El peso del mundo
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Este año se recuerda el medio siglo de la muerte del poeta astorgano Leopoldo Panero
Aunque nos espante confesarlo, la vida y la muerte de los hombres están poderosamente condicionadas por el caprichoso azar, que todo lo gobierna, y por la inestable contingencia, que moldea la realidad del mundo.
El día 27 de agosto de 1962 yo cumplía diez años y, para celebrarlo, mi madre preparó un flan de huevo. El 27 de agosto. Quizá a la misma hora en que mi madre acaramelaba el azúcar en la flanera, moría en su finca de Castrillo de las Piedras el poeta Leopoldo Panero. No sé cómo llegó a nosotros la noticia, supongo que la difundiría la radio, pero sí recuerdo que me intrigó largamente, porque nunca había oído hablar de la existencia de ningún Panero fuera del círculo de nuestra familia. Y aquel Panero era además un poeta importante, según decían… Y se había muerto el día de mi cumpleaños…
Ese fue mi primer contacto con Leopoldo Panero, con el poeta que llevaba nuestro mismo apellido, con el poeta nacido en Astorga, casi a tiro de piedra del pueblo natal de mi padre: supe de su existencia merced a la noticia de su muerte y desde entonces he sentido su figura gravitar junto a mí como una sombra amiga en el eco de sus versos, especialmente en los de Escrito a cada instante.
Si mi amado padre viviera todavía, hoy tendría cien años. Y Leopoldo Panero ciento tres. Sin que entre ambos haya más coincidencias vitales que la comunión del apellido y la misma tierra de origen, por alguna oculta razón que se me escapa, las figuras de Leopoldo Panero y de mi padre viven, en cierto modo, asociadas en mi mente. De la vida y los hechos de mi padre sería inoportuno hablar aquí ahora, y además son hechos que, como Manrique dijo de los del suyo, «no cumple que los alabe / pues los vieron» , pero sí quiero decir algo a propósito del poeta astorgano.
Es difícil ser el padre de tres hijos clarividentes y terribles. De tres hijos que han heredado por línea directa de sangre el don de la palabra y esgrimen los vocablos como si fueran dagas contra ellos mismos, contra el padre muerto, contra la hermosa y fría madre ausente. Es difícil ser el padre de un primer hijo que acabará negándonos, aunque lo hayamos llamado «frenesí soñoliento de mi carne»; de un segundo hijo fascinante, poeta hasta la médula, coronado por la espantosa lucidez de la locura, huésped perpetuo de los manicomios, que inspira él mismo una piedad y una ternura infinitas, pero que al referirse a nuestra muerte habla de «la feliz muerte de nuestro padre» ; de un tercer hijo pródigo, devorado por los excesos de la noche y por una inquebrantable vocación de aniquilamiento, que reniega de sus orígenes y muere enfermo y solo como un perro. Es difícil ser el padre alcoholizado de tres hijos futuros consumidos por el alcohol y la amargura. Después de tantos años, después de tanto desencanto, es difícil seguir siendo el patriarca de una estirpe con la marca de Caín en la frente; es difícil seguir siendo el marido perdido de una esposa infeliz llamada inútilmente Felicidad. Después de tantos años, después de tanto desencanto, es difícil creer en el propio epitafio poético y decir que uno «Ha muerto / acribillado por los besos de sus hijos, /absuelto por los ojos más dulcemente azules / y con el corazón más tranquilo que otros días», cuando nuestra mujer y nuestros hijos pisotean sin pudor nuestras cenizas.
Es difícil seguir siendo estudiado en los manuales de Literatura como un poeta del Régimen, como un miembro destacado de la poesía «arraigada» y ser, no obstante, un hondo y fino poeta. Es difícil soportar hasta la eternidad las aparentes contradicciones entre lo que nuestras obras cantan y lo que gritan nuestros hechos.
E pur si muove! Y sin embargo, mal que les pese a los antólogos y a quienes elaboran los libros de texto; mal que les pese —dos en la tumba y otros dos en el infierno de la vida en desesperación que soportan— a Felicidad Blanc y a sus tres tristes hijos; mal que les pese a los autoproclamados progresistas, Leopoldo Panero es un poeta imprescindible, si no quiere uno perderse buena parte de la mejor poesía de posguerra. Es cierto que en ocasiones su verso flaquea — aliquando bonus dormitat Homerus —, pero en términos generales su obra está animada de un aliento poético genuino, elaborado, profundo, como solo puede oírse en la voz de los más grandes poetas españoles. Ahí están la emoción casi mística de La estancia vacía , las melancólicas resonancias de un hospital de tuberculosos en Versos al Guadarrama , con el telón de fondo de un amor imposible que se llevó la tisis, la desnudez total del alma en Escrito a cada instante … Poemas como El peso del mundo y En las manos de Dios —por poner solo dos sublimes ejemplos— no pueden ser mejorados por ninguna pluma.
Yo no sé si efectivamente Leopoldo Panero bebía tanto como él mismo confiesa en su epitafio poético y como sus hijos lo acusaron de beber, pero en todo caso eso no me importa. También eran bebedores, y algunos hasta la cirrosis, Lope, Quevedo, Verlaine, Baudelaire, Dostoyevski, Milton, Byron, Keats, Poe, Hemingway, Faulkner, Rubén Darío, Dylan Thomas , Juan Rulfo, Claudio Rodríguez, Ángel González… y una interminable procesión de literatos (por no hablar de Bukowski) ungidos por el don de la ebriedad, pero nadie les echa en cara a estos autores su adicción al alcohol: lo que resplandece en ellos es su obra, no el brillo etílico de sus ojos beodos. ¿Por qué ha de ser distinto con Leopoldo Panero?
Es posible también que en la vida personal y familiar del poeta haya habido, además, algunos otros lados oscuros, no tengo yo pruebas para defender lo contrario; pero tampoco eso me importa mucho: me gustaría ver de cerca la mano farisaica que se atreve a lanzar la primera piedra.
Lo que a mí me importa de Leopoldo Panero es su obra, reflejo íntimo de su auténtica actitud ante la vida, porque, como dice el doctor Corbella en la cita que encabeza estas breve reflexión, «la actitud dignifica al hombre más allá de su conducta» y en la actitud hallamos «la propia esencia del yo». Pero el verdadero yo del poeta astorgano, más allá de sus vicios, sus defectos o sus culpas de pobre hombre mortal, herido «por el dolor creyente que brota del pecado», es un yo compasivo, misericordioso, humilde, tierno, aferrado a la vida y al mismo tiempo transido de deseo de eternidad; es un yo con una extraordinaria sensibilidad poética que solo pueden ignorar quienes hablan de él sin haberlo leído; es un yo piadoso, amante, triste, lacerado por los abrazos de un Dios al que interroga vivamente: « Como rotos de Ti tengo mis huesos…» , de forma en parte parecida, aunque no con la hirsuta bronquedad del vasco, a como poco después hará otro poeta enorme, el bilbaíno Blas de Otero.
Leopoldo Panero veía descansar el peso del mundo sobre Castrillo y Nistal. En realidad sabía que el peso del mundo descansaba sobre su corazón de poeta aterecido, pero quizá supiese también que era vano cantar su pesadumbre, porque no íbamos a creerlo.