De autobuses, visitas y escopetas

El Hullera inició sus desplazamientos en un camión: el equipo «posa» en el año 1951. Más tarde lo haría en este autobús (la imagen es de 1963).
Será la tierra redonda? ( Filandón , 4 de octubre de 1987) me preguntaba en estas páginas hace ya un cuarto de siglo rememorando el viaje a la entonces lejana Tierra de Campos para vivir como interno en el colegio que los Agustinos tenían en Mayorga de Campos, una villa de cereal y adobe. Los hechos, para contextuarse, regresaban aún más atrás, treinta años, hasta un sereno mes de septiembre de 1957.
Las preguntas de la niñez son, posiblemente, las más acertadas porque encarnan los primeros descubrimientos. Los tres años que pasé allí estuvieron llenos de preguntas, de asombros también, de no pocas nostalgias que se perdían por los mares de los afectos y por las crestas de las montañas que nunca aparecían en aquel horizonte. Hay, sin embargo, una inevitable ley de la compensación por la que la infancia, a pesar de los pequeños dolores que en ella se producen, festeja los detalles aparentemente más insignificantes que activan los resortes de la felicidad. Y, qué curioso, sobran entonces los grandes gestos, los acontecimientos extraordinarios, la invisible presencia de ese aliento que parece poner música en el espíritu. La infancia apenas si necesita ruidos, sólo la intensidad del día a día que permite jugar y soñar, aprender y descubrir, sonreír al lado de un amigo. Y romper la monotonía de vez en cuando con el calor del cariño que incendia el aire y nos permite respirar con la serenidad de la sonrisa.
D os recuerdos especiales guardo de estos acontecimientos que incendiaban el aire dibujando rostros conocidos y aproximando las voces cercanas al corazón.
El primero encontraba, como tantas veces, su razón de ser en el fútbol.
La tradición de este deporte tuvo siempre hondas raíces en Santa Lucía, ejercicio que se mantenía en Las Tierras ( Filandón , 10 de noviembre de 2002) con varios equipos de nombres curiosos, algunos de los cuales se perpetuaron, con el tiempo, en el Buenos Aires de la emigración. Sería curioso, e interesante, indagar en la pequeña historia futbolística de la localidad.
La verdad es que esos equipos, buena parte de ellos al menos, tuvieron amparo bajo el nombre de Hullera, que se federa en 1950 y juega su primer partido en el actual campo, en Ciñera, el 7 de mayo de ese mismo año. En la temporada 1956—1957 juega por primera vez en categoría nacional, en aquella tercera división heroica pero hermosa.
Si los pequeños desplazamientos se venían realizando hasta ahora en la caja de aquel potente camión GMC utilizado en labores mineras y puesto de largo y limpio cada jornada que había de trasladar al equipo, los nuevos tiempos, la categoría recién estrenada sobre todo, exigían nueva imagen y cierta comodidad. Y así fue como la Hullera Vasco Leonesa, la empresa que amparaba con su nombre y su dinero al equipo, puso a disposición un pequeño, coqueto e inconfundible autobús, que tenía ya muchos kilómetros encima. El primer desplazamiento en él fue el 18 de marzo de 1957. Casi siempre lo conducía mi tío Pepe, a veces el inefable Pepón, y en tiempos más tardíos, Carala, que, además, jugaba como portero.
L o cierto es que los desplazamientos obligaban al Hullera a pasar algunas veces por Mayorga de Campos.
Con aviso previo y epistolar de mi madre, con amorosa entonación y caligrafía inconfundible, el domingo correspondiente, y solicitado el permiso estricto y necesario, me presentaba en el bar que todos conocían como de La Mediotío . En plena carretera, con espacio sobrante para el aparcamiento.
Apenas aparecía el morro del autobús, visible inicialmente por la cesta de la equipación en la baca, tras la curva que suponía haber remontado la pequeña cuesta que llegaba desde el puente sobre el Cea, se iniciaba en mi interior la emoción del encuentro.
Mientras estiraban las piernas –sólo entendí la expresión mucho más tarde— o tomaban un café, saludos, charlas, abrazos, besos. Mi padre, uno de los fundadores del Club y vicepresidente, no perdía ni un solo desplazamiento. Menos éste, claro. A veces llegaba con él Antonio Vázquez y su hijo Guillermo, mi amigo del alma de aquella infancia en parte compartida. Me ponía al día de cuanto ocurría durante mi ausencia. Eran aquellos momentos que nunca olvidaré.
Lo peor siempre fue cuando continuaban viaje. Me quedaba un vacío tremendo. Pero había estímulo para decir a aquellos futbolistas, mis ídolos, «tenemos que ganar…», abrazar a Guillermo y darle recuerdos para todos, o besar a mi padre y preguntarle por mi hermano y mamá. Él se despedía desde la puerta, el autobús prácticamente en marcha. «Pórtate bien». Y le hacía caso. Sólo que se me olvidaba pronto la recomendación.
Volvía al colegio. Con el paquete que me habían traído, que no eran tiempos para dispendios. Quizá alguna pila, o unos calcetines, posiblemente una camiseta con el número 119, bordado en punto de cruz, que me identificaba, algunos dulces… y cola—cao. No podía faltar. Para el desayuno, como tantos otros, casi costumbre. Y para, levantada casi de forma vertical la tapa del pupitre, tras la que escondía la operación, llevar a la boca algunos chupetones ayudado por el palillero de la pluma durante aquellas largas horas de estudio, cuando el fraile se daba la vuelta y se perdía pasillo adelante.
Durante los recreos de aquellos días cercanos a la visita, repetía incansablemente a mis compañeros y amigos la alineación del Hullera, que sabía de memoria y aún recuerdo. Y presumía hasta no sé dónde del equipo de mi pueblo.
E l segundo recuerdo de aquellos años de mis latines terracampinos está asociado a la caza.
Ni entiendo ni me gustó nunca, aunque recuerdo la curiosidad, teñida posiblemente de extrañeza, que me produjo la practicada con galgo, animal y actividad que conocí en esta villa de cereal y adobe.
Por aquellos tiempos la afición a la caza había prendido, por lo que se ve, entre jóvenes de mi tierra. Sospecho, y es pura sospecha, que se añadiría a su ejercicio un cierto aire festivo que se concretaba en merendolas y salidas. Entre éstas, parte de curiosidad, azar y descubrimiento llevó a un nutrido grupo en cierta ocasión a los dominios de estas tierras de la llanura. No diré sus nombres, por evitar olvidos y falsas sonrisas de malicia. Es posible que algún día vuelva sobre el asunto. Ahora sólo diré que aquí creyeron encontrar el paraíso. Bueno, un paraíso.
Resulta que rastreando en busca de alguna pieza a la que disparar, alguien tuvo una feliz idea: mientras uno golpeaba con la culata de la escopeta la puerta de un palomar, los otros, dispuestos a su alrededor, apretaban el gatillo a discreción a las palomas que, asustadas, emprendían un vuelo enloquecido. Nunca se había visto tal espectáculo. Las palomas caían por cientos.
El botín fue impresionante.
Como pensaron que habían hecho un auténtico descubrimiento, repitieron al domingo siguiente. En mala hora, porque los pillaron in fraganti y el asunto inició el camino de la justicia. Nunca sabré seguramente si el episodio obedeció a ignorancia o a mala cabeza. Gracias, sin embargo, a que algunos de los que formaban parte de la expedición la tenían, ya entonces, muy, muy bien amueblada, el asunto no se convirtió en tan grave. Retenidas las escopetas durante un tiempo y pago de una multa, la última visita vinculada a esta circunstancia cinegética sui generis fue para recoger las armas. Como en Mayorga se había generado cierta expectación en torno al hecho y los jóvenes cazadores habían caído simpáticos, a pesar de todo, el día acabó en fiesta. Nada extraño para quien esto escribe, conociendo el percal.
Dos veces fueron a visitarme, conocida seguramente la circunstancia por mis padres, que en un pueblo difícilmente algo entra en el reino de lo secreto, aunque después la memoria, incluida la colectiva, se haga olvidadiza.
Con el cariño que algunos me tenían, por razones que ahora no vienen al caso, disfrutamos en aquellas dos ocasiones. Como el asunto dejaba de ser tan negro y se veía mucha luz al fondo, el ambiente fue muy jovial. Incluso de risa abierta en algunos momentos, también con el recordatorio de la escena que lo había provocado.
Uno aquí dos pueblos distantes en formas e intereses, pero comunes a mi vida. Y me doy cuenta, efectivamente, de que uno cumple años, pero cumple, sobre todo, ausencias. Y las contemplo con una abierta sonrisa de complicidad.