las vicisitudes y manifestaciones del arte en su taller de la Avenida de Nocedo.

Al margen de la obra por la que siempre será recordado, la producción artística de Cayo Jesús Fernández Espino es más que notable. Y diversa, aunque haya una tendencia dominante hacia el paisaje, siempre limpio y equilibrado, la majestuosa presencia de la arquitectura monumental, captada bajo la mirada que acentúa la visión de conjunto, cuando no el detalle significativo y poderoso, y el retrato llevado a la singularidad del detalle. Siempre con el calificativo de realista, el tratamiento del color añade a esta consideración mayor intensidad, en un ambiente armonioso.

tracking