Diario de León

poesía

Las sombras que me habitan

lágrimas Catalina Montes Cálamo, Palencia, 2012. 60 páginas. bestiario Carlos Pujol Cálamo, 38 páginas.

Publicado por
josé enrique martínez
León

Creado:

Actualizado:

Los dos que hoy comento son libros póstumos, publicados tras la muerte de sus autores. Pero mientras Carlos Pujol es un escritor bien conocido, Catalina Montes fue una poeta secreta.

Catalina Montes fue premio a los Valores Humanos de la Junta de Castilla y León en 2005 por su labor al frente de la Fundación de Segundo y Santiago Montes, sus hermanos. El primero murió asesinado en El Salvador y su muerte la llevó dolorosamente en el alma Catalina, que a su vez murió en abril de 2011. Otra poeta y amiga, Esperanza Ortega, recibió el precioso legado de Lágrimas para ser publicado tras la muerte de la autora: si el dolor y la soledad están en el origen de los poemas, «el encanto de este libro reside en el amor profundo, rayano en lo sublime, que ilumina sus versos con un aura de promesa». Se trata de breves poemas, todos ellos de cinco versos. La brevedad supone generalmente dejar que el silencio se entrevere en las palabras: la poesía «dice / lo que callo, calla / lo que digo», escribió Octavio Paz; para Montale la intensidad de lo breve lleva a la oscuridad. No es así en el caso de Lágrimas, que deja a la intuición lo que no dice; pero lo que dice, aunque traspasado de dolor, es luminoso. Los poemas sugieren más que otra cosa: «sólo el aroma queda», dice un poema, el aroma de «las sombras que me habitan», de las ausencias que abrieron grietas en el alma. ¿Qué nos dejan estas palabras delicadas, tenues como un soplo? Un aura de soledad «bebida a grandes sorbos», las rosas agostadas por la muerte, la fugacidad retenida un instante en las palabras y un poso de tristeza: «Abril cruel / de nuevo has puesto flores / sobre su tumba. / Nunca ya volveré / a amar la primavera». Como para Eliot, abril es el mes más cruel: lo fue para Catalina Montes, que murió un cinco de ese mes.

Por su parte, Carlos Pujol entregó su Bestiario al editor quince días antes de morir. El poeta cede la voz al ratón, al gato, a la perezosa tortuga, o al cocodrilo para imaginar cómo nos ven o cómo se ven: «Donde yo abro mi rueda es un jardín» dice el pavo real; «Cuando salgo de los umbríos bosques / entro en algún jardín de los poetas», canta el ruiseñor. Pronto nos damos cuenta de que ese Bestiario se compone de imágenes, juguetes, pisapapeles y chirimbolos varios con forma de animal: «Un zoo de mentirijillas»; frente a ellos, un señor «escribe fantasías que supone / la verdad más profunda de sí mismo».

tracking