Diario de León

JAVIER CALVO. NOVELISTA

«Es una novela sobre la mentira, ámbito en el que se constituye la política»

Desde el pasado día 21 está en librerías El jardín colgante, la novela con que Javier Calvo —uno de los narradores más sólidos del actual panorama español— obtuvo el prestigioso «Premio Biblioteca Breve» 2012 (Editorial Seixñ-Barral). Una novela que nos sitúa en la España de 1977, en la Transición. Con un estilo personal e inconfundible, J. Calvo reconstruye a su manera esa etapa apasionante de la reciente historia de España.

Javier Calvo (Barcelona, 1973) consolida con «El jardín colgante» una atractiva trayectoria literaria.

Javier Calvo (Barcelona, 1973) consolida con «El jardín colgante» una atractiva trayectoria literaria.

Publicado por
S. B. / A. G.
León

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­­­—¿Por qué El jardín colgante ? ¿Es la España que surgió tras la Transición algo más (o algo menos) que un país?

—Mi intención era transmitir la idea de un momento, un país aislado de todo, sin vías de entrada, sin salida, algo autocontenido, desconectado de la Historia. El título me vino a la cabeza un día en que al despertarme se me ocurrió la idea de que España no es un país, porque al cortar todos los vínculos con la Historia se ha convertido en algo distinto, una especie de falso país. El pasado entero, incluyendo el inmediato, la guerra civil, ha sido cancelado.

—Como narrador, ¿cuál es su interés en la Transición?

1397058884 El jardín colgante es una novela sobre la mentira. Y la mentira es el ámbito en el que se constituye la política. Un ámbito en el que ya no importa nada. Y la inauguración de la Mentira, de la Gran Mentira, con mayúsculas, en España, se puede ubicar si uno quiere en la Transición. Y por otro lado es un periodo cercano, que la gente recuerda y puede identificar con facilidad. Y además fue la época en la que surgió el punk. Y la violencia musical se superpuso a la violencia política.

—¿Y qué hay del terrorismo?

—Hoy en día todo el mundo deplora el terrorismo, pero hubo una época y esa es precisamente la época, alrededor de los setenta, en que los terroristas eran vistos más como revolucionarios y en ese sentido tenían un aura romántica, eran como héroes románticos, dispuestos a sacrificarse por un ideal.

—¿Está el TOD basado en un grupo terrorista real?

—Está ligeramente basado en el FRAP, pero muy ligeramente. En la intención quizá tenga elementos de un grupo alemán del que siempre me fascinó su historia, los Baader-Meinhof, un ejército de revolucionarios con mucho «glamour» que durante mucho tiempo fueron héroes absolutos para los jóvenes de extrema izquierda alemanes y que podrían haber sido asesinados en la cárcel.

—El jardín colgante es como Corona de flores , su anterior novela, un policial. ¿Comparten algo más que el género?

—Sin duda. El jardín colgante es la segunda entrega de una especie de trilogía que inicié con Corona de flores . Ocurre exactamente cien años después de aquélla, que arrancaba en 1877, y el eje que las une es precisamente el género. Que ambas son un policial. La primera trataba del nacimiento de la ciudad moderna, y me servía para señalar el momento en que surgieron muchos males de la modernidad. Y en el caso de El jardín colgante la redacción de la Constitución y todos los pactos que se cerraron durante la Transición se pueden interpretas como la fundación de una gran mentira. Ambas tienen el mismo número de capítulos y el mismo número de páginas y dos protagonistas que se alternan. La única diferencia es que en esta hablan mucho más, porque en el siglo XIX apenas hablaban.

—¿Qué le interesa del género policial? ¿Por qué vuelve una y otra vez a él?

—Podría decirse que mi primer policial fue ya Mundo maravilloso , sólo que era un policial que no tenía valor para serlo. Corona de flores y El jardín colgante lo son, sin duda. El policial me parece un género increíblemente flexible. De hecho, me parece el género más flexible de todos. Porque, aunque tiene un montón de normas, puedes escribir miles de novelas distintas sin que se parezcan en lo más mínimo. Y por otro lado me parece la forma óptima de comunicarme con el público. Yo me divierto escribiéndolo y el lector se divierte leyéndolo. Es un vehículo perfecto para cualquier historia.

—Y todas pueden ser oscuras y desencantadas.

—El género negro siempre va acompañado de una visión pesimista de la sociedad. Nunca tiene un happy ending . Es el gran género de la crítica histórica y social. En el caso de El jardín colgante lo que ocurre es mi propia versión de la génesis de la España actual, totalmente subjetiva y ficticia. En opinión de muchos, la España actual es el resultado directo de la Transición, vivimos aún con todo lo que se creó entonces, que son todas esas cosas que ahora se empiezan a cuestionar. En ese sentido me gusta pensar en El jardín colgante como una fábula sobre la génesis de un país que ha dejado de serlo. Y el desencanto ha estado ahí desde el principio, y no sólo eso sino que ha ido aumentando de forma exponencial con el tiempo, y reuniendo argumentos para cuestionar las instituciones. Pero aún es todo muy embrionario. No lleva a ninguna parte.

—Hablemos de los protagonistas, dos personajes completamente contrapuestos: Arístides Lao, frío y calculador, y Teo Barbosa, un superviviente que lo ha perdido casi todo.

—Arístides es un repulsivo. Es el Mal. No tiene sentimientos. Es una especie de personificación de una enfermedad que se denomina Síndrome de Asperger y que consiste básicamente en no tener sentimientos. En ese sentido es como la personificación a su vez del estamento político. Lo único que le importa a la política es que el sistema funcione. Y en ese sentido Arístides es como una máquina. Frío y calculador. Una metáfora de la política y a la vez la encarnación de uno de esos actores escondidos de la Transición. Por otro lado, Teo es una representación del joven que ha vendido su alma a una organización, que ha regalado su identidad y ahora no es nadie. No tiene pasado ni futuro y va rebotando de un lugar a otro. Su identidad se ha diluido en la época.

—¿Y qué hay del meteorito? En un primer momento, aleja la historia de lo real y la sitúa en un lugar cubierto de ceniza en el que todo es posible…

—Desde el principio me propuse hacer algo muy realista. Y más teniendo en cuenta que se trata de un policial, con todo el montón de normas que eso implica. Pero el meteorito me pareció útil en el sentido de que quería que funcionase como una metáfora de la muerte de toda metafísica, de toda religión. Era como decir que el Cielo se había muerto y había caído a la Tierra. De hecho hay uno de los personajes, el agente que cree que los extraterrestres van a dominar el mundo, que asegura que la humanidad se ha quedado sola tras la caída del meteorito. La sensación del mundo descrito es la del mundo después de un cataclismo. No hay nada en el cielo, así que todo lo que vemos es lo que nos queda, lo material, gris, cubierto de ceniza. Podría decirse que la fe es uno de los temas centrales de la novela.

—Aunque no sea tan evidente como en Corona de flores , existe una fascinación por la ciudad de Barcelona que empieza a ser habitual en su narrativa. ¿De dónde viene?

—Bueno, durante cinco años viví de forma intermitente en Estados Unidos y cuando volví definitivamente a Barcelona empecé a verla con ojos de extranjero. Influyó el hecho de que me casé con una norteamericana y que ella la veía realmente con ojos de extranjera. Entonces empezó a fascinarme. Y me puse a investigar la historia de mi barrio, el Raval. Así que vivir en América me sirvió, por un lado, para perder esa absurda veneración que a menudo tienen los escritores españoles de mi generación por la narrativa norteamericana, que aún existía en mis dos primeros libros, y por otro para volver a dejarme fascinar por mi ciudad. Mi estancia allí fue como una vacuna. Ahora lo único que quiero es integrarme entre los escritores barceloneses que hablan de su ciudad. Porque es lo que más y mejor conozco.

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