Diario de León

Raíces ocultas, frutos brillantes

Mitologías Manuel Vicent Ilustraciones de Fernando Vicente. Madrid, Alfaguara, 2012. 288 páginas.

Publicado por
nicolás miñambres
León

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Maestro indiscutible en el campo de la columna periodística, Manuel Vicent ha cultivado con gran acierto también el retrato literario, presente en obras como Daguerrotipos. En Mitologías retorna al rescate de seres especiales, presentándolos desde el prisma peculiar del contraste: en un número considerable de retratos sorprende la vertiente oscura del personaje respecto a la claridad de su obra, portadora de mensajes y resultados excelsos. Hay un afán preciso por desmitificar lo personal y ensalzar lo estético o lo científico. Se trata, dicho sea en forma de burda paradoja, de una desmitificación sacrosanta. El autor desbarata plásticamente lo externo del personaje para dignificar la esencia del creador; he ahí el misterio. Los distintos géneros artísticos o intelectuales de los creadores evocados acaban formando una panoplia variada y compleja; una suerte de diacronía, especialmente en el arte, del primer tercio del siglo XX.

Es difícil hablar de los recursos literarios utilizados por Manuel Vicent, pero es evidente que coincide en ellos una doble mirada, objetiva y subjetiva. Partiendo de una detallada y precisa información del personaje (de la que el autor escoge los detalles más inesperados, desconocidos y sorprendentes) la imagen se complementa con la visión subjetiva del autor, rescatando vivencias infantiles o adolescentes propias que purifican la imagen. Esto ocurre, por ejemplo, en los recuerdos cinematográficos de ese joven de la posguerra que, al contemplar hipnotizado Moulin Rouge, llega a un claro convencimiento: «Desde entonces este director se erigió en uno de los fantasmas de mi libertad». Sin olvidar una circunstancia íntima, necesaria para apreciar el arte: «Son experiencias que sólo se aprenden en pecado».

Muy interesantes resultan los epígrafes de cada una de las semblanzas, como es el caso de Arthur Rimbaud, «Yo es otro», o las últimas palabras susurradas por Wittgenstein: «Decid a los amigos que he sido feliz». Sin olvidar el título referido a Pavese: «La muerte tiene ojos de color avellana». Epígrafes y semblanzas conforman así un corpus literario en el que la emoción del lector nunca languidece.

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