«Mis compañeros pescaban cabrillas y yo pescaba metáforas»
cartas desde el destierro Miguel de Unamuno Edición de Colette y Jean-Claude Rabaté. Ediciones Universidad de Salamanca. 148 páginas.

El epígrafe de estas líneas es una buena muestra de la actitud de don Miguel de Unamuno ante el paisaje, reflejo a fin de cuentas de la vida. Desterrado en Fuerteventura, su desolación no le impide contemplar el paisaje casi con mirada filosófica. Es la mirada del hombre que, como en todos los aspectos de la realidad, descubre un espíritu que escapa al observador habitual. Esta es una de las claves e de la originalidad de la obra unamuniana.
Esta recopilación (modélica en todos sus aspectos salvo en la diminuta condición de su tipografía) recupera el corpus epistolar de los años del destierro de Unamuno en Fuerteventura, París y Hendaya. Además de la exhaustiva actualización de cartas, de difícil localización en algunos casos, se rescatan una considerable cantidad de cartas inéditas, como las dirigidas a Santiago Alba y las tres de su hijo Fernando Unamuno, sin olvidar las ciento treinta cartas «desaparecidas y rescatadas por el Ministerio de Cultura». Tienen relevancia especialísima las noventa y siete que Unamuno dirige a su esposa, Concha Lizárraga, especialmente por el tono de humanidad y afecto que late en ellas.
Es curioso comprobar cómo entre las preocupaciones personales y, sobre todo familiares, sobresale la obsesión por su obra, sus ediciones y, especialmente, el control económico, presente en la mayoría de las cartas. «Quería que me enviases –escribe en su carta del 26 de mayo de 1924- la nota de tu cuadernito de ingresos (...) especificado todo con fecha y al céntimo; sueldo, rentas, etc.».
No faltan las preocupaciones habituales de don Miguel de Unamuno, especialmente las relacionadas con la política. En ellas se hace patente su crítica a la monarquía de Alfonso XIII y su hostilidad para con Primo de Rivera y el general Martínez Anido. Peculiares resultan los documentos dirigidos a personajes relevantes de la cultura, como el caso de Sainz Rodríguez , Jean Cassou o Joaquín García Monge, por ejemplo, a quienes escribe textos de gran profundidad humana y científica.
No faltan cartas, sobre todo a partir de 1928, en las que don Miguel de Unamuno decide enviar abundantes composiciones poéticas. La carta dirigida a José Balseiro desde Hendaya el 27 de febrero de 1928, es un perfecto modelo de ambos aspectos.
No hay duda de que la obra es una aportación decisiva para perfilar la compleja personalidad del rector salmantino, pero siempre quedará la duda que plantean los editores: descubrir todos los frutos de esa «epistolomanía» que Miguel de Unamuno siempre padeció y confesó sin ambages: «Adolezco más bien de epistolomanía». Felizmente para su lectores, como se comprueba en Cartas del destierro.